El Cardenal Rouco, el Nuncio Monteiro y el Obispo Asenjo condecorados con la Gran Cruz de Isabel la Católica

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El Cardenal Rouco, el Nuncio Monteiro y el Obispo Asenjo condecorados con la Gran Cruz de Isabel la Católica

El miércoles 12 de octubre, en el Salón de Tapices del Edificio Consejo de Ministros del Palacio de la Moncloa tenía lugar la entrega de la Gran Cruz de Isabel la Católica al Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Nuncio Apostólico en España, Mons. D.  Manuel Monteiro de Castro, y al Obispo de Córdoba, Mons. D. Juan José Asenjo Pelegrina.

Programa del acto

19.30 h.

Lectura del Decreto de concesión de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica a Mons. D.  Juan José Asenjo Pelegrina, Obispo de Córdoba.Imposición de la distinción por parte del Ministro de Justicia, D. José María Michavila.

Lectura del Decreto de concesión de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica a Mons. D. Manuel Monteiro de Castro, Nuncio Apostólico de Su Santidad.Imposición de la distinción por parte del Vicepresidente Segundo del Gobierno, D. Javier Arenas.

Lectura del Decreto de concesión de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica al Cardenal  Antonio María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid.Imposición de la distinción por parte del Presidente del Gobierno.

19.45 h.

Palabras de agradecimiento del Cardenal Antonio María Rouco, Arzobispo de Madrid.

19.55 h.

Intervención del Presidente del Gobierno

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PALABRAS DE GRATITUD DEL CARDENAL-ARZOBISPO DE MADRID, MONS. ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA

Excelentísimo Señor Presidente del Gobierno, condecoracionesExcelencias, Señoras y Señores:

Permítaseme, en nombre del Sr. Nuncio Apostólico, del Sr. Obispo de Córdoba y en el mío propio, unas palabras de sentida gratitud a Su Majestad el Rey que a propuesta del Consejo de Ministros se ha dignado concedernos la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica; esa alta distinción del Estado Español vinculada a la persona de una Reina excelsa que ha marcado la historia y el alma de España hasta nuestros días con un sello indeleble, no sólo político y cultural, sino además profundamente espiritual.

El motivo de la distinción tiene que ver principalmente con la reciente Visita Apostólica de Su Santidad Juan Pablo II a nuestra patria llevada a cabo en el espléndido escenario de la ciudad de Madrid. El acontecimiento resultó excepcionalmente gozoso para la Iglesia y los católicos de España y también, sin duda alguna, para toda la sociedad española. El Papa vino ciertamente, en primer y específico lugar, a animar a los hijos de la Iglesia a ser testigos, vivos y valientes, del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo en el que han creído sus antepasados con una fiel unanimidad y un fervor singulares, sin muchos parangones en la historia del cristianismo; desde los albores mismos de la Hispania romana hasta la España actual. Pero alentándoles a la vez a que lo formulasen y practicasen en la vida diaria como fuente de esperanza para todos sus conciudadanos.

En la vigilia mariana de “Cuatro Vientos”, en el suave y primaveral anochecer del 3 de mayo, resonó la invitación del Papa dirigida a los jóvenes de esta España de hoy, la del desarrollo tecnológico y del gran progreso científico y cultural, como un vibrante reto a ser protagonistas de ese renovado anuncio del Evangelio de la esperanza. Los jóvenes supieron comprenderlo y asumirlo inmediatamente con un sí emocionado y comprometido con todas sus consecuencias: las que se derivaban para su propia vocación cristiana dentro de la Iglesia y de su realización en la sociedad y en el mundo. Desde la entraña misma de ese testimonio cristiano les descubrió la necesidad de que fuesen “operadores y artífices de paz”, el imperativo urgente de responder “a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor”, de mantenerse “lejos de todo nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia”, de testimoniar con su vida “que las ideas no se imponen, sino que se proponen”, de “irradiar, en una palabra, la fraternidad evangélica” y, ser así, “constructores de un mundo mejor”. Luego, en la radiante mañana del cuatro de mayo -¡un domingo pascual!-, Juan Pablo II canonizaría a cinco santos españoles del siglo XX colocándolos ante nuestros ojos como intercesores y modelos de auténtica y renovada humanidad. La que es necesario ir tejiendo en nuestra España y en el conjunto de la nueva realidad de una Europa que camina imparablemente hacia su unidad, cotidianamente, con fe, amor y esperanza, si queremos despejar entre nosotros y más allá de nuestras fronteras el futuro del hombre y de su dignidad personal inviolable en el siglo y milenio que acaba de comenzar.

Frescas todavía las celebraciones del XXV Aniversario de su elección como Sucesor de San Pedro y Pastor de la Iglesia Universal, los que hemos sido tan generosamente honrados por Su Majestad el Rey y el Gobierno de España quisiéramos rendir al Santo Padre en este acto, un homenaje filial de gratitud por su reciente Visita Apostólica y por la constante y cercana dedicación dispensada a la Iglesia en España y a España misma desde el comienzo de su Pontificado; prueba inequívoca de una estima y afecto hacia nuestra patria, poco comunes.

En la preparación y en el buen y feliz desarrollo de la visita de mayo del Santo Padre a Madrid han intervenido con generosidad extraordinaria muchas personas y no pocas instituciones y entidades de la vida pública y de la sociedad y, no en último lugar, las Administraciones central, autonómica y municipal de Madrid, amén del Ejercito del Aire y de AENA. La ayuda de nuestros más estrechos colaboradores, de miles y miles de voluntarios de todas las edades y la callada, oculta, pero eficacísima, de las religiosas de vida contemplativa y de otras muchas personas, con la oración y oblación incondicional de sus vidas al Señor, ha sido y es impagable. El valor de su cooperación se calcula con medidas que trascienden lo meramente humano.

Nuestros méritos, en la forma que tuvo lugar ese gozoso acontecimiento de gracia y de paz que fue la Visita Apostólica de Juan Pablo II para todos los españoles, si algunos nos corresponden, son los suyos.

¡Quiera Dios seguir bendiciendo a España, a sus Majestades los Reyes, al Gobierno y a todo el pueblo con la abundancia con la que la hemos experimentado, muy cerca del Papa, aquellos dos día inolvidables del último mayo!

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DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, DON JOSÉ MARÍA AZNAR

Eminentísimo señor Cardenal Arzobispo de Madrid, Excelentísimo señor Nuncio Apostólico, Excelentísimo señor Obispo de Córdoba, autoridades, señoras y señores,

Permítanme que, en primer lugar, exprese mi satisfacción por este acto de imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica; una condecoración que expresa el agradecimiento a tres personalidades de la Iglesia española que han sabido trabajar en todo momento aunando su misión pastoral y un profundo sentido de servicio al pueblo espa
ñol.

Este doble empeño tuvo una plasmación muy clara en la visita de Su Santidad el Papa Juan Pablo II cuando la realizó a España a principios del pasado mes de mayo, la quinta de su pontificado a nuestro país. La dedicación y el acierto del Cardenal Rouco, de Monseñor Monteiro y de Monseñor Asenjo, junto con el trabajo, como acaba de recordar el propio Cardenal Rouco, de miles de personas que colaboraron en el éxito del viaje, hicieron posible que los españoles pudieran contar nuevamente con la presencia y con la palabra de Su Santidad. Ello fue posible en un clima de serenidad especialmente provechoso para el momento concreto en el que se produjo la visita.

A nadie se le escapó el esfuerzo que para el Santo Padre significaron sus jornadas en España, pero pienso que tampoco a nadie se le puede escapar el sincero afecto con el que un número muy considerable de españoles siguió su visita. Es una manifestación del reconocimiento, más allá del mundo católico, a un Pontificado lleno de coherencia, de valentía y de compromiso con los valores cristianos, y caracterizado por una intensa labor apostólica y pastoral. Y es también una muestra de gratitud por el profundo cariño que Juan Pablo II ha demostrado siempre por España.

En el Papa se reconoce a un defensor de la dignidad y de los derechos humanos, se reconoce a un valedor constante de la libertad y de la vida frente a toda agresión, y, en particular, frente a la violencia terrorista. Nunca podremos agradecer bastante a Su Santidad sus reiteradas condenas del terrorismo. Sus palabras de repulsa son un testimonio que conforta a las víctimas, pero también han proporcionado a la sociedad española un inestimable criterio de distinción moral que impide ningún tipo de justificación o disculpa para el crimen y para quienes contribuyen a él.

Señoras y señores, Hoy reconocemos sus méritos a tres personalidades que han contribuido mucho a proclamar estos valores. Son, al mismo tiempo, tres representantes del máximo nivel en la Iglesia Católica hoy en España. Ello me conduce a introducir una muy breve consideración sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Están a punto de cumplirse veinticinco años desde que nuestra Constitución proclamara los principios de libertad de culto y de separación entre la Iglesia y el Estado, y, simultáneamente también, reconociera las creencias religiosas de la sociedad española, ordenando a los poderes públicos que mantuvieran las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica. Transcurrido este período, yo creo que podemos decir lo mejor que podíamos decir: que las relaciones entre la Iglesia Católica y el Gobierno de España son unas relaciones profundamente normales. Cada uno ocupa el terreno que le es propio y no hay miradas de recelo, ni de distanciamiento, ni tampoco confusión o sometimiento, sino la normalidad de unas relaciones cordiales y provechosas.

Como ustedes saben, concluirá pronto mi mandato como Presidente del Gobierno y creo haber contribuido a esa normalidad. Creo que hay menos terrenos de controversia que los que existían hace ocho años, y yo con eso, y muy especialmente en este acto, me siento satisfecho.Muchas gracias a todos y enhorabuena una vez más.