Discurso Inaugural LXXXVI Asamblea Plenaria

blazquezperezricardo

Discurso Inaugural LXXXVI Asamblea Plenaria

Queridos hermanos en el episcopado,
Excelentísimo señor Nuncio Apostólico.
Señoras y Señores:

blazquezperezricardo

Reciban mi saludo cordial al comienzo de la presente Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. Doy la bienvenida a todos a este encuentro que nos ofrece la oportunidad de conversar en conferencia detenida sobre las cuestiones pastorales que atañen a nuestro ministerio. Agradezco la presencia del señor Nuncio de su Santidad Benedicto XVI, a quien en nombre de todos expreso nuestra comunión, afecto y obediencia. Saludo a los colaboradores de la Conferencia Episcopal, al tiempo que agradezco su valiosa ayuda. Con respeto saludo a los periodistas y deseo que a través de su información llegue nuestro saludo a sus lectores, oyentes y televidentes.

En el Consistorio celebrado el día 24 fue creado cardenal por el Papa Benedicto XVI el arzobispo de Toledo, Mons. Antonio Cañizares; en nombre propio y de la Conferencia Episcopal tuve la satisfacción de acompañar en Roma a nuestro hermano en el episcopado. Reitero la felicitación cordial que, una vez conocida la noticia el día 22 de febrero, tuve la oportunidad de expresarle junto con los demás miembros de la Comisión Permanente, que aquel día estaba reunida en sesión de trabajo.

Los primeros días del mes de julio tendrá lugar, Dios mediante, en Valencia el V Encuentro Mundial de las Familias; un encuentro sin duda muy oportuno para reflexionar y promover esta institución tan vital en la sociedad, insustituible en la educación de los hijos, muy apreciada en los estudios sociológicos y necesitada de fortalecimiento interior y de apoyos exteriores.

Nos alegramos de que el Papa pueda presidir las celebraciones últimas de los días 8 y 9. Si la Conferencia Episcopal manifestó inmediatamente después de ser elegido como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro la satisfacción que produciría a la Iglesia en España la visita de Benedicto XVI, que como cardenal en diversas ocasiones había estado entre nosotros, se comprende la alegría que sentimos con la noticia de su venida, accediendo a las invitaciones de diferentes instituciones de la Iglesia y del Estado, entre ellas la de la Conferencia Episcopal Española. Pedimos al Señor que le otorgue diariamente una fe inquebrantable, una esperanza firme y una caridad solícita; agradecemos a Dios el don de su ministerio eclesial que nos confirma en la unidad de la fe, del amor y de la misión. Invitamos a los fieles cristianos de nuestras diócesis a que en la medida de sus posibilidades y de sus esfuerzos generosos participen  en el Encuentro Mundial de Valencia.

 

1.- “Dios es Amor”

El Papa Benedicto XVI hizo pública su primera encíclica, Deus caritas est, el día 25 de enero, que trae resonancias ecuménicas y conciliares ya que con la fiesta de la conversión de San Pablo termina la semana de oración por la unidad de los cristianos y justamente ese día anunció Juan XXIII en la basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un concilio ecuménico. El Papa había firmado la encíclica el día 25 de diciembre, en que celebramos los cristianos la bondad, la humanidad y el amor de Dios, manifestados en Jesús su Hijo nacido en Belén. Nos alegramos de que haya sido muy bien recibida; confiamos en que esta favorable acogida facilitará su asimilación.

La encíclica va al corazón de la fe cristiana, es decir, al amor que Dios nos tiene y al amor que este amor puede suscitar en nosotros hacia El y hacia los hombres. Con valor, hondura, belleza literaria y claridad va restituyendo el Papa su dignidad al amor humano y cristiano, ya que la palabra “amor” ha sido gastada y degradada y se ha abusado tanto de ella que existen reticencias para pronunciarla. Sin embargo es una palabra primordial que expresa una realidad fundamental; por ello, dirá el mismo papa, refiriéndose a su encíclica: “No podemos abandonarla sin más, tenemos que retomarla, purificarla y devolverle su esplendor original para que pueda iluminar nuestra vida y llevarla por el camino recto”. En la encíclica se funden los temas “Dios”, “Cristo” y “Amor” como guía central de la fe cristiana. Dios ha amado tanto al mundo que le ha entregado a su Hijo como Salvador (cf. Jn 3, 16).

Diferentes reservas detienen a las personas ante esta palabra; se llama a veces amor al “eros” reducido a puro “sexo” y convertido en mercancía que se vende y se compra, degradando a las personas; otras veces una forma falsa de “caridad” ha encubierto injusticias y amortiguado el necesario combate por la justicia y la verdad en las relaciones sociales; se ha llegado incluso a apelar al Dios de la paz y del amor para legitimar la violencia.

El Papa unifica en la encíclica perspectivas frecuentemente disociadas. La rehabilitación del amor que lleva a cabo el Papa significa la armonía entre “eros”, es decir, la búsqueda de la felicidad en la persona amada y “agape”, a saber, la autodonación al otro buscando su bien. Une el amor en las dimensiones corporal y espiritual que constituyen al hombre y la mujer creados a imagen y semejanza de Dios a quien pareció muy bien cuanto había hecho (cf. Gén 1,31). El amor que Dios nos regala y el amor que, recibido por nosotros, se convierte en posibilidad y exigencia de vida nueva en Cristo forman un mismo dinamismo. El amor a Dios con todo el corazón y el amor al prójimo como a uno mismo están tan íntimamente unidos en el Evangelio que, como en una moneda la cara y la cruz, sólo manteniéndose unidos guardan su autenticidad (cf. Lc 10,25 ss.). El amor es inseparable de la justicia, que la promueve y plenifica, de manera que las relaciones entre razón y fe se pueden traducir a las relaciones entre justicia y caridad que es el amor específicamente cristiano. La imagen de Dios revelado en Jesucristo se caracteriza por el amor hasta el punto de que es una novedad siempre sorprendente y consoladora el que todo hombre y mujer sea amado personalmente por Dios. Amar como Cristo no
s ha amado debe, en consecuencia, distinguir a los cristianos como sus discípulos (cfr. Jn 13, 34-35). Por estar unidas la imagen de Dios y la del hombre, se comprende que el servicio al prójimo abra los ojos del corazón para vislumbrar en el hombre al mismo Jesús y en el rostro de Jesús al Dios invisible. El servicio del amor constituye, consiguientemente, una vía insustituible en la transmisión de la fe, a través del cual se hace en cierto modo visible al Dios vivo y amigo de los hombres. Las perspectivas que abre la encíclica son muchas y ricas unidas todas en la irradiación de Dios, cuya actitud hacia los hombres se define por el amor.

Iglesia, ¿qué dices de ti misma?

Conectemos la encíclica del Papa con el Concilio Vaticano II, de cuya clausura hemos celebrado hace unos meses los cuarenta años. El ingente trabajo que el Concilio realizó se puede comprender como la respuesta larga y honda a la pregunta: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”. Fue en efecto, un Concilio de la Iglesia sobre la Iglesia. En las últimas sesiones conciliares del primer periodo, es decir, en los primeros días del mes de diciembre de 1962, a través de algunas intervenciones estelares que hallaron consentimiento general apareció claro, después de las búsquedas y tanteos de los primeros meses de trabajos sinodales, que la Iglesia debía ser el tema del Concilio. El día 5 de diciembre intervino en el aula el cardenal Montini, entonces arzobispo de Milán, y después de solicitar la consideración atenta de la Asamblea sobre lo que el día anterior había expuesto “con tanta penetración” el cardenal Suenens, arzobispo de Malinas-Bruselas, afirmó: “Sea la cuestión de Ecclesia el argumento primario de este concilio ecuménico”. “¿Qué es la Iglesia? ¿Qué hace la Iglesia? Estos son los quicios en torno a los cuales deben disponerse todas las cuestiones del concilio. El misterio de la Iglesia y la misión de la Iglesia, a ella confiada y a realizar por ella: He aquí el argumento sobre el cual debe girar el concilio”. Y en el primer discurso pronunciado como Papa, el día 29 de septiembre de 1963, dirá marcando el camino de los trabajo conciliares: “Está fuera de duda que es deseo, necesidad y deber de la Iglesia que se dé finalmente una más meditada definición de sí misma”. El propio Pablo VI manifestará en intervenciones posteriores su satisfacción por haber cumplido el Concilio la tarea encomendada por la providencia de Dios en esta hora de la historia. Completando la obra doctrinal del Concilio Ecuménico Vaticano I, “se ha explorado el misterio de la Iglesia y se ha delineado el designio salvífico sobre su constitución fundamental” (21 de noviembre de 1964).

La Iglesia es incomprensible a la luz de la fe cristiana sin conectarla íntimamente con Dios, ya que el tema de la Iglesia está subordinado al tema de Dios (cardenal J. Ratzinger). Por eso se comprende que en la crisis eclesial se manifiesta una crisis sobre Dios. El Concilio incluyó en la revelación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo el misterio y la misión de la Iglesia, como aparece en la magnífica obertura de la constitución sobre la Iglesia, que es la espina dorsal del Concilio: “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece en el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15). La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium), 1). La Iglesia no es en sí misma una organización internacional de desarrollo, ni una asociación de carácter social y humanitario, ni una fundación cultural provista de una tupida red de centros para mantener vivo el mensaje de Jesús de Nazaret y despertar en la conciencia de los hombres unas actitudes coherentes con su estilo de vida. La Iglesia es de naturaleza religiosa, a saber, es el nuevo pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu Santo; es sacramento de salvación. Del encuentro con Jesucristo por la fe procede en sus fieles la capacidad humanizadora, y su contribución específica a la paz y al desarrollo de los hombres y de los pueblos.

 1. -“Iglesia, ¿qué dices de Dios?”

¿Qué dices a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que se plantean preguntas de un alcance sin precedentes? La pregunta a la que respondió el Concilio “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”, se puede prolongar en la pregunta “Iglesia, ¿qué dices de Dios?”, ya que la naturaleza y la misión de la Iglesia están como incardinadas en el misterio de Dios (cf. Ef 3,1-13). El Concilio, a la luz de Dios, sondeó y expuso su ser íntimo como una realidad penetrada de la presencia divina. ¿Qué decimos los cristianos sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida eterna, sobre las relaciones entre los hombres?

El Papa, ministro de la tradición cristiana y servidor del Evangelio, ha desarrollado en su encíclica la respuesta: Dios es amor. Según sus palabras, ha querido subrayar la centralidad de la fe en Dios, que ha asumido un rostro humano y un corazón humano, en una época que, lacerada por el odio y la violencia, tiene necesidad de que se le anuncie al Dios vivo que nos ha amado hasta la muerte.

A la sorpresa, que inicialmente quizá produjo en algunos el hecho de que la primera encíclica del Papa se titulara y desarrollara consecuentemente la expresión cristiana Dios es amor, ha sucedido la convicción de su acierto y la gratitud por el servicio inestimable que ha prestado no sólo a la Iglesia católica, sino también a ámbitos mucho más amplios. ¿No es relevante que desde el principio del pontificado nos invite el papa a centrar la atención en lo fundamental, a saber, en que Dios es amor, que nos ama y nos capacita para amar? ¿No es esta concentración simplificadora una indicación para nosotros que venimos diseñando el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal para los próximos años?

2.- El amor a la verdad

En un himno de la Liturgia de las Horas pedimos a Dios Creador para cada hombre, para cada uno de nosotros: “Hazle en la fe luminoso, / alegre en la austeridad, / y hágale tu claridad / salir de sus vanidades; /
dale, Verdad de verdades, / el amor a tu verdad”. Es un precioso ejercicio de las personas la búsqueda de la verdad, pasando de las vanidades que distraen y engañan, venciendo los intereses que la distorsionan y las polémicas que alteran la serenidad para hallarla. Una sociedad debe buscar a través de la discusión social seria y abierta lo que realmente le conviene en el presente y de cara al futuro. El bien común se asienta sobre la verdad de Dios, del hombre, del mundo, de la persona, de la vida humana, del matrimonio, de la familia, de la libertad, de la justicia, de la paz. La verdad no es un límite que humille la libertad del hombre; no podemos ni debemos dominar la verdad de las cosas ni moldearla a nuestro arbitrio.

La verdad comporta estabilidad; posee la capacidad de otorgar firmeza y seguridad; si la vida humana no reposa en los fundamentos de la verdad se vuelve insegura e incierta. Aunque cada uno perciba las cosas desde una perspectiva personal, la búsqueda de la misma verdad y el encuentro con la misma verdad impide que la “verdad” de cada uno se constituya en centro y absoluto. Sin el amor a la verdad y sin la unidad en la verdad caeríamos en un relativismo que fragmenta, dificulta la comunicación profunda e impide construir juntos sobre cimientos no movedizos. ¿No procede también la inquietud de nuestra sociedad de estas incertidumbres de fondo?

Porque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, porque ha dado a todos los hombres y mujeres una dignidad inviolable, debe toda persona ser respetada desde el amanecer de la vida hasta su natural ocaso. En esta dignidad, que es sello de Dios, reside la garantía de nuestra libertad y de nuestra grandeza. Respetar la naturaleza humana no es residuo de un pasado caduco, sino garantía de libertad, seguridad y acierto hoy y mañana. La ley natural es lugar de encuentro de cristianos y no creyentes en la defensa del hombre y de lo humano. La persona humana no está a disposición de otros hombres; no es instrumento a merced de ningún proyecto. El hombre es sujeto y fin de las instituciones de la sociedad. Nuestra relación con las cosas consiste en conocerlas, admirar la sabiduría que esconden, respetarlas, bendecir a Dios por sus criaturas y de esta manera ponerlas al servicio del hombre, a quien el Creador encomendó la custodia y el dominio sobre ellas (cf. Gén 1, 26). “Los creyentes tienen la certeza de que la actividad humana individual y colectiva, es decir, el ingente esfuerzo con que los hombres pretenden mejorar las condiciones de su vida a lo largo de los siglos, considerado en sí mismo, responde al plan de Dios. Pues el hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y reconociendo a Dios como creador de todas las cosas” (Gaudium et spes 34). Los cristianos deseamos que el mundo sea explorado; respetamos, agradecemos, promovemos y nos beneficiamos de la ciencia y de la técnica. Queremos que los resultados de la ciencia y de la técnica lleguen a todos los hombres de todos los pueblos.

El magisterio de la Iglesia ha sostenido y defendido constantemente el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte. Pues bien, afirmamos con palabras del Papa Benedicto XVI: “Este juicio moral es válido ya desde los inicios de la vida de un embrión, incluso antes de que sea implantado en el seno materno, que le custodiará y alimentará hasta el momento del nacimiento”. Un embrión no es un amasijo ni un cúmulo indiferenciado de células, no es un objeto a nuestra disposición; es un sujeto, una nueva individualidad, alguien, no simplemente algo, en los inicios de su ciclo vital. Desde la formación del “cigoto” acontece un constante y gradual desarrollo de un nuevo organismo humano que evolucionará siguiendo una orientación precisa. Ya hemos expresado los obispos nuestra preocupación por la Ley de Técnicas de Reproducción Humana Asistida. En esta Asamblea volveremos a reflexionar sobre tema tan importante.

Cuando el gameto masculino se une con el femenino surge un ser vivo distinto del padre y de la madre. Es un ser vivo que, sin solución de continuidad si no es interceptado en el camino, podrán recibir sus padres con el gozo de haberles nacido un hijo. “El amor de Dios no hace diferencias entre el recién concebido, aún en el vientre de su madre, y el niño, el joven, el hombre maduro o el anciano (cf. Jer 1, 5; Sal 139, 13-14; Lc 1, 41)” (Benedicto XVI). No siempre, por desgracia, manifiesta nuestra sociedad el respeto debido a la vida de una persona en sus primeras fases, que, como decía Julián Marías, recientemente fallecido, es siempre una realidad “viniente”. Por aquellas fases iniciales todos nosotros hemos pasado. Las fuentes de la vida humana son sagradas; manipularlas es una aventura, además de inmoral, inmensamente arriesgada. La Iglesia se alegra del progreso de la ciencia y de la técnica, que debe servir al desarrollo de la humanidad; pero pedimos que al poder de la ciencia se una la conciencia moral y el respeto a la dignidad de la persona en todo el recorrido de su existencia y en todas las circunstancias de la vida. La mirada de la fe potencia la luz de la razón para ver una persona, más aún al mismo Jesús, en todos los momentos de su formación y en todos los rostros, por más desfigurados que estén.

La fe cristiana defiende y sostiene la capacidad de la razón para conocer la verdad. Aunque podamos comprender la atracción por explorar los secretos del mundo y por conseguirlo el primero; aunque la ilusión de que sean curadas algunas enfermedades, desplazando un poco más adelante el poder de la muerte sea grande; aunque sea muy fuerte la aspiración legítima de un matrimonio a prolongarse en los hijos; estos sentimientos no pueden sobreponerse a la verdad del ser humano, que se convertiría al mismo tiempo en conquista y en víctima del poder alcanzado por el hombre. Si el fin no justifica los medios, nunca el ser humano, desde los primeros compases de su vida, puede ser reducido a medio ni utilizado como instrumento. Lo científica y técnicamente posible debe atenerse también a la ética que respete la dignidad humana; más aún, la investigación sobre el origen de la vida humana puede conducir a columbrar las huellas de Dios. La naturaleza, la sabiduría del Creador, ha trazado una línea roja que por el bien de la humanidad no se debe cruzar.

La familia, fundada en el matrimonio, que es la unión de un varón y una mujer para la mutua complementación y la generación y educación de los hijos, está interiormente debilitada y poco apoyada por las instituciones; incluso algunas leyes aprobadas en los últimos meses la hieren en su estabilidad y en la misma naturaleza del matrimonio. En cambio, sean bienvenidas las leyes y las actuaciones que favorezcan la armonía de la vida familiar y del trabajo profesional, a fin de que los esposos puedan cultivar su específica relación y cuidar adecuadamente la comunicación y la educación de los hijos. Queremos todos que los mayores reciban, según las diversas fases de su ancianidad, las ayudas necesarias. El que la expectativa de vida sea gracias a Dios cada vez más alta n
os produce satisfacción y reclama nuestra correspondiente responsabilidad.

3.- La transmisión de la fe.

En esta Asamblea trataremos también sobre el Plan Pastoral, que deseamos tenga como núcleo la Eucaristía y la transmisión de la fe, relacionando ambas realidades. De esta manera queremos responder al Sínodo de los Obispos, celebrado en octubre último, y al mismo tiempo asumimos uno de los desafíos fundamentales que tenemos planteado, a saber: en medio de una cultura poco propicia al cultivo de la tradición queremos transmitir la fe en nuestro Señor Jesucristo, del que hacemos memoria en la predicación (cf. 2 Tim 2,1-13), reunidos en su nombre celebramos el memorial de su muerte y resurrección (cf. 1 Cor 11,23-27) y como discípulos suyos deseamos seguir sus huellas (cf. 1 Ped 2,21-25).

San Pablo recuerda a la comunidad de Corinto la conexión vital que existe entre anuncio, transmisión, acogida en la fe del Evangelio y perseverancia en él como fuerza de salvación. “Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que lo conserváis como os lo prediqué” (1 Cor 15,1-2). La Iglesia se sitúa en la corriente de acogida y de transmisión del Evangelio, que tiene su origen en la bondad y sabiduría de Dios Padre, que nos fue anunciado por Jesucristo, el primer Evangelizador, que, recibido a través de los Apóstoles como testigos primordiales y custodiado por sus sucesores, ha llegado hasta nosotros.

Acogemos la revelación divina por la fe que es la entrega entera y libre del hombre a Dios (cf. Dei Verbum 5). En la respuesta total del hombre a Dios, en que consiste la fe viva, podemos distinguir diversos aspectos: “Conocimiento-confesión de la acción salvífica de Dios en la historia, entrega confiada y sumisión a su palabra, comunión de vida con Dios ya ahora en el mundo, orientación escatológica de la existencia” (J. Alfaro). Permítanme que subraye la dimensión de conocimiento propia de la fe cristiana. Porque Jesucristo es el cumplimiento definitivo de las promesas de Dios, la fe cristiana es particularmente confesión, un sí al acontecimiento de Jesús. Hay una relación estrecha entre lo que llamamos el asentimiento de la fe y la realidad creída. Al acoger la palabra de la verdad y el Evangelio de la salvación (cf. Ef 1,13; Col 1,5), afirmamos que Jesús es el Hijo de Dios que verdaderamente ha venido al mundo en carne (cf. Jn 11,27; 20,28); que realmente ha resucitado (cf. Lc 24,34); Rom 10,9); que es el verdadero pan de vida (cf. Jn 6,48 ss) etc. Profesamos los cristianos en el credo de la Iglesia no un mito, ni un puro símbolo, ni un proyecto utópico, ni una interpretación entre otras, sino la intervención real de Dios en la historia por nuestra salvación.

¿No debemos acentuar el amor a la verdad revelada por Dios y testificada y transmitida por la Iglesia? El catecismo es precisamente un instrumento válido al servicio de la enseñanza de la fe y de la comunión eclesial. En esta Asamblea estudiaremos de nuevo un proyecto de Catecismo para la primera infancia. “Danos, Verdad de verdades, el amor a tu verdad”, es decir, danos la confianza para escuchar el Evangelio, la obediencia para acatar su autoridad, la diligencia para custodiarlo, el celo para defenderlo, la valentía para anunciarlo, la fidelidad para enseñarlo y la gracia para vivirlo.

La confesión fiel, concorde y cordial de la obra de Dios fundamenta la unidad de la Iglesia. Descuidar la pureza e integridad en la profesión de la fe introduciría grietas en la comunión eclesial. Estas posibles desavenencias repercutirían negativamente en la transmisión de la fe.

Creer es un acto personal, ya que nadie puede sustituir a otro en la entrega a Dios que viene a su encuentro; y al mismo tiempo la fe es eclesial, ya que la Iglesia es el gran sujeto creyente que precede y conduce, alimenta y sostiene la fe de cada cristiano. La fe que deseamos transmitir y fortalecer atañe al corazón de cada persona y es a la vez comunitaria. Recibimos la fe de la Iglesia a través de personas concretas y la compartimos con otros cristianos en la misma Iglesia. Un cristiano no es una isla sino un hermano en la familia de la fe, el que cree nunca está solo. Por esto, sentimos como un desafío lo que pueda significar la expresión utilizada en la sociología religiosa “creer sin pertenecer”, es decir, creer en Dios Padre y en nuestro Señor Jesucristo quedando más o menos al margen de la Iglesia, la cual es y debe ser al mismo tiempo testigo del Evangelio y hogar de los creyentes. El servicio de la caridad acredita el mensaje de la Iglesia y a la misma Iglesia, ya que la transmisión de la fe se hace con palabras y obras íntimamente unidas entre sí.

La oración es el aliento de la fe, como la respiración es el acto fundamental de la vida. Los grandes apóstoles han sido grandes orantes y las etapas de fecunda expansión misionera vienen precedidas y acompañadas de una intensificación espiritual. Es incompatible la anemia espiritual y el vigor apostólico. El que la fundación de santa Teresa de Jesús, por ejemplo, se caracterice por la oración apostólica; y el que sean patronos de las misiones santa Teresa del Niño Jesús y san Francisco Javier expresan elocuentemente la afinidad entre plegaria y evangelización. Todos en la Iglesia, también las comunidades contemplativas, podemos y debemos ser misioneros.

El día 7 de abril celebramos el quinto centenario del nacimiento de Francisco de Javier. La figura colosal de san Francisco se levanta ante nosotros, invitándonos a sacudir los retraimientos y a dejarnos contagiar por su ardor apostólico para la transmisión de la fe.

El 25 de noviembre, precisamente el día en que terminaba nuestra Asamblea Plenaria, fue anunciado que Ediciones Sígueme de Salamanca había sido galardonada con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2005, concedido por el Ministerio de Cultura. El premio, que será entregado el 8 de mayo, tiene por objeto distinguir el conjunto de una editorial que haya destacado por su aportación sobresaliente e innovadora a la vida cultural. El jurado ha querido premiar a Ediciones Sígueme por su labor en 2004, que continúa la trayectoria de más de cincuenta años en el campo de la “filosofía”, incorporando al español lo más valioso del pensamiento humanístico contemporáneo y recuperando a los autores clásicos, así como la calidad de sus ediciones. Nos alegramos y felicitamos a Ediciones Sígueme por esta distinción, que en realidad premia su trabajo editorial en los campos de Sagrada Escritura, Teología, Espiritualidad, Humanidad
es etc. con libros unas veces traducidos y otras escritos en España. Con este premio otorgado en el ámbito de la cultura y con el Premio Príncipe de Asturias concedido a las Hijas de la Caridad en el ámbito caritativo y social la Iglesia se siente reconocida en dos dimensiones cultivadas por ella con particular dedicación en la historia.

El comunicado, que la organización terrorista ETA hizo público el día 22 declarando el alto el fuego permanente, ha suscitado un haz de sentimientos: alivio, alegría, prudencia, cautela, responsabilidad y, por encima de todo, esperanza. Aunque intentos anteriores no llegaron al fin deseado de la desaparición de la violencia terrorista y de la misma organización, renace ahora en nosotros la esperanza. Las víctimas, que son el testimonio doliente de la violencia padecida, nos recuerdan con la singular elocuencia de la muerte y del sufrimiento la trascendencia del desafío ante el que la nueva situación nos emplaza. La unidad de los gobernantes y representantes políticos, la colaboración de la sociedad, el trabajo paciente, la altura de miras y la esperanza que sostiene en el camino, a pesar de los obstáculos, son buena garantía para llegar a la meta de la paz plena, que se asienta en los pilares de la verdad y la justicia, la libertad y el amor. Pedimos al Dios de la paz que ilumine y dé acierto a quienes tienen la responsabilidad específica de conducir este proceso. La Iglesia, que participa en las esperanzas y las tribulaciones de la sociedad, manifiesta su disponibilidad a contribuir en la medida de sus posibilidades. Termino con una invocación a la Virgen María: “Reina de la paz, ruega por nosotros”.

 

 

Cf. Conferencia Episcopal Española, Dios es Amor. Instrucción Pastoral en los umbrales del Tercer Milenio, (27 de noviembre de 1998)




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