Discurso Inaugural LXXXV Asamblea Plenaria

blazquezperezricardo

Discurso Inaugural LXXXV Asamblea Plenaria

Queridos Hermanos en el Episcopado, y Miembros de la Conferencia Episcopal Española,

Excelentísimo Señor Nuncio blazquezperezricardoApostólico,

Señoras y Señores,

Al inaugurar nuestra Asamblea Plenaria del otoño, les saludo muy cordialmente a todos ustedes. Doy la bienvenida, en particular, a los Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos. Estos días trabajaremos juntos, como siempre, en favor del bien de las Iglesias que nos han sido confiadas y, en definitiva, de toda la sociedad. Agradezco la presencia del Señor Nuncio Apostólico y saludo también a nuestros colaboradores de esta Casa de la Conferencia Episcopal, así como a los periodistas que nos acompañan con su trabajo.

Me es grato comenzar mis palabras con un recuerdo, lleno de afecto y de gratitud, a la figura del Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II. Es la primera vez que nos reunimos todos los obispos españoles después de su muerte el pasado día 2 de abril. No dudo que interpreto los sentimientos de todos los Hermanos al manifestar nuestra acción de gracias a Dios por el don que ha supuesto para la Iglesia Católica, para todos los creyentes en Cristo y para el mundo entero la persona de Juan Pablo II. Deseo recordar aquí las palabras con las que esta misma Asamblea Plenaria evocaba en 1999 la figura de este gran Papa, al dar gracias a Dios por los dones recibidos a lo largo del siglo XX y, en particular, «por la serie tan extraordinaria de los Papas del siglo XX». Decíamos entonces: «El incansable peregrinar de Juan Pablo II a lo largo y ancho del mundo, como heraldo de la fe y de la esperanza, ha hecho del Sucesor de Pedro una figura más cercana para millones de personas, católicos y no católicos, en particular para los jóvenes. Su anuncio de Jesucristo y su defensa de los derechos humanos, también en situaciones difíciles y conflictivas, han dado frutos concretos de paz y esperanza. Sus visitas a nuestras Iglesias de España son hitos señeros para la nueva evangelización de nuestro pueblo, confiada y vigorosa, que abre el horizonte de una nueva primavera de la Iglesia en el tercer milenio».(1) La despedida que la Iglesia y el mundo tributaron a Juan Pablo II el pasado mes de abril puso de relieve, de modo llamativo, la verdad de las palabras que acabo de recordar. Juan Pablo II sigue, sin duda, acompañándonos desde el cielo.

Entretanto, el Papa Benedicto XVI se ha ganado ya el corazón de jóvenes y mayores. La solemne y sencilla celebración inaugural de su Pontificado, la inolvidable Jornada Mundial de la Juventud en Colonia y, siempre, su palabra precisa, honda y espiritual están presentes en la mente de todos nosotros. Recordamos con gratitud el Mensaje que nos envió con motivo de la Peregrinación a Zaragoza, en el Año de la Inmaculada, el pasado día 19 de mayo. Una hermosa fotografía de Benedicto XVI preside desde hoy nuestra Asamblea, como signo de nuestra obediencia y comunión. Ya expresamos, inmediatamente después de comenzar el ministerio que Dios le confió, la satisfacción que nos produciría su visita a España; manifiesto ahora este mismo sentimiento en nombre de la Conferencia Episcopal.

I. El Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía

Desde el día 2 de octubre hasta el 23 tuvo lugar en Roma la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Fue inaugurada con una solemne Eucaristía presidida por el Papa Benedicto XVI, y con otra celebración eucarística fueron clausurados tanto el Sínodo como el Año de la Eucaristía, que había convocado el Papa Juan Pablo II.

Se han cumplido con gran satisfacción para los miembros del Sínodo, más de la mitad de los cuales participábamos por primera vez, las expectativas con que fue instituido oficialmente por Pablo VI con la promulgación del motu proprio Apostolica sollicitudo del 15 de septiembre de 1965. El Sínodo de los Obispos, permítanme que lo recuerde, es un organismo permanente con el que quiso responder el Papa al deseo de los padres conciliares para mantener vivo el espíritu de colegialidad, que había constituido una experiencia intensa durante la celebración del Concilio. Con palabras de Juan Pablo II, pronunciadas en un discurso al Consejo de la Secretaría General el día 30 de abril de 1983, el Sínodo, que germinó en la tierra fértil del Concilio, es expresión e instrumento de la colegialidad y poderoso factor de comunión.

La Asamblea recientemente concluida ha tratado sobre La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. Un Sínodo no es un congreso de teólogos o pastoralistas, sino una asamblea de Obispos convocada por el Papa para ayudarle con su consejo en el gobierno pastoral de la Iglesia. La Asamblea sinodal ha trabajado, con el procedimiento verificado una vez más como fundamentalmente válido, en orden a ofrecer al Papa algunas propuestas para actualizar la pastoral eucarística de la Iglesia. Intentan ayudar a fomentar y profundizar el conocimiento, la celebración y la irradiación de la Eucaristía en la vida de la Iglesia extendida por el mundo. El Sínodo ha tocado el corazón de la Iglesia, la convocatoria principal de los fieles en el Día del Señor y la meta de la iniciación cristiana.

Ha sido una experiencia inolvidable de Iglesia en forma de comunión y de colegialidad. La fraternidad ministerial de los aproximadamente 250 Obispos procedentes de 118 países, presididos por el Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, junto con un grupo de religiosos y religiosas elegido por la Unión de Superiores Mayores, era cotidianamente una vivencia gozosa. La presencia de los invitados de otras Iglesias y Comunidades eclesiales, los llamados «delegados fraternos», nos ha recordado la hermandad ya compartida y la plena unidad visible todavía esperada. La vida de la Iglesia, una y católica, con sus avances, incertidumbres y pruebas, con sus esperanzas y sufrimientos, se ha reflejado en el Sínodo como en un espejo. A pesar de que no hayan podido acudir a la invitación del Papa, los cuatro Obispos de China han estado significativamente presentes. Las intervenciones de los Obispos procedentes de Iglesias que han padecido o padecen todavía trabas y persecuciones han recibido el aplauso de la Asamblea como signo de comunión en el Señor, de gratitud por su testimonio y de apoyo en sus dificultades. Se ha recordado muchas veces que la Eucaristía es el memorial de la cruz y de la victoria de Jesucristo actualizado en el camino de las Iglesias.

Las proposiciones , elaboradas atendiendo a las sugerencias de los grupos («circuli minores»), y buscando en un esfuerzo sostenido la convergencia y la comunión entre los padres sinodales, son el precipitado principal del Sínodo; en ellas, redactadas con precisión y fidelidad al sentir común de la Asamblea, se condensa el consejo entregado al Papa, que había solicitado esta forma eclesialmente relevante de asesoramiento.

El Papa ha presidido personalmente muchas veces la Asamblea sinodal; ha hablado y ha escuchado mucho; al comienzo de los trabajos animó espiritualmente a los hermanos en el ministerio con una exhortación extraordinaria; en un tono de confianza y sencillez impartió una pequeña lección teológica sobre la conexión entre la última cena de Jesús y la índole sacrificial de la Eucaristía, que desde hace más de cuarenta años venía pensando. Ha hablado varias veces, como él mismo dijo, no sólo «a braccio», esto es sin papeles, sino también «di cuore», es decir cordialmente.

Las 50 proposiciones, que no son conclusiones académicas sino sedimento de múltiples aportaciones pastorales, poseen distinto alcance y tenor. El elenco se ha articulado en tres partes: La primera contiene algunos aspectos doctrinales para la educación en la fe eucarística del pueblo de Dios; las proposiciones de la segunda parte versan sobre la participación de los fieles cristianos en la celebración eucarística; y la tercera parte se ocupa de la misión de la Iglesia alimentada por la Eucaristía. El Sínodo ha querido contribuir a que se aprecie, se celebre y se viva mejor la Eucaristía. Quienes han asistido a la gestación de las proposiciones pueden advertir el horizonte que se abre con un inciso añadido en el proceso, y también las sugerencias importantes que por no haber conseguido el grado de acuerdo requerido quedaron en el camino. El elenco de las proposiciones, votadas una tras otra por cada padre sinodal, contiene el parecer compartido amplísimamente por la Asamblea en su preocupación apostólica por todas las Iglesias.

Deseo subrayar a continuación, desde mi perspectiva personal, algunos aspectos más salientes de las proposiciones.

El centro de las deliberaciones del Sínodo ha sido la Eucaristía, que es el sacramento del misterio pascual de Jesucristo. En la celebración eucarística Jesús por su Espíritu nos introduce en la Pascua de la nueva alianza: pasamos de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de la tristeza al gozo. La Eucaristía debe ser un acontecimiento pascual en la vida de los participantes. Unidos a Cristo podemos vencer el odio con el amor, la violencia con la paz, el egoísmo con la generosidad, la discordia con la reconciliación, la desesperanza con la esperanza, la indiferencia hacia los necesitados con la compasión y el compromiso transformador.

La adoración eucarística desde el principio y reiteradamente fue subrayada por el Sínodo; en diversos lugares ha conocido en los últimos años un nuevo florecer también entre los jóvenes. Bastantes congregaciones religiosas -entre ellas, la familia espiritual del Beato Carlos de Foucauld, beatificado ayer hizo ocho días- han unido íntimamente la adoración eucarística y el servicio a los pobres, pues el mismo Jesús que dijo: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26), dijo también: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El culto eucarístico fuera de la Misa se recomienda encarecidamente.

Donde se refleja con mayor incidencia la escasez de presbíteros, y consiguientemente la penuria vocacional, es en la celebración de la Eucaristía; por esto, muchas comunidades cristianas al reunirse el domingo no pueden celebrar la Eucaristía, echando de menos y esperando el presbítero que las presida. La Asamblea sinodal, por su mismo dinamismo interno, ha juzgado la hipótesis de ordenar a varones casados maduros en la fe, los llamados «viri probati», como un camino que no se debe recorrer. Ha reafirmado el «don inestimable del celibato» en la vida de la Iglesia latina y ha insistido en la pastoral de las vocaciones sacerdotales, con la convicción de que sin la fe intensa no se escucha la llamada del Señor. A lo largo de esta Asamblea Plenaria, cuando tratemos sobre el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal para los próximos años, tendremos probablemente la oportunidad de compartir al respecto experiencias, esperanzas y debilidades.

También podemos profundizar en esta misma Asamblea la proposición sinodal que se refiere al puesto de la familia en la iniciación cristiana de los niños. La familia es vital para los esposos y los hijos, para la Iglesia y la sociedad; sin familia la persona está como desarbolada y expuesta a la intemperie. Es llamativo que, por una parte, los estudios sociológicos pongan siempre de relieve el altísimo aprecio de la familia en nuestra sociedad y, por otra, no se correspondan los apoyos recibidos del Estado con esta estima tan alta y con aquella necesidad fundamental. El Encuentro Internacional de las Familias, que tendrá lugar en Valencia a comienzos del mes de julio del año próximo, nos brinda ocasión de profundizar en el sentido de la familia y de promover consecuentemente su defensa y cuidado.

La reforma litúrgica actuada a partir del Concilio Vaticano II, de la que se reconoce el influjo benéfico en la vida de la Iglesia, posee todavía potencialidades sin explotar; debe proseguir por tanto el esfuerzo por lograr unas celebraciones eucarísticas mejor participadas, más bellas y respetuosas del Misterio pascual del Señor, de cuya fiel administración somos ministros los sacerdotes.

La Eucaristía, ha recordado el Sínodo de los Obispos, debe impregnar la vida diaria de los cristianos, ser fuente de evangelización, fermento de amor y escuela de paz. Entre la Iglesia, la Eucaristía y la Caridad existe una recíproca compenetración. La Palabra de Dios es camino y el Cuerpo del Señor es fraternidad. La actuación moral y social de la Iglesia se nutre de la comunión con Jesucristo, presente en la Eucaristía y en los pobres. En conexión con esto, la tercera parte de las proposiciones enseña el lugar que deben ocupar los enfermos en la vida eucarística de las parroquias, la atención social a los inmigrantes en general y la hospitalidad pastoral de los inmigrantes cristianos, la atención a los encarcelados y la solidaridad con los pobres y empobrecidos.

La información sobre el Sínodo facilitada a los medios de comunicación ha sido muy abundante. El Director de la Oficina de Información de nuestra Conferencia Episcopal, junto con otras cuatro personas de los demás grupos lingüísticos, presididos por el Director de la «Sala Stampa» de la Santa Sede, han prestado a los «mass media» este servicio de mediación. Ha sido novedad de este Sínodo el que una vez aprobadas las proposiciones se hayan comunicado en la versión ita
liana a los informadores. Yo confío que de esta información se hayan podido beneficiar tantos hombres y mujeres interesados en el seguimiento del Sínodo.

Como fuimos designados por ustedes, señores Obispos, para participar en el Sínodo representando a la Conferencia Episcopal, me ha parecido oportuno compartir con todos algunas apreciaciones más relevantes. Para la elaboración del Plan de la Conferencia Episcopal Española probablemente nos pueden ayudar como guía y estímulo diversas perspectivas de la Asamblea sinodal clausurada hace un mes.

II. Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal

En efecto, durante estos día dedicaremos algún tiempo a la reflexión sobre un borrador de Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal para los próximos años. Dios mediante, el eje vertebrador del mismo será precisamente el misterio de la Eucaristía, fuente y cumbre, a la vez, de la vida de la Iglesia. Juan Pablo II, el promotor y alma del Jubileo de la Encarnación del año 2000, nos ha dejado en la encíclica Ecclesia de Eucharistia como la quintaesencia de la experiencia vivida por la Iglesia en el gran acontencimiento jubilar: Cristo está vivo en su Iglesia de un modo eminente gracias al Sacramento de su Amor, la Eucaristía. De esa su presencia, tan misteriosa como real, brota la fuerza evangelizadora de la Iglesia, se alimenta la celebración de la salvación en los sacramentos y la vida litúrgica y toma aliento siempre renovado el servicio a la Humanidad, especialmente la más débil. Poner a la Eucaristía en el centro de nuestro Plan Pastoral será un modo de profundizar en los mejores frutos del Jubileo en estos primeros años del nuevo milenio. Porque será poner a Cristo mismo en el centro de la vida de la Iglesia; o mejor, dejar que de Él, que está en el centro de la comunidad cristiana, corra por todo el organismo la savia de la Palabra, del Servicio de Dios y del servicio a los hermanos. El Plan Pastoral habrá de ser sencillo y, al mismo tiempo, con el calado teológico y espiritual necesario para inspirar el trabajo de la Conferencia Episcopal y de sus organismos durante los próximos años.

El diálogo, en que se unen la verdad y el amor, como enseñó Pablo VI en la encíclica Ecclesiam suam, y el Concilio Vaticano II practicó como procedimiento pastoral, nos invita a proponer el Evangelio y su verdad amablemente. La acción pastoral de la Iglesia comporta diálogo y anuncio, respeto y «parresía»para proclamar el Evangelio con atrevimiento y sin miedos, escucha atenta del otro y tomar la palabra con claridad. Confiamos en que la verdad, que tiene en sí misma su esplendor, ilumine el corazón de las personas, ya que hemos sido creados por el Logos, como ha dicho bellamente el Papa Benedicto XVI; la verdad entra suavemente en el espíritu con la fuerza que le es inherente y propia. Para que se produzca este encuentro necesitamos actitud receptiva, ya que las interferencias, los ruidos y las precipitaciones nos dificultan la percepción y la asimilación sosegada.

No queremos actuar en nuestra acción pastoral como a rebufo de las cuestiones que otros introduzcan en la sociedad ni por reacción a las iniciativas del Gobierno, ya que la Iglesia tiene su programa en Jesucristo y su Evangelio presentes en la Iglesia. Queremos que cuando tengamos que decir «no», éste sea percibido como el reverso de un «sí» grande. El Evangelio de Jesús es ante todo anuncio de vida y plenitud y por ello es también denuncia de lo que extravía y confunde, malogra y degrada. El no al aborto es el sí a la vida incipiente y en gestación, el no a la eutanasia es el sí a la vida sumamente debilitada, el no a la violencia es el sí a la paz, el no a las rupturas matrimoniales es el sí a la fidelidad, el no a llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo es el sí a la grandeza del matrimonio inscrita en la misma naturaleza humana.

El cristianismo, la Iglesia, tiene un programa específico de salvación y de promoción del hombre. ¿Qué ofrecemos nosotros a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, conviventes y compañeros de camino, que por otra parte ansían amor y esperanza? También los jóvenes con su propio lenguaje buscan referentes en personas y en orientaciones que les señalen por dónde y cómo recorrer el camino. Estamos persuadidos de que también hoy Jesús tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68).

III. Cuarenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II

El día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, se cumplen cuarenta años de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Este gran acontecimiento, sin duda el mayor acontecimiento religioso del siglo XX, significó un poderosísimo impulso de renovación interna de la Iglesia (el «aggiornamento», de que habló Juan XXIII) y de cambio en las relaciones con las demás Iglesias cristianas, con las otras religiones y con la sociedad en general. El 28 de octubre fue conmemorada en Roma la promulgación de la declaración Nostra aetate que marcó el inicio de la reconciliación entre cristianos y judíos; nosotros nos unimos ese día con un acto celebrado en la sede de la Conferencia Episcopal.

El Concilio Vaticano II continúa siendo con palabras de Juan Pablo II brújula de la Iglesia en nuestro tiempo. Ha sido punto de orientación durante los decenios pasados en la manera de afrontar la Iglesia los desafíos que se le vienen planteando, particularmente cuando estamos inmersos en multitud de cambios rápidos y presumiblemente de alcance inusitado. El Concilio significó para la Iglesia un antes y un después.

Al cumplirse los 20 años de la terminación de la magna asamblea conciliar, el Papa Juan Pablo II convocó un Sínodo extraordinario para agradecer a Dios el don inestimable del Concilio, para hacer un balance de la responsabilidad que la Iglesia tiene contraída con él y para impulsarlo con renovada esperanza. Cuando estamos a punto de recordar el cuarenta aniversario de aquellas inolvidables efemérides, queremos también en esta Asamblea de la Conferencia Episcopal celebrar y reflexionar desde nuestro contexto preciso sobre lo que el Espíritu Santo dijo entonces a las Iglesias y continúa diciéndoles.

Con este fin, el próximo jueves por la tarde, Dios mediante, tendremos en este aula un espacio para el intercambio fraterno acerca de lo que el Concilio supuso, supone y ha de suponer todavía para nuestras Iglesias. Y luego, daremos gracias a Dios por el don del Concilio mediante una solemne la Eucaristía concelebrada por todos los obispos en la Catedral de la Almudena; con el señor Cardenal Arzobispo de Madrid, invitamos a todos los fieles que deseen unirse a nosotros.

Una vez más nos será muy provechoso percatarnos
de la intención profunda que imprimieron al Concilio los Papas que lo con vocaron y presidieron, ya que nos ayuda a sintonizar nuestro espíritu con su longitud de onda.

Juan XXIII escribió en la constitución Humanae salutis, el día 25 de diciembre de 1961, por la que convocaba el Concilio: «Lo que se pide hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la fuerza perenne, vital y divina del Evangelio». La intención fundamental del Concilio fue la evangelización del mundo contemporáneo, es decir, cumplir con el conveniente aggiornamento la misión confiada por Jesús a la Iglesia.

Pablo VI en el discurso pronunciado el día 7 de diciembre de 1965, la víspera de la clausura del Concilio, resumió de esta manera el significado del itinerario recorrido: «La Iglesia ha tratado de reflexionar sobre sí misma para conocerse mejor, para definirse mejor y disponer, consiguientemente, sus sentimientos y preceptos. Esto es cierto. Pero la introspección no fue fin en sí misma… La Iglesia se ha recogido en su íntima conciencia espiritual… para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea, el designio y la presencia de Dios por encima de sí y dentro de sí y para reavivar en sí la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría… El Concilio ha tenido vivo interés por el estudio del mundo contemporáneo. Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar a la sociedad que la rodea». A la distancia de cuarenta años tenemos la oportunidad de apreciar mejor el acierto y el encargo contenidos en estas palabras, y también de percibir con realismo el desafío inmenso que nos plantean.

La intención evangelizadora del Concilio fue corroborada por Juan Pablo II en 1985: «Se puede decir con toda propiedad que (el Concilio Vaticano II) representa el fundamento y la puesta en marcha de una gigantesca evangelización en el mundo moderno, llegado a una encrucijada nueva en la historia de la humanidad, en la que tareas de una gravedad y amplitud inmensa aguardan a la Iglesia».

En el discurso de apertura del segundo periodo conciliar, una vez tomadas las riendas del Vaticano II después de la muerte de Juan XXIII, se preguntó Pablo VI por el punto de partida, la ruta y la meta del «viaje» conciliar y respondió públicamente con unas palabras impresionantes, de idéntica actualidad entonces, hoy y siempre: «Cristo es nuestro principio; Cristo es nuestro guía y nuestro camino; Cristo es nuestra esperanza y nuestro fin… Que no brille sobre esta asamblea otra luz sino Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestras mentes fuera de las palabras del Señor, nuestro único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles; que ninguna otra confianza nos sostenga sino aquella que fortalece, mediante su palabra, nuestra frágil debilidad: ´´Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo´´ (Mt 28,20). ¡Ojalá en esta hora solemne podamos elevar a nuestro Señor Jesucristo una alabanza digna de El!». La fe en el Señor nos otorga serenidad esperanzada, magnanimidad para sostener con dignidad las pruebas, y renovación incesante de los esfuerzos por el Evangelio.

Al concluir estas palabras de evocación del Vaticano II quiero saludar desde aquí a los Obispos de nuestra Conferencia que participaron en el Concilio y gracias a Dios viven todavía.

IV. Algunas inquietudes y tareas

La Iglesia quiere continuar siendo en medio de nuestra sociedad fermento de solidaridad, concordia y esperanza. El Concilio Vaticano II, recibido por la Iglesia en España desde el principio con fidelidad y determinación, la capacitó para colaborar eficazmente, en medio de innumerables dificultades, prestando un buen servicio al periodo de nuestra historia que conocemos como la «transición». Estamos convencidos de que la sociedad necesita actualizar y profundizar las actitudes de aquella situación crucial para que sean respondidos adecuadamente los desafíos de nuestro tiempo, respetando la justicia y la solidaridad, la libertad y la unidad, la verdad histórica y las legítimas aspiraciones de un futuro mejor para todos. Aquellas actitudes de reconciliación, de curación de heridas, de empeño por construir entre todos una sociedad justa y respetuosa de las legítimas diferencias, culta y solidaria, tienen que tomar constantemente forma y cuerpo en acuerdos al servicio del bien común.

La familia es la célula primera de la sociedad; ésta será en gran medida lo que sea aquélla. La Conferencia Episcopal ha defendido a la familia y seguirá defendiéndola; hemos querido ayudar y estamos decididos a continuar prestando a la familia nuestra dedicación pastoral. Estamos convencidos de que la familia se constituye por el matrimonio, que es la unión estable de un varón y una mujer, contraída por amor, para la mutua complementariedad y para transmitir la vida. No conviene al bien de la sociedad lo que contribuya de una forma u otra al oscurecimiento o a la «desinstitucionalización» del matrimonio. La Iglesia, iluminada por el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, acoge y promueve la voluntad original de Dios sobre el matrimonio, que está inscrita desde el principio en la misma condición humana (cf. Mc 10,6-9). La Iglesia quiere anunciar con palabras y hechos el Evangelio del amor y de la fidelidad, del perdón y de la paz, de la generosidad y de la esperanza sobre el matrimonio y la familia. Apreciamos la gracia inmensa de la familia y también nos hacemos cargo de las dificultades que la envuelven.

La Iglesia no busca sólo su bien y futuro; busca también el bien y el porvenir de la sociedad. Por ejemplo, no deseamos sólo -y lo deseamos hondamente- que en la Ley Orgánica de Educación, que se está tramitando en el Parlamento, sea reconocida adecuadamente la asignatura de religión católica, según el derecho que asiste a los padres de que sus hijos sean educados conforme a sus convicciones morales y religiosas; un derecho que la Constitución reconoce y que articulan los Acuerdos firmados entre la Santa Sede y el Estado Español; queremos también y en la medida de nuestras fuerzas nos comprometemos a que la educación, tan vital siempre, tan complicada actualmente y tan postrada en nuestra situación presente, sea mejorada, ya que en ella se decide en buena medida el presente y el futuro de nuestra sociedad, de todos nosotros. A tal fin es de importancia básica el reconocimiento justo y generoso de la libertad de enseñanza, tanto para que los padres puedan elegir, como para que la sociedad pueda llevar adelante sus iniciativas educativas con el sostenimiento de centros de enseñanza y la creación de aquellos que sean necesarios para responder a la justa demanda de los padres. Esperamos que sea posible todavía el pacto educativo que se solicita con tanta insistencia y con tanta razón desde casi todos los sectores de la sociedad y
de la comunidad educativa.

En una de las anáforas eucarísticas podemos rezar: «Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando». Como la Iglesia es, según la enseñanza del Concilio, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1), sabemos que en su interior debe reflejarse un estilo de vida filial con Dios y fraternal entre los cristianos, y en medio del mundo debe ayudar a que la humanidad sea una familia. Cáritas con su multitud de obras que manifiestan la creatividad del amor; Manos Unidas con una trayectoria larga de sensibilización y apoyo a proyectos humanizadores en el Tercer Mundo; las Hijas de la Caridad, galardonadas recientemente con el premio Príncipe de Asturias a la Concordia; muchas congregaciones religiosas dedicadas al servicio de los enfermos, ancianos, pobres y marginados; numerosos misioneros que acreditan la palabra del Evangelio con admirables obras de promoción social; tantos voluntarios que colaboran sacrificadamente en innumerables iniciativas caritativas y sociales, como el Proyecto Hombre y la acogida a los inmigrantes, etc; todas estas realidades son rasgos que pertenecen al rostro de la Iglesia. En la raíz de todas estas formas de vivir y de actuar está la fe en Jesucristo, que vino a servir y a entregar la vida, y la compasión del buen samaritano que se acerca a los heridos de la vida. ¡Cómo deseamos que cada uno de nosotros y la Iglesia entera seamos diariamente testigos fehacientes del Evangelio del amor, de la paz y de la esperanza!

Conclusión

El próximo día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, terminará el Año de la Inmaculada, con el que hemos celebrado en España el CL Aniversario de la proclamación de este dogma mariano. La Inmaculada Concepción es, desde los tiempos del rey Carlos III, por decisión del Papa Clemente XIII, la Patrona de España. A ella, nuestra Madre, y a su Corazón Inmaculado, renovamos públicamente nuestra consagración en Zaragoza el pasado día 22 de mayo. Que ella guíe nuestros trabajos en estos días. Que ella bendiga con la paz de su Hijo a todas nuestras comunidades y a España entera.



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