Discurso Inaugural LXXVIII Asamblea Plenaria

roucovarelaantoniomaria

Discurso Inaugural LXXVIII Asamblea Plenaria

Eminentísimos señores Cardenales,
Excelentísimo Sr. Nuncio Apostólico,
Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos,
Queridos hermanos y hermanas todos:


roucovarelaantoniomaria

Mi saludo fraterno a todos los miembros y participantes de la LXXVIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal. Saludo también muy cordialmente a todos los colaboradores, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares que prestan en esta Casa un inestimable servicio en las distintas Comisiones y Secretariados. Un recuerdo agradecido, y nuestra oración,  para Mons. Lajos Kada, Nuncio Apostólico en España desde el 1995 al 2000, que fue llamado, en Budapest, a la Casa del Padre el 26 de noviembre del pasado año (q.e.p.d.). Mi saludo y bienvenida a todos los amigos y profesionales de los medios de comunicación social que hoy nos honran con su presencia. También recordamos al corresponsal en Rabat de la Cadena COPE, asesinado hace poco más de una semana. ¡Que el Señor le haya acogido en su misericordia! 

I. Dos acontecimientos relevantes enmarcan la presente Asamblea Plenaria

El momento histórico, o “sitio en la vida”, eclesial y social, de nuestra Asamblea está marcado por dos importantes acontecimientos que afectan a las relaciones de España con el mundo exterior y su misma problemática interna, y que nos invitan, por ello, a reflexionar y a descubrir el alcance que tienen para la Iglesia y para la sociedad en general. El primero se refiere a la vida de la Iglesia Católica principal y directamente, pero con consecuencias para toda la humanidad: el Encuentro de oración por la paz en Asís. Y, en el ámbito social más inmediato, reclama nuestra atención la Presidencia Española de la Unión Europea y la entrada en vigor del Euro, un acontecimiento de indudable simbolismo para la unificación de Europa. La situación planteada por ambos acontecimientos requiere que nuestro servicio a la misión apostólica se desenvuelva con el espíritu y en la forma que se desprende de la reflexión de la última Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre “El Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”.

1. El Encuentro de oración por la paz en Asís

a) Sus motivaciones: la paz amenazada

A nadie se le oculta que la paz, en todo el mundo, atraviesa por una situación sumamente delicada. De nuevo se enfrenta a graves amenazas. El Santo Padre advertía, a finales del pasado año, que “la escena internacional continúa estando turbada por preocupantes tensiones”. Lamentablemente así es. El actual panorama mundial se presenta como un mapa marcado por las guerras en todos los continentes de la tierra. Algunos países parecen estar estigmatizados por los conflictos bélicos ya  de carácter endémico y por situaciones de extrema violencia y desesperación. En África son numerosos los lugares que no conocen  más que la muerte sembrada por las armas y por la pandemia del Sida que diezma las poblaciones. La muerte, especialmente de “tantos niños que, desgraciadamente, son las víctimas de las guerras y de graves injusticias”, es la triste realidad cotidiana en más de 17 lugares de África. Son muchos los que desconocen el don de la paz y el derecho inalienable a vivir como “personas”. Como también son muchos los hambrientos que reclaman el pan al que tienen derecho.

Al creciente número de guerras se suman otros conflictos que a todos nos preocupan y afectan. En primer lugar, por las personas en ellos implicadas, y también por el significado que tiene para nosotros el escenario geográfico en que se desenvuelven. El conflicto árabe-israelí llena de sangre y miedo “Tierra Santa”, la Tierra del Señor. Está en estos momentos siendo llevado hasta el límite por el paroxismo de los atentados terroristas sistemáticos y de la réplica indiscriminada de la “ley del talión” que obstaculiza fatalmente, una y otra vez, el camino de la paz. Por otra parte, el fracaso de los reiterados intentos de solución diplomática hace cada vez más difícil y lejana en el tiempo su superación definitiva, favoreciendo un clima de relativización generalizada del valor ético universal de los derechos fundamentales de la persona humana, como si pudieran ser puestos a precio sin mayores escrúpulos no sólo en el Oriente Medio sino en cualquier lugar de la tierra. El dolor se acrecienta cuando asistimos a la dramática situación –soportada desde hace más de medio siglo– de nuestros hermanos cristianos en Palestina. Hacemos nuestros su sufrimiento y sus inquietudes; compartimos las iniciativas de la Santa Sede y les aseguramos nuestra oración, para que “la rama del olivo venza sobre la violencia”. De igual modo, queremos manifestar nuestra cercanía y ayuda a los países latinoamericanos –especialmente a Argentina– que atraviesan tiempos difíciles y atribulados.

La inestabilidad de la paz mundial ha ido creciendo de forma cada vez más preocupante después de los gravísimos atentados de New York y Washington. A los ojos estupefactos de todos se ha desvelado lo que muchos ya temían: una nueva y siniestra amenaza de la paz, el Terrorismo Internacional “organizado estratégicamente a nivel planetario”. Las medidas de intervención militar adoptadas en Afganistán para combatirlo y erradicarlo no han cesado. Es más, hay un legítimo temor de que puedan ampliarse a otros países del Medio y Lejano Oriente. Aparte de los sufrimientos de todo orden que han ocasionado a los más indefensos y débiles de la población civil, no se pueden ocultar las peligrosísimas consecuencias para la paz mundial que resultarían de una extensión del radio
de acción de la guerra.

No hay que extrañarse, por lo tanto, que siga viva y lacerante la pregunta por las posibles causas de este modo de proceder del terrorismo internacional, tan cruelmente inhumano, que ha llevado las fronteras del crimen hasta límites morales y humanos de una gravedad insospechada. Ni tampoco que se haya dejado de preguntar por las claves político-sociales, jurídicas y éticas para desentrañarlo en su raíz y solucionarlo eficazmente. Pocos han aludido al pecado y a sus consecuencias como la raíz de tan terrible desprecio del hombre. Menos aún han sido los que han apelado a la necesaria y urgente conversión del corazón para que el terror fratricida no fuese en aumento. Y muchos han sido, tristemente, los que han osado invocar el nombre de Dios o usar su santo nombre como instrumento de la acción terrorista, o han tratado de explicarlo con un discurso que quería ver en el terrorismo internacional un signo de la máxima perversión, que supuestamente puede implicar la religión. En España, y fuera de sus fronteras, plumas y voces amparadas en el prestigio social han continuado insistiendo en las teorías de que la idea de Dios y las expresiones religiosas son la causa de la intolerancia y de las guerras. Pocas veces se ha utilizado en el pasado un lenguaje tan agresivo contra Dios, rayando a veces lo blasfemo, y tan injusto contra los que han encontrado en la pertenencia religiosa el sentido de sus vidas. Recuerdan páginas martiriales de los primeros siglos cristianos en los que éstos eran perseguidos también por defender la paz. Pocas veces la contraposición Dios-Paz se expresó culturalmente de un modo  tan virulento.

Por todo ello hay que recordar con nítida firmeza que tratar de justificar como acción religiosa un acto terrorista es una forma más de legitimar la violencia y el odio. Como hay que sostener, igualmente, con no menor contundencia que es sumamente grave que caiga en el olvido de los hombres que la religión, a pesar de las diferencias existentes, es un acto esencialmente humano y humanizador, pues el hombre que se abre a la Trascendencia sinceramente está llamado a encontrar y conocer a Dios, autor de la vida, y a respetar su ley desde lo más hondo de su ser: ley del amor y de la vida para todo hombre que venga a este mundo. El conocimiento de Dios hace que los hombres, en su conciencia, abracen el bien y eviten el mal. Negar a Dios es el fracaso de toda moralidad. 

Con razón el Santo Padre en el Mensaje de Navidad advertía: “¡Qué jamás se utilice el nombre santo de Dios para corroborar el odio! ¡Que jamás se haga de Él motivo de intolerancia y violencia!” .

Ante el panorama mundial de una paz amenazada ¿cómo no volver a la iniciativa de Asís del 27 de octubre de 1987 –una Jornada de oración por la paz– para llamar la atención al mundo y a los propios responsables de las grandes religiones que el respeto y la salvaguardia de la dignidad inviolable de la persona humana es consecuencia ética primera de cualquier forma mínimamente auténtica y verdadera de la fe en Dios?. Aún más: ¿cómo no hacer patente a los ojos de creyentes y no creyentes que sólo orando es como se abre el camino de la estima y reconocimiento vivo del hombre, como criatura de Dios, y por tanto, como camino de la paz?. “Es urgente –decía Juan Pablo II hace quince años– que una invocación unánime se eleve con insistencia desde la tierra hacia el cielo, para implorar del Omnipotente, en cuyas manos están los destinos del mundo, el gran don de la paz, presupuesto necesario para todo serio compromiso al servicio del verdadero progreso de la humanidad”.

El Santo Padre en la convocatoria del Encuentro de Asís, el 18 de noviembre pasado, insistía en la necesidad de la  oración por la paz y nos invitaba a la práctica del ayuno, para abrirnos a la conversión, a la solidaridad y a la generosidad hacia los que se ven privados de este precioso don, tan esencial para el hombre, y para no dejarnos abatir por la desesperanza sabiendo que nuestro hoy y nuestro mañana están en las manos de Dios, pues, en palabras de san Juan de la Cruz, “no nos queda en todas nuestras necesidades, trabajos y dificultades, otro medio mejor y más seguro que la oración y esperanza de que El proveerá por los medios que El quisiere… cuando faltan los medios y no llega la razón a proveer en las necesidades, sólo nos queda levantar los ojos a Ti para que Tú proveas como mejor te agradare”.

Únicamente en la escucha de Dios, como orantes,  podemos reconocer la grandeza de cada criatura humana, imagen y semejanza de Dios, y respetar su carácter sagrado. Sólo con los ojos puestos en Dios descubrimos que el camino de la paz no se separa del hombre viviente. El Santo Padre nos invitaba precisamente, en la peregrinación por la paz a Asís, a dirigir nuestra mirada a Dios Padre y Creador del cielo y de la tierra y de todas las criaturas como la mejor de las respuestas a los apremiantes interrogantes impuestos por acontecimientos tan dolorosamente vividos y a “llevar en nuestras manos desarmadas la luz de un amor que nunca se desanima”. La oración de tantos corazones sencillos y humillados no podía ser desoída por quien nos quiso dejar como gran don la gracia de la reconciliación y de la paz.

La oración por la paz, sin embargo, si es verdadera oración, se aleja de toda forma de sincretismo, aunque se haga según el modo propio de cada religión. No es aceptable el lema del relativismo, uno de los más graves problemas de nuestro tiempo, según el cual las religiones, incluido el cristianismo, son meros productos humanos y las verdades cristianas no representarían la realidad de la autocomunicación de Dios sino que se reducen a meras expresiones simbólicas de la subjetividad religiosa del hombre. Nosotros, por el contrario,  creemos necesario insistir en la universalidad y unicidad de Jesucristo. Cristo es el único Salvador del hombre porque sólo de Dios procede la salvación. Él es el único Salvador de todos los hombres porque Él es el verdadero Dios-hombre.

b) Los frutos del Encuentro de Asís

En las celebraciones del Año Santo Jubilar del nacimiento del Hijo Único de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, hemos proclamado –en sintonía con el Santo Padre– que el único camino de la paz era Jesucristo, el Redentor del hombre, el rico en misericordia, “el esplendor de la verdad que brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gen 1,26)”. Los discípulos de Cristo jamás serán beligerantes, antes bien los “bienaventurados que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Son aquellos “que –comenta san Jerónimo– hace
n reinar la paz primero en su corazón, luego entre los hermanos separados. ¿De qué sirve que otros sean pacificados por ti, si en tu corazón hay guerras a causa de los vicios?”.

El Encuentro de Asís es, a la luz del Jubileo, “una piedra miliar en la construcción de la civilización de la paz y del amor”. Sus frutos están ya indicados  en las enseñanzas del Papa en el Mensaje de la Jornada de la Paz  del 1 de enero de este año y cuyo lema es por todos conocido: “No hay paz sin justicia. No hay justicia sin perdón”.

Es de esperar, como primer fruto, que se acreciente y arraigue la formación de la recta conciencia en torno al valor inviolable de la vida de toda persona inocente que no puede subordinarse a ningún objetivo político, social, cultural o, supuestamente, religioso y/o ético, sea el que sea. Una conciencia en la que, al menos, no se acalle la voz que clama por la defensa de la vida y por su carácter sagrado, por la defensa y protección de la familia, por la desaparición de la pobreza y por el respeto de los derechos humanos. Sin olvidar que las situaciones de injusticia se llegan a convertir, en no pocas ocasiones, en el más propicio de los humus para el cultivo de los odios y para la sed de venganza, donde nacen y crecen actitudes que conducen al terrorismo. De ahí la necesidad de que se reconozca la obligación moral del esfuerzo, por parte de todos, por erradicar o aliviar las situaciones de explotación en las que se pisoteen los derechos inalienables de la persona humana.

Habrá que avanzar, luego, desde estos presupuestos teológicos y morales, “en la lucha legítima contra el terrorismo” y en la afirmación, teórica y práctica, del derecho y el deber a la legítima defensa ante sus ataques, aunque no a cualquier precio y a través de cualquier método que ignore la Ley moral. Porque sólo la Ley de Dios nos defenderá de los instintos del mal y del odio fratricida que mata al hermano. El lema “No hay paz sin justicia. No hay justicia sin perdón” es una llamada a luchar contra la guerra y contra el terrorismo con el arma de la justicia –“opus justitiae pax”– y, del perdón, que la incluye, pero que la desborda. “Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular de amor que es el perdón”. Bien lo intuyeron los clásicos cuando expresaron que “Pacis amor Deus est” (“El amor de la paz es Dios”).

No es posible el milagro de la paz sin la justicia y el perdón; y, por lo tanto, si no nos disponemos a acoger la gracia de la conversión,  núcleo y centro del mensaje evangélico, regulando la propia existencia según la Ley nueva: “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia”. El Santo Padre con el Encuentro de Asís nos ha aclarado, una vez más, la necesidad de la oración como parte intrínsecamente constituyente de los procesos de paz. Los sufrimientos de los pueblos  interpelan y animan nuestra oración, “don de Dios” y “fuente originaria de la verdadera paz”. “El Señor –escribe santa Teresa de Ávila– nos comienza a mostrar la amistad y paz  en la oración”. La oración dispone el corazón de la persona, de las sociedades y de la humanidad, a la acción renovadora  de la gracia, que convierte, sana y transforma los corazones; con la oración los “corazones de piedra” se convierten en “corazones de carne”,  se atrae a los alejados y se hace posible para Dios lo que es imposible para los hombres.

La oración de la Iglesia y de los cristianos –“levantando las manos limpias, sin iras ni rencores”– es el camino cierto y seguro  para llegar al centro mismo de la misericordia, de la justicia y del perdón: a Dios Padre, que nos reconcilia en virtud del amor de Cristo, clavado en la Cruz, por la gracia del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. De este modo la Iglesia, como enseña el Vaticano II, aparece como el “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano”. En la unidad y universalidad de la Iglesia Católica se manifiesta la unicidad de Jesucristo y de su salvación. La misión salvadora se realiza por medio de la Iglesia que es el Pueblo del Padre, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo.

2. El Encuentro de Asís: las consecuencias para España y la superación del terrorismo de ETA

Las Iglesias particulares en España, en comunión con toda la Iglesia Universal, han intensificado la oración por la paz, por las víctimas del terrorismo y por sus familias, por los terroristas para que se conviertan y por cuantos sufren las consecuencias de tan execrables acciones de muerte. Sentimos la necesidad de perseverar unánimes en la oración para ser “Constructores de la Paz” y para que no desfallezcamos en el auténtico compromiso por el tan anhelado deseo de concordia.

Pero al mismo tiempo necesitamos, como repetidas veces hemos insistido los Obispos españoles, dar pasos adelante en la formación y educación de una conciencia recta y veraz, para que se escuche su voz, no pocas veces eclipsada y deformada, que llama “siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal”, según la sabiduría de Dios que se revela en su Palabra y que exhorta a una continua conversión moral y espiritual. No debe quedar duda alguna en ninguno de nuestros fieles y en la conciencia de cualquier persona mínimamente formada de que el terrorismo de ETA, como cualquier otro terrorismo, es “una gravísima inmoralidad”, “intrínsecamente perverso” y absolutamente reprobable. No admite colaboración ni justificación alguna, sea del grado y del tipo que sea, explícita o implícita, sociopolítica o cultural; y, por supuesto, ninguna de naturaleza ética y moral. Solamente estaremos en condiciones de eliminar las raíces del terrorismo si nos proponemos sin tardanzas y vacilaciones la regeneración moral y la atención a los niños y jóvenes con una educación cristiana que les conduzca al encuentro con el Dios vivo, que es Amor y plenitud del hombre.

No debemos olvidar tampoco nosotros en España que “existe un derecho a defenderse del terrorismo” . Es necesario mantener el derecho y el deber de defender del terrorismo de ETA a las personas y a la sociedad, usando siempre –como todo derecho– de los medios legítimos conforme a la Ley moral. Se ha de procurar a la vez con los métodos de la pedagogía cristiana, la que nace de la Ley Nueva del Amor, que se vayan diluyendo los prejuicios de todo tipo, las lejanías y distanciamientos entre las personas, las familias y la sociedad, el retraimiento ante las amenazas y las actitud
es totalitarias o el abandono de los amenazados, y todo aquello que constituye “el caldo de cultivo” del terrorismo de ETA.

La Conferencia Episcopal Española en su Nuevo Plan de Pastoral para el período 2002-2005 – “Una Iglesia esperanzada. “¡Mar adentro¡” (Lc 5,4)– se propone responder con todo su compromiso espiritual y pastoral a este dolorosísimo reto, que amenaza tan gravemente la paz de nuestro pueblo con una siembra incesante de muerte, inseguridad y opresión, ahondando en la línea de testimonio inequívoco de la Palabra de Dios, Evangelio de la Vida, que ha guiado su actuación y su magisterio, como el de todos los Obispos españoles, comenzando por los titulares de las Diócesis Vascas, desde los inicios mismos del fenómeno terrorista de ETA hasta hoy; como se puede comprobar en el volumen de documentación recientemente publicado por la B.A.C. a iniciativa de la propia Conferencia.

3. España asume la Presidencia de la Unión Europea

Corresponde a España, durante estos meses de la primera mitad del año 2002, asumir la Presidencia de la Unión Europea, en un momento extraordinariamente decisivo del desarrollo político y económico de sus instituciones y de la propia sociedad europea.

Es loable el empeño en la elaboración del “instrumento jurídico” de su articulación básica en torno a los derechos fundamentales, y el esfuerzo realizado en las reformas de sus organismos y en la ampliación a otros países del Centro y del Este de Europa. Se piensa en una probable ley constitucional de la Unión en la que es de esperar que los miembros de la “Convención” instituida durante la cumbre de Laeken no marginen a las comunidades de creyentes. A nadie se le oculta que se descubre una cierta correspondencia entre los principios de bien común, subsidiaridad y solidaridad según la Doctrina Social de la Iglesia, y el proceso, la naturaleza y fines de la Unión Europea. Con todo, la “Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea”, firmada el 7 de diciembre de 2000 en Niza, aunque sin determinar el valor jurídico que se le ha de reconocer, deja en la penumbra lo más propio del alma europea. De muy poco sirve cuidar celosamente la integración económica cuando se olvida que “el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el Misterio de Dios”.

Los 12 países de la Unión acaban de estrenar moneda única, el Euro, con un innegable éxito técnico en su implantación. Es un signo más del camino recorrido hacia la unificación. No puede quedarse sólo en un importante hito económico-político ni en el mero logro organizativo de una meta histórica en la política financiera sino que tiene que servir de ayuda en el orden de la promoción de la justicia y de la solidaridad a favor de todos los ciudadanos.

“A España le corresponde colaborar –decíamos los Obispos españoles en el 1993– en la construcción de Europa desde su propia historia y desde su personalidad colectiva con la aportación original de unos valores humanizantes”.

España no puede olvidar cuáles han sido sus más señeras aportaciones a la historia política y espiritual de Europa y del mundo en la Edad Moderna. Me refiero a la teoría filosófico-jurídica y teológico-jurídica de la dignidad de la persona y de sus derechos inalienables que han alumbrado los mejores pensadores de la Escuela de Salamanca de los siglos XVI-XVII. Sin ellos es impensable su evolución doctrinal y práctica ulterior. Lo mismo hay que decir respecto a su aportación al “ius gentium”, que ha constituido un indiscutible precedente del moderno derecho internacional. Así lo ha reconocido la Sociedad de las Naciones con los murales de la Sala de Sesiones de su edificio de Ginebra, incorporado hoy al patrimonio de las Naciones Unidas.

Un actualizado estudio de la doctrina y las aportaciones hispánicas en toda su hondura filosófica y teológica permitirá tratar y resolver –aplicando los principios evangélicos– los problemas más delicados del derecho a la vida, de los derechos sociales y culturales –la solidaridad– y de la adecuada protección del matrimonio y de la familia, que son los que subyacen a los interrogantes más acuciantes que en el presente se hace la sociedad europea.

El reconocimiento y aprovechamiento creativo de esta fecunda historia ayudará, por otra parte, a abrir la recta perspectiva para ordenar debidamente las relaciones de las instituciones europeas con la realidad religiosa de los pueblos europeos; de forma especialmente singular, con las confesiones cristianas y la Iglesia Católica. La forma como actualmente se están planteando estas relaciones es claramente discriminadora, históricamente miope y de efectos nada buenos para el futuro del proyecto de Unión Europea, como ha recordado Juan Pablo II en el Discurso de este año ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.

La Iglesia Católica siguió atentamente el proceso de convergencia europeo y ha acompañado y sostenido su desarrollo desde sus mismos inicios para “servir al bien común de todos…a fin de asegurar lo más posible la justicia y la armonía” entre sus miembros actuales y futuros.  Los Obispos españoles en nuestro documento sobre Europa subrayábamos la importancia decisiva y trascendental de la dimensión moral y espiritual del proyecto común y manifestábamos la preocupación por su creciente tono de secularización laicista, en un contexto social, paradójicamente, del aumento de la denominada “religiosidad salvaje”. Constituiría un fallo sin excusas el ignorar, eludir y/o dificultar la aportación de los cristianos en la construcción de “la verdadera Europa del espíritu” con las urgencias éticas que de él se derivan. Así como resultaría extraordinariamente preocupante la pretensión relativista de los que intentan imponer su visión fragmentaria de la cultura europea mediante la teoría de un indiferenciado multiculturalismo. Europa posee una precisa identidad cultural (de inconfundibles raíces greco-romano-cristianas) que es la que la hace capaz de integrar a otros sin pérdida de su propio ser y personalidad histórica. En el centro de la imborrable conciencia de Europa están el hombre como persona libre e imagen de Dios, igual en su dignidad, titular de derechos fundamentales inviolables; la  idea de verdad y del derecho natural; la memoria bíblica de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo confesado como Hijo de Dios.

 Sólo así cabe hablar de un punto de partida auténtico y veraz para el ejercicio noble e integrador de una verdadera tolerancia frente a tendencias en el fondo “suicidas” de la cultura europea que la fragmentan y disgregan. Ante los peligros de posibles atomizaciones o rupturas, la Iglesia presenta su experiencia bimilenaria de reciprocidad entre lo particular y lo universal que sigue ofreciendo para el enriquecimiento de la cultura europea.

Guarda permanente actualidad al respecto el constante magisterio de Juan Pablo II sobre Europa, especialmente su Discurso de Santiago de Compostela en el acto europeísta del 9 de noviembre de 1982: “La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con la evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio…, se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”. El futuro de la Unión europea corre paralelo a su madurez moral, religiosa y espiritual. En esta importante tarea formativa la Iglesia no puede ni quiere quedar al margen. Es “consciente del lugar que le corresponde      –son palabras de Juan Pablo II– en la renovación espiritual y humana de Europa… se pone al servicio… para contribuir a la consecución de aquellos fines que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones”.

En las vísperas de la caída del Muro de Berlín, el Papa subrayaba “que si el sustrato religioso de este continente fuese marginado en su papel inspirador de la ética y en su eficacia social, no sólo sería negada toda herencia del pasado europeo, sino también estaría gravemente comprometido un futuro digno del hombre europeo, quiero decir, de todo hombre europeo, creyente o no creyente”. A estas y otras muchas referencias habría que sumar las ricas alusiones a Europa en la Carta Encíclica Centesimus annus. Y recientemente, con ocasión del XII centenario de la coronación de Carlomagno, afirmaba: que “cada vez que Europa saca de sus raíces cristianas los grandes principios de su visión del mundo, sabe que puede afrontar su futuro con serenidad”.

4. El contexto socio-económico

El Euro y su implantación – que no sólo se debe considerar un éxito “técnico” sino un real avance en la unificación de Europa– suponen un motivo más para abordar sin dilaciones, con la perspectiva del progreso de nuestro pueblo, la afirmación plena de la vigencia de los principios de la justicia y la solidaridad sociales hacia dentro y hacia fuera de las fronteras europeas. Conocemos los últimos datos estadísticos acerca de los distintos grados de desarrollo de los territorios y comunidades autónomas en España y de las distintas naciones europeas y, también, los grados de carencias y de pobreza, extraordinariamente graves, de los países europeos fuera de la Unión, los del Centro y Este de Europa. España tiene una responsabilidad histórica no sólo hacia el Este europeo, sino un papel mediador y promotor importantísimo en Oriente Medio y en América Latina para la que España puede ofrecer una contribución decisiva. 

No se trata de desconocer los dinamismos propios de los procesos económico-financieros y de sus condicionamientos técnicos sino de considerarlos, estudiarlos y configurarlos dentro del orden moral y de los objetivos de la justicia y de la solidaridad con los más necesitados.

La Conferencia Episcopal Española se ha preocupado recientemente de recordarlo y explicitarlo en las Propuestas para la acción pastoral –“La caridad  en la vida de la Iglesia”–, y en el Documento –“La Iglesia y los pobres”–, en comunión clara con el Magisterio vivo de Juan Pablo II y de todo el desarrollo moderno y contemporáneo de la Doctrina Social de la Iglesia, en la que se defienden los principios permanentes y los valores fundamentales en el compromiso cristiano con la justicia. Principios y valores nunca de tanta actualidad como ahora, en este momento histórico, en el que se ha podido verificar el fracaso completo de propuestas de ordenación socio-económica y política, fundadas en el materialismo filosófico e histórico, del cual ha sido su más influyente exponente el marxismo-leninismo.

II. Con los ojos puestos en el futuro

1. El  nuevo Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2002-2005

La Conferencia Episcopal Española, que renueva sus cargos para un nuevo período de tres años con la normalidad estatutaria habitual y con la actitud de servicio a la Iglesia, a pastores y fieles, –a todo el pueblo de Dios– y en el clima de honda comunión fraterna que han caracterizado toda su historia, mira al futuro contando con el nuevo “Plan Pastoral” aprobado en la última Asamblea Plenaria para los próximos cuatro años.

Un Plan de acción pastoral que, siguiendo y avanzando en el surco abierto por los anteriores, recogiendo las ricas experiencia jubilares y fiel a las orientaciones de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, mira al centro y corazón de la Vida de la Iglesia, la razón de su existencia y el alma de su misión respecto al hombre y al mundo: el Misterio de Cristo, Misterio de Salvación, escondido desde el principio y revelado en la plenitud de los tiempos en Jesucristo, el Hijo de María, Nuestro Señor y Salvador.

El nuevo Plan ofrece unas prioridades y unas acciones pastorales que tienen como objetivo fortalecer la gozosa transmisión teologal de la fe, consciente de que el programa pastoral, que no cambia nunca, se centra en la persona de Cristo mismo “al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia”. La Iglesia quiere comunicar el Evangelio, transmitiendo la fe recibida, formando cristianamente y viviendo la comunión eclesial en todas sus dimensiones, con la certeza de que creer en Jesucristo y su salvación conlleva pertenecer a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

En esta Asamblea Plenaria estudiaremos, en continuidad con la reflexión realizada en 1998 sobre la Iniciación Cristiana, un proyecto de Orientaciones pastorales para el Catecumenado en la Iglesia en España, sabedores de que la iniciación cristiana tiene como fin transmitir la fe en Jesucristo, que “la catequesis lleva a la fe”; sin olvidar que, en palabras de san Juan de la Cruz, en el Cántico Espiritual: “la fe nos da y comunica al mismo Dios”, la luz que ilumina a todos los que quieran llegar al conocimiento de Dios. Los recientes estudios sobre la situación religiosa de los jóvenes, las gravísimas dificultades y el desprestigio social que sufre la institución familiar, junto con el debate actual sobre la Ley de Calidad educativa, reclaman, una vez más, nuestra atención y compromiso a favor de la familia como ámbito insustituible para la transmisión de la fe que no puede renunciar a su misión; y ponen en evidencia, asimismo, que el apoyo y la promoción de la enseñanza religiosa escolar, como derecho que asiste a los padres y a los alumnos, es factor decisivo para una verdadera renovación del sistema educativo que redunde efectivamente en el bien común de la sociedad.

2. Las próximas iniciativas de la Conferencia Episcopal Española

En este contexto y con este espíritu, la Conferencia Episcopal Española está organizando junto con la COMECE (Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea) y el CELAM un Congreso Social que tendrá como tema: “América Latina y la Unión Europea: un compromiso para el bien común universal. Proyecto común y contribución de la Iglesia”, y que se celebrará en Madrid, del 12 al 14 de mayo próximo, con motivo del Encuentro de los Jefes de Estado y Jefes de Gobierno de la Unión Europea. En el Congreso se quieren ofrecer perspectivas, vías y propuestas desde la Doctrina Social y la experiencia del trabajo socio-caritativo de la Iglesia para una mejor ordenación de las relaciones de los países Latino e Hispano-americanos, tan entrañablemente unidos a nosotros, con la Unión Europea. El agudísimo problema de la emigración por la que atraviesan algunos de estos países abona la urgencia de nuestra iniciativa.

También se propone la Conferencia Episcopal Española, a través, sobre todo, de su Departamento de Juventud, ofrecer a las Diócesis y a todas las asociaciones, movimientos apostólicos y comunidades eclesiales de España, toda su ayuda y asesoramiento técnico y pastoral para organizar la participación de los jóvenes españoles en el Encuentro de Toronto con el Santo Padre en la segunda quincena de Julio  próximo. De nuevo nos encontramos ante un acontecimiento de expresión y testimonio gozoso de la vitalidad evangelizadora de la Iglesia y de sus jóvenes para la esperanza del mundo. Son los jóvenes del tercer milenio que serán, como les pide el Santo Padre,  los “‘centinelas’ dóciles y valientes de la paz verdadera, fundada en la justicia y el perdón, en la verdad y en la misericordia”.

III. Otros asuntos habituales en las Asambleas Plenarias 

En esta Asamblea Plenaria, además de la renovación de cargos, se procederá al estudio de los distintos temas que figuran en el Orden del día. Las Comisiones Episcopales, como es costumbre, informarán de las respectivas actividades. Se someterán a aprobación diversas Asociaciones Nacionales. Se propondrá la oportunidad de crear un Departamento de Hermandades, Cofradías y Piedad popular. Se elegirán los participantes en el Congreso Social organizado conjuntamente por la COMECE y el CELAM. Se informará sobre la revisión del rito mozárabe y, si se cree conveniente, se avanzarán eventuales decisiones para el enriquecimiento del más antiguo legado litúrgico hispánico. Se ofrecerá un informe sobre los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas y se considerarán posibles medidas con miras a una mejor planificación de la geografía académica española. Merecen también una referencia especial el diálogo y propuestas de temas que se presentarán para la próxima Asamblea General del Sínodo de los Obispos. Hace tiempo que se ha iniciado la causa de canonización de la Reina Isabel I de Castilla y de León; en esta ocasión será presentada a la Asamblea Plenaria el estado actual de la causa. 

Finalmente, pedimos a Santa María, Madre del Príncipe de la paz, que nos asista en nuestros trabajos y que, por su intercesión, su Hijo, “constructor de la Casa de la paz”, conceda la paz al mundo entero y no deje que nos abandonemos al desaliento en nuestra peregrinación hacia la vida eterna.

Cf. LXXVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio-María Rouco Varela, Cardenal- Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 19-23 de noviembre de 2001, pp. 3-7.

Juan Pablo II, Angelus del 18.11. 2001, en: Ecclesia 3077 (1 de diciembre de 2001) 30.

Juan Pablo II, Angelus del 27.01.2002.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 3, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 24.

Cf. Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Tierra Santa con motivo del encuentro sobre el futuro de los cristianos en aquella región (13.12.2001), en:  Ecclesia 3081 (29 de diciembre de 2001) 29:  “un momento que no dudo en definir ‘dramático’ tanto para los pueblos que habitan tan queridas regiones como para nuestros hermanos en la fe”. Tierra Santa la que debía ser ‘encrucijada de la paz’ y ‘tierra de la paz’”.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 4, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002), 25.

Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2002, n. 7, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2001, 9: “Por tanto, ningún responsable de las religiones puede ser indulgente con el terrorismo y, menos aún, predicarlo. Es una profanación de la religión proclamarse terroristas en nombre de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia terrorista es contraria a la
fe en Dios Creador del hombre; en Dios que lo cuida y lo ama”; cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 3, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 25.

Conferencia Episcopal Católica de EE.UU., Mensaje pastoral (14.11.2001), en:  Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 34.

Cf. San Ireneo,  Adversus haereses IV,38,2; V,35,2: “…ut fiat capax gloriae Patris”. Cf. J. Prades López, Eius dulcis Praesentia. Notas sobre el acceso del hombre al Misterio de Dios, Facultad de Teología S. Dámaso, Madrid 2002.

Juan Pablo II, Mensaje de Navidad y Bendición “Urbi et Orbi” (25.12.2001), en:  Ecclesia,  3082 (5 y 12 de enero de 2002) 26-27.

Cf. Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la Jornada de oración por la paz en el mundo en Asís (24.1.2002), 7, en: Ecclesia 3086 (2 de febrero de 2002) 26.

Cf. Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la Jornada de oración por la paz en el mundo en Asís (24.1.2002), 1, en: Ecclesia 3086 (2 de febrero de 2002) 24: “Hemos acudido a Asís en peregrinación de paz. Estamos aquí como representantes de las diferentes religiones, para interrogarnos ante Dios acerca de nuestro compromiso por la paz, para pedirle a él el don de la paz, para atestiguar nuestro común anhelo de un mundo más justo y solidario”.

Cf. Juan Pablo II, Angelus  del 18.11.2001, en: Ecclesia  3077 (1 de diciembre de 2001) 30.

Cf. Juan Pablo II, Angelus del 18.11.2001, en: Ecclesia 3077 (1 de diciembre de 2001) 30.

San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo  Libro II,21,5, en: Vida y Obras de San Juan de la Cruz, B.A.C., Madrid 1978, 542.

Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 7, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 26.

Cf. G. Zagheni, La Edad Contemporánea. Curso de Historia de la Iglesia IV, Ediciones San Pablo, Madrid 1998, 280-287.

Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración ‘Dominus Iesus’ sobre la unicidad y la universalidad salvífica de la Iglesia de Jesucristo y de la Iglesia, (6 de agosto de 2000); LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Dios es Amor, Instrucción Pastoral en los umbrales del Tercer Milenio 24-25, Edice, Madrid 1998, 19-20;  Comisión Teológica Internacional, El cristianismo y las religiones (1996), en: Comisión Teológica Internacional, Documentos 1969-1996, edición preparada por C. Pozo, B.A.C., Madrid 1998, 557-604;  cf. J.A. Martínez Camino, La Declaración  ´Dominus Iesus’, en el centro del Jubileo del año 2000, ante el problema más grave de nuestro tiempo, Fundación Universitaria Española, Madrid 2000; cf. G.-L. Müller-M. Serretti, Die Einzigkeit und Universalität Jesu Christi. Im Dialog der Religionen, Johannes Verlag, Einsiedeln 2001.

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis (4 de marzo de 1979).

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dives in misericordia (30 de noviembre de 1980).

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor (6 de agosto de 1993).

Mt 5,8; Col. 3,9-15: “No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos”.

San Jerónimo, Comentario al Evangelio de Mateo 5,8, (Biblioteca de Patrística 45), Madrid 1999, 57.

Cf. Juan Pablo II,  Angelus del 27.01.2002.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002)  6, en Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 26; cf. A.-Mª Rouco Varela, Jesucristo: la vida del mundo, Madrid 1998; id., Los fundamentos de los derechos humanos: una cuestión urgente, San Pablo, Madrid 2001.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 3; en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 25.

Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 2, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 24.

Sextus Propertius 3,5,1.

Cf. Lc 5,32; 7,36-50; 15,4.8; 15,11-32; 19,5-9;  Mt 6, 33; 18,3; Hech 2,38; 3,19; 5,31; 9,35; 14,15; 26,18; 2 Cor 3,16; Apoc. 2,5.16.21; 3,3.19; cf.  G. Bardy, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Encuentro, Madrid 1990.

Lc 15,7.10.

Cf. Juan Pablo II,  Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2002, 2.

Cf. Juan Pablo II, Angelus 20.01.2002.

Cf. Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la Jornada de oración por la paz en el mundo en Asís (24.1.2002), 6, en: Ecclesia 3086 (2 de febrero de 2002) 25-26.

Conceptos del amor de Dios 2,6.

Cf. Ez. 36,25.

Cf. Lc 9,18

Cf. Juan Pablo II,  Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la paz, 1 enero 2002, 14.

1 Tim 2,8.

Cf. Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la Jornada de oración por la paz en el mundo en Asis (24.1.2002), 7,  en: Ecclesia 3086 (2 de febrero de 2002) 26.  7.

Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium 1.

Juan Pablo II, Audiencia general, 2.01.2002: “A lo largo de todo el año nuestra oración debe hacerse más fuerte e insistente, para obtener de Dios el don de la paz y de la fraternidad…”.

Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la paz, 1 enero 2002, 15.

Cf. Instrucción Pastoral de la Comisión Permanente del Episcopado, Constructores de la Paz, Edice, Madrid 1986.

Cf. LXXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio-María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, 20-24 de noviembre de 2000, en: Boletín de la Conferencia Episcopal Española 65 (2000) 207.

Cf. Mt 15,1-20; 1 Jn 3,19-20.1 Tim 1,15; cf. Conferencia Episcopal Española, “La Verdad os hará libres (Jn 8,32), (20 de noviembre de 1990), Edice, Madrid 1990, 8.18; cf. Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1  enero  2000, 7; cf. LXXVII Asamblea Plenaria de la C.E.E., Discurso Inaugural del Emmo y Rvdmo. Sr. D. Antonio-María Rouco Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 19-23 de noviembre de 2001, 9-10; Edice, Madrid 2001.

Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes 16; Catecismo de la Iglesia Católica 1776.

Cf. LXXV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid 20-24 de noviembre de 2000, 14-15.

Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2297.

Cf. Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Constructores de la paz (20 de febrero de 1986), IV,5, en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 9 (1986) 3-24,18); LIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral La verdad os hará libres (Jn 8,32) sobre la conciencia cristiana ante la actual situación moral de nuestra sociedad, nº 20, en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 19 (1991) 13-32, 18; LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX, nº 14, en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 62 (1999) 100-106; 103 y 104.

Cf. LXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 23-27 de abril de 2001, 16-18; LXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio-María Rouco Varela, Cardenal Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 3-7 de abril de 2000, 6-7; LXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio-María Rouco Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española,  Madrid, 23-27 de abril de 2001, 16-18; cf. A.-Mª. Rouco Varela, La Iglesia en España ante el siglo XXI. Retos y tareas, Madrid 2001, 25-26.

Cf. Plan de Pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2002-2005, 58.

Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2002,  5.

Cf. Juan Souto Coelho (ed.), Doctrina Social de la Iglesia, B.A.C.- Fundación Pablo VI, Madrid 2002, 495-526.

Cf. Mc 12,29.

Cf. Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Españ
ola 2002-2005, 58. Cf. COMECE, “La UE ante el desafío del terrorismo”, Conclusiones de la Reunión Plenaria de la COMECE (Bruselas 22 y 23.11.2001), en: Ecclesia 3080 (22 de diciembre de 2001) 36.

La Iglesia frente al terrorismo de ETA, selección y edición de textos José Francisco Serrano Oceja, B.A.C., Madrid 2001.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 2, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 24.

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus Annus 24; Carta Encíclica Veritatis splendor 99: “… El Bien supremo y el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre creado y redimido por El. Únicamente sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y resolver los problemas complejos y graves que le afectan, ante todo el de vencer las formas más diversas de totalitarismo para abrir el camino a la auténtica libertad de la persona… Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás…”; cf. G. del Pozo Abejón, La Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea. Una valoración, en: Revista Católica Internacional Communio 23 (2001) 308-324.

Declaración de la LVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La construcción de Europa. Un quehacer de todos, Edice, Madrid 1993, 24; LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX, 9, Edice, Madrid 1999, 10

Cf. B. Palacios, Teología Moral y sus aplicaciones, en M. Andrés, Historia de la Teología Española, II,161-174; cf. M. Andrés, La Teología Española, II,46-469.

Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 2.en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 24: “A este respecto, es fundamental que se aclaren cada vez mejor los objetivos de esta construcción europea y los valores sobre los que, no sin cierta pena, he visto que… las comunidades de creyentes no han sido mencionadas explícitamente”.

Cf. Giovanni Paolo II, Profezia per l´Europa, Piemme, Casale Monferrato 1999..

Cf. Juan Pablo II, Discurso a un grupo de Parlamentarios europeos el 10 de noviembre de 1983.

Cf. Declaración de la LVII Asamblea Plenaria, La construcción de Europa. Un quehacer para todos, Edice, Madrid 1993; Nota de la CLIV Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, La dimensión socio-económica de la Unión Europea. Valoración ética, Edice, Madrid 1993.

Cf. Declaración de la LVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La construcción de Europa. Un quehacer para todos, Edice, Madrid 1993, 14.

Juan Pablo II, Carta Apostólica en forma de “Motu proprio” para la proclamación de Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz como copatronas de Europa (1 de octubre de 1999), 10: “El papel del cristianismo, que indica incansablemente el horizonte ideal, se presenta una vez más como vital para evitar esta amenaza”; Cf. Declaración de la LVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La construcción de Europa. Un quehacer para todos, Edice, Madrid 1993, 17.18.23; cf. R. Guardini, Europa: realidad y tarea, en: Obras de Romano Guardini, Cristiandad, Madrid 1981, 13-27; J. Ratzinger, Europa: una herencia que obliga a los cristianos, en: Iglesia, Ecumenismo y Política. Nuevos ensayos de eclesiología, B.A.C., Madrid 1987, 243-258;id., Una mirada a Europa, Rialp, Madrid 1993; id., Europa, política y religión. Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y mañana, en: Nueva Revista 73 (2001) 67-88.

Cf. E. Moreno Báez, Los cimientos de Europa, Universidad de Santiago de Compostela. 1996.

Juan Pablo II, Acto europeísta en la Catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1982, 2 en: Insegnamenti di Giovanni Paolo II V/3 (1982) 1257-1263, también en: Juan Pablo II en España, Coeditores litúrgicos, Madrid 1983, 241); Id., Discurso a los Presidentes de los Parlamentarios europeos, en:  Insegnamenti di Giovanni Paolo II  VI/2 (1983) 1186-1189, 4; id., Discurso en la visita a la Sede de la Comunidad Económica Europa en Bruselas el 22 de mayo de 1985, en: Insegnamenti di Giovanni Paolo II VII/1 (1985) 1578-1588; id., Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa, 2 de enero 1986, en:  Insegnamenti di Giovanni Paolo II IX/1 (1986) 12-17; cf. Giovanni Paolo II, Profezia per l´Europa, Piemme, Casal Monferrato 1999.

Juan Pablo II, Acto europeísta en la Catedral de Santiago de Compostela…., 6.

Juan Pablo II, Discurso en  el Parlamento europeo el  11 diciembre de 1988.

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 22-29; otras referencias en los nn. 12.17-19.56.

Cf. Juan Pablo II, Mensaje al Cardenal Antonio Maria Javierre Ortás con ocasión del XII Centenario de la Coronación de Carlomagno, en: Ecclesia 3034 (3 de febrero 2001) 34; cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (10.1.2002), 2, en: Ecclesia 3084 (19 de enero de 2002) 24.

Cf. Nota de la CLIV Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, La dimensión socio-económica de la Unión Europea. Valoración ética (6-8 de julio de 1993),
Edice, Madrid 1993.

Cf. Propuestas para la acción pastoral aprobadas por la LX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La caridad en la Iglesia, Edice, Madrid 1994.

Cf. Documento de reflexión de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, Edice, Madrid 1994

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis 39.42, Carta Encíclica Centesimus annus IV; Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes 19.69.

Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1905-1949. Cf. Documento de reflexión de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, Edice, Madrid 1994,  3.2; Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, Ciudad del Vaticano 1988.

Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Laborem exercens 11; Carta Encíclica Veritatis splendor 101; cf. J. Ratzinger, El alcance de la crisis del marxismo, en: Perspectivas y tareas del Catolicismo en la actualidad y de cara al futuro, en: Concilio III de Toledo. XIV Centenario, Toledo 1991, 108-109.

  La visita del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo (1983-1986), en: Documentos de las Asambleas Plenarias del Episcopado Español nº 4, Edice, Madrid 1983; Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras (1987-1990), en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 14 (1987) 67-82; Impulsar una nueva evangelización (1990-1993), en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 28 (1990) 75-92; Para que el mundo crea (Jn 17,21) (1994-1997), en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 43 (1994) 108-116;  Proclamar el año de gracia del Señor (Is 61,2; Lc 4,19) (1997-2000), en: Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española 52 (1996) 191-216.

Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte 3: “Es necesario pensar en el futuro que nos espera…Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios en este especial año de gracia, más aún, en el período más amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral”.

Cf. Col 1,26;  Ef 3,9;  Rom 16,25-27

Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte 29.

Cf. LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La Iniciación Cristiana, Edice, Madrid 1998.

Clemente Alej., Ped. I, 30,2.

San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 12,4 en: Vida y obras de san Juan de la Cruz, B.A.C., Madrid 1978, 889.

Cf. San Ireneo, Adversus haereses I,10,2.

Cf. LXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad 35-39, Edice, Madrid 2001, pp. 39-41.

Cf. LXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio-Mª Rouco Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Madrid 3-7 de abril de 2000, pp. 13-14; LXXVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Discurso Inaugural, Madrid 19-23 de noviembre de 2001, pp. 16-17.

Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae 68.

Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem 11.

Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis 1.

Cf. Documento de la LXI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Pastoral de las Migraciones en España, Edice, Madrid 1994.

Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la Jornada de oración por la paz en el mundo en Asís (24.1.2002),  7, en: Ecclesia 3086 (2 de febrero de 2002) 26.

  Cf. Juan Pablo II, Homilía en la solemnidad de Santa María Madre de Dios en la XXXV Jornada Mundial de la Paz (1.2.2002) en: Ecclesia 3082-83 (5 y 12 de enero de 2002) 35.