El anciano enfermo. Atiéndele con cariño

El anciano enfermo. Atiéndele con cariño

Día del enfermo 1997

El Día del Enfermo del presente año nos invita a centrar la atención en los ancianos enfermos. Con este mensaje, los miembros de la Comisión Episcopal de Pastoral deseamos, en primer lugar, saludar y expresar nuestra solidaridad a cuantos están viviendo, en la enfermedad, el último trecho de su vida. Al mismo tiempo, nos proponemos contribuir a que, una vez más, la campaña y la jornada de este año logren sus objetivos.

El anciano enfermo en la sociedad

Es evidente que la sociedad española está envejeciendo de forma llamativa. La prolongación de la esperanza media de vida no siempre va acompañada de una adecuada calidad de vida. Con el paso de los años, el anciano se hace más vulnerable, se ve afectado por diferentes enfermedades, algunas específicas o inexistentes en otros tiempos, y en muchos casos crónicas e invalidantes.

Muchos están solos, o se sienten abandonados; viven en situaciones de alto riesgo y de precariedad económica y social; son discriminados, por razón de la edad, en la distribución de los recursos terapéuticos y asistenciales, y, en ciertos casos, son objeto de malos tratos, sobre todo psicológicos.

Por su parte, la cultura actual no favorece una justa valoración del anciano y menos aún cuando está enfermo. Él es memoria de la precariedad y de la provisionalidad de la existencia, símbolo del pasado que ya no cuenta, improductivo en el presente, y viajero próximo de un futuro que no se valora, se teme o no se cree.

El Día del Enfermo nos brinda también la posibilidad de reconocer y agradecer con satisfacción los progresos de la medicina en la atención al anciano enfermo, los esfuerzos por mejorar su situación dentro de la sociedad, y la generosa labor que tantos profesionales e instituciones geriátricas, especialmente las de la Iglesia, realizan a diario en favor de ellos.

En este coro de solidaridad ocupa un lugar preferente la familia. En no pocos casos es ella quien, con gran esfuerzo, ofrece al anciano enfermo, además de los cuidados elementales, un espacio de afecto y de dignidad que le evita el desarraigo de la institucionalización. Sobre ella pesan, a veces de forma insostenible, la falta de instituciones, la imposibilidad de una adecuada atención en el propio domicilio y la marginación ambiental. En otros casos, lamentablemente, la misma familia se desentiende afectiva y efectivamente del anciano enfermo.

Un tiempo propicio

Hoy, más que nunca, es precisoacudir a la Palabra de Dios y al mensaje y la praxis de Jesús para devolver al anciano enfermo, el lugar que le corresponde dentro de la sociedad y de la comunidad cristiana.

A esa luz, el último tramo de la existencia, marcado por la enfermedad y por las disminuciones propias de la edad, se nos ofrece como un momento propicio, cargado de oportunidades.

  • Ante todo, para celebrar el don de la vida, aliento de Dios, mantenida por su bondad a lo largo de los años. El anciano enfermo es, especialmente para la comunidad cristiana, memoria de Aquel «en quien vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17,28) y con cuyo aliento respiramos (Sal 103, 29); y, al mismo tiempo, nos recuerda la fragilidad de la vida, siempre preciosa e insegura, irremediablemente abocada a la muerte.
     
  • Para reconocer la dignidad de todo hombre. El anciano enfermo se encuentra entre los «hermanos más pequeños» (Mt 25, 40) con quienes se identifica el mismo Cristo. Hoy, más que en los tiempos de Jesús, él es símbolo de quien está desprovisto o ha sido despojado de todo: salud, reconocimiento social, relaciones significativas, derechos. Su dignidad, como la de todo hombre, no está en lo que tiene sino en lo que es.
     
  • Para la plenitud. Cuando el tiempo de la partida es inminente (2Tim 4,6), y, aparentemente, no resta si no aguardar la muerte, el anciano enfermo es la figura de una plenitud que ni siquiera el deterioro progresivo anula. «No habrá jamás… viejo que no llene sus días» (Is 65, 20). El final de la vida puede estar lleno de recuerdos y de nostalgias, y también de agradecimiento; de experiencias y de sabiduría, de desasosiego y de serena confianza; de soledad sufrida, por impuesta, y de soledad fecunda. Es el tiempo de volver a Dios con amor, con las manos abiertas y el corazón agradecido.
     
  • Para humanizar la sociedad. Es proverbial el respeto y la veneración con que el anciano es contemplado en la Biblia. Sin esconder el lado amargo del envejecimiento, la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir al anciano enfermo como «maestro de vida», como oportunidad para captar la verdad más profunda de nuestra condición humana, como memoria de la his-toria y de nuestras raíces más hondas, como testigo de la esperanza. Desde su vulnerabilidad mueve a la sociedad a sacar lo mejor de sí misma: su solidaridad, su sensibilidad hacia lo débil, su capacidad de comprensión, el realismo.

«Tenéis una misión que cumplir» (CL 48)

El Día del Enfermo invita de forma especial a la comunidad cristiana a hacer memoria de la atención que la Iglesia ha prestado a sus ancianos enfermos a lo largo de los siglos, y, al mismo tiempo, a renovar su acción en favor de ellos.

Las instituciones geriátricas de la Iglesia, los religiosos y religiosas que trabajan en ellas, los profesionales sanitarios cristianos, las asociaciones de voluntarios y la comunidad cristiana en general constituyen dentro de la sociedad española el recurso más valioso al servicio de la ancianidad. Además de dar continuidad a la secular acción de la Iglesia, están empeñados en una profunda renovación de la misma.

Es una acción que reconoce ante todo la dignidad sagrada del anciano enfermo y de su vida. Por tanto, lejos de cualquier forma de asistencialismo y paternalismo, lo considera «sujeto activo» (CL 54) y no simple objeto de cuidados, lo trata como miembro de la comunidad, lo hace partícipe de su vida y le anuncia el Evangelio de la salvación, del que también él es testigo y anunciador.

Al mismo tiempo, quienes sirven al anciano e
nfermo, con su testimonio promueven una nueva sensibilidad social y cultural más respetuosa hacia su vida y sus derechos, contrarrestan la cultura de muerte favorable a la eutanasia, reclaman una distribución más justa de los recursos asistenciales y sanitarios, y favorecen una mejor integración del anciano dentro de la sociedad y de la familia.

Un camino a recorrer

El Día del Enfermo, junto con la campaña que lo precede y acompaña, contribuirá ciertamente a descubrir un poco más el mundo del anciano enfermo y los graves problemas de todo tipo que plantea a la sociedad y a la Iglesia. Éste es uno de sus objetivos. En esa dirección quisiéramos señalar algunas tareas. ¿Qué puede hacer hoy la comunidad cristiana y quienes trabajan en su nombre?

  • Ante todo hemos de acercarnos al anciano enfermo para conocer su realidad, sus vivencias y necesidades.
     
  • Podemos también contribuir a crear una cultura y un ambiente más favorables al anciano y al anciano enfermo, purificando nuestro lenguaje a menudo discriminatorio y peyorativo; aprendiendo a valorar la ancianidad por sí misma y ratificando el valor de la vida hasta su fin natural.
     
  • Hemos de apreciar y agradecer su aportación a la construcción de la sociedad, sus esfuerzos y sufrimientos y evitar cuanto pueda contribuir a que se sientan «inútiles» y condenados a la «dura soledad» (Familiaris consortio, 77).
     
  • Hemos de informarnos acerca de su situación personal y familiar, para que ninguno se sienta discriminado o sea desatendido.
     
  • Debemos facilitarles la atención religiosa. Si son creyentes cristianos, tenemos que favorecer su participación en la vida litúrgica y sacramental de la comunidad, e integrarles, en cuanto sea posible, en la vida activa, apostólica de la parroquia.
     
  • Podemos y debemos también ofrecerles la posibilidad de seguir formándose en la fe, ayudarles a vivir su situación de enfermedad con espíritu cristiano y con esperanza, y acompañarles humana y pastoralmente en sus últimos momentos.
     
  • Hemos de promover y formar adecuadamente el voluntariado de visitadores y agentes de pastoral a domicilio y en instituciones, y, al mismo tiempo, hacer todo lo posible para que en las parroquias se dé vida a una pastoral específica para ellos.
     
  • Por su parte, las instituciones geriátricas de la Iglesia han de procurar, incluso cuando los recursos materiales son escasos, ser modelo de atención integral, promover la participación activa del anciano en la vida de la institución, y proporcionarle calor humano y un clima familiar.
     
  • Las mismas instituciones deberán de ser centros de irradiación de una nueva cultura y sensibilidad en favor del anciano enfermo y, en lo posible, situarse a la vanguardia de la profesionalidad y de la humanización, promoviendo iniciativas significativas desde el punto de vista pastoral, ético, geriátrico y asistencial.
     
  • Finalmente, podemos y debemos apoyar a la familia del anciano enfermo, con diferentes formas individuales y comunitarias de soporte, de asesoramiento y de información.

«Habéis saboreado lo bueno que es el Señor» (1Pe 2, 3)

La etapa final de la vida, a causa de la enfermedad y de otros deterioros y disminuciones, va siempre acompañada de sufrimientos y de soledad. Al concluir, pues, este mensaje quisiéramos recordar a todos algo muy elemental: el anciano necesita sobre todo cariño.

Quiera el Señor que el Día del Enfermo nos ayude a hacernos instrumentos adecuados de la ternura de Dios revelada de forma culminante en Cristo, el Buen Samaritano, en cuyos gestos hemos de inspirarnos siempre, y de cuyos sentimientos hemos de revestirnos.

Que María, tierna y comprensiva por ser mujer y madre, sea aliento y esperanza para cuantos están viviendo el doloroso atardecer de su vida, a fin de que, al concluir, puedan confesar: «He saboreado lo bueno que es el Señor» (1Pe 2, 3; Sal 34, 9), y, al despertar en Dios, «saciarse de su figura» (Sal 17, 15).

Los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral:

Gabino Díaz Merchán, presidente de la Comisión, arzobispo de Oviedo
Javier Osés Flamarique, obispo de Huesca
José Vilaplana, obispo de Santander
Javier Salinas Viñals, obispo de Tortosa
Jesús Murgui, obispo auxiliar de Valencia
Juan José Omella Omella, obispo auxiliar de Zaragoza