El Código da Vinci. Juagando a ser polémicos.

El Código da Vinci. Juagando a ser polémicos.

Reportaje de Eva Latonda y Juan Pablo Serra, aparecido en el número de Marzo de 2006 de PANTALLA 90, revista de Cine de la Conferencia Episcopal Española. Para solicitar información de Pantalla 90, llame al 91 343 96 72.

En unos meses, llegará a nuestras pantallas la versión cinematográfica de El código Da Vinci, el famoso best-seller de Dan Brown adaptado por Akiva Goldsmith, dirigido por Ron Howard y protagonizado por Tom Hanks y Audrey Tatou. El semanario estadounidense Newsweek cree que será el acontecimiento del año y los promotores confían en que su argumento, de fuerte contenido anti-católico, cause una polémica parecida (aunque de signo contrario, claro está) al revuelo que levantó hace dos años Mel Gibson con La Pasión de Cristo que, al final, entre tanto grito y acusación acabó haciendo una formidable taquilla.

Si no puedes ser famoso, sé escandaloso». Esta frase promocional de Chicago (Rob Marshall, 2002) debió inspirar al novelista Dan Brown cuando escribió El código Da Vinci (2003). Lo cierto es que, anterior a esta, Brown había escrito varias novelas, todas igual de chapuceras y sin éxito. Lo que le hizo saltar a primera plana fue una promoción masiva de El Código, un relato de intriga y conspiraciones de muy fácil consumo que rápidamente caló en amplios sectores de población dispuestos a aceptar ciegamente cualquier propuesta que ataque a la Iglesia católica. Ningún crítico literario ha conseguido destacar una sola virtud en el libro, pero el boca a oreja y la sensación de estar frente a un «fenómeno» llevaron a muchas personas -en principio, indiferentes hacia la Iglesia e incluso numerosos creyentes- a interesarse por el libro de Brown.

EL PROBLEMA DE LA HISTORIA

Tanto es así, que aún a día de hoy, El código da Vinci sigue cosechando buenas ventas y ha generado un aluvión de libros basados en presuntas «conspiraciones vaticanas», con argumentos que falsean la historia, invenciones medievales, etc… Aunque también, y es bueno decirlo, ha propiciado un interés general por conocer la historia real de los templarios, merovingios, Cristo, los primeros cristianos, papas y concilios. Si, es verdad que la campaña comercial del libro fue descomunal y las ventas millonarias. Sí, es verdad que existen cientos de webs dedicadas a propagar el «secreto» de la novela y hasta rutas turísticas basadas en la novela. Que El código Da Vinci ha sido un fenómeno mediático y polémico no tiene discusión pero ¿por qué ha pasado todo esto? La respuesta, ni más ni menos, está al principio del libro, en la página de información titulada los hechos -presente en las primeras ediciones, eliminada después- en la que Brown tranquilamente afirma que «todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces» y que, además, se fundamentan especialmente en el descubrimiento, en 1975, de una serie de pergaminos en la Biblioteca de París que documentarían la historia del Priorato de Sión.

En principio, el lector asume que no le mienten y como, además, el libro mezcla algunos hechos reales con datos inventados o falsos, al final, la sensación que queda es la de estar aprendiendo una lección de historia, de la «verdadera» historia del mundo que algunos han querido ocultar. Bien, no habría problema si la novela fuera sólo ficción. El problema es que esa hoja de información histórica lo desmiente y que el propio Brown se presentó ante la prensa internacional como un investigador meticuloso…

… Lo cual no deja de desconcertar a cualquier persona relativamente cultivada. La novela acumula tal cantidad de disparates que hasta resulta cansino enumerarlos: Cristo no es Dios sino un profeta mortal… se casó con Magdalena y tuvo hijos… el emperador Constantino re-escribió la historia del Cristianismo para unificar el Imperio romano… los descendientes de Cristo fueron perseguidos y asesinados… los que sobrevivieron fundaron el priorato de Sión… la Iglesia es asesina y anti-feminista… en la actualidad, el Opus Dei se encarga de conspirar contra un Papa progresista…

No sólo hay invenciones relacionadas con la Iglesia, sino también de orden matemático, astrológico, antropológico, geográfico, artístico, histórico… Son tantos los errores y equivocaciones que Brown pretende hacer colar como verdades científicas y contrastadas que no cabe otra cosa más que pensar en mala fe o, como mínimo, en un uso deficiente de la razón. Cuando el libro pretende «destapar» la historia encubierta y protegida a muerte por la Iglesia, en realidad sólo «destapa» viejas leyendas negras y tópicos mil veces repetidos (y mil veces rebatidos, por cierto). Cuando dice basarse en investigaciones novedosas, en realidad se refiere a ocultismo y libros esotéricos (El enigma sagrado, de Baigent, Leigh y Lincoln) y documentos falseados (los pergaminos de 1975, falsificados y colocados después en la Biblioteca de París por un grupo de esoteristas, como consta en archivos judiciales).

En realidad, lo más irritante para cualquier lector de El Código, es que Brown -queriendo o sin querer, tanto da- problematiza algo tan fundamental para la comunidad humana como es la historia, que descansa en la fiabilidad que damos a los testimonios y documentos históricos y en la confianza que depositamos en aquellas personas e instituciones que nos los dan a conocer. La filosofía de la sospecha y de la duda que respira la novela de Brown es, además de perniciosa, profundamente anticientífica -al no admitir que el argumento de la novela pueda ser, a su vez, falsable-.

Y lo más triste de todo es que, con esa arrogante actitud escéptica e ilustrada (un tanto anticuada a estas alturas), a cambio la novela ofrece poco, muy poco: a saber, la conmoción de «sentirse confirmado en la cómoda pseudo-certeza gnóstica de que realmente no hay nada sobrenatural ni trascendente (…) que no hay nada (…) más allá de lo ‘políticamente correcto’, que es lo que podemos manejar y controlar con seguridad y certeza», tal como escribía en 2004 el catedrático Juan José García Noblejas. En definitiva, un espíritu post-moderno que niega que el hombre sea capaz de verdad, que por tanto puede hacer afirmaciones sin fundamento y que prefiere contentarse con un sucedáneo de realidad adaptada y/o ideologizada a gusto del consumidor.

UNA NOVELA FRÍVOLA

A estas alturas, pocos ignorar
án el argumento del libro, pero por si acaso ahí va un breve resumen. La historia comienza con el asesinato de un conservador de arte del Museo del Louvre. La pareja protagonista -un americano inteligentísimo y una frágil y dulce francesita- van descubriendo la pistas del «gran secreto» que esconde esta muerte, a pesar de los esfuerzos de la malvada Iglesia Católica -y dentro de ella un monje (¿?) numerario y asesino del Opus Dei- por ocultarlo. El descubrimiento final es que la Iglesia lleva mintiendo miles de años, que Cristo se casó con María Magdalena y que la francesita es uno de sus descendientes, emparentada a su vez, ni más ni menos que con los merovingios.

Con ello Brown pretende convencernos de que toda la historia del cristianismo no es más que una falacia inventada por Pedro (San), que estaba enamorado de la Magdalena y que por celos hacia Jesús y por odio a las mujeres eliminó lo femenino del mensaje de Cristo. Pero el autor no se queda ahí y continua afirmando que Cristo no es Dios, si no que fue proclamado «dios» por votación en el Concilio de Nicea.

Para que el lector se haga una idea, la fuente de información sobre el Opus Dei que Brown aduce, son conversaciones con dos miembros de la Obra y con otros dos que la abandonaron. Sin embargo dicha institución de la Iglesia Católica, desmiente que ni Brown, ni nadie cercano a él, se haya puesto en contacto con ninguno de sus miembros. Ante tan «rigurosa» documentación, toda la información fidedigna y de primera mano, a la que cualquiera podría acceder, parece no contar para nada. Poco importa para el autor la tradición de la Iglesia, ni el irrefutable testimonio de su permanencia, ni la historicidad de las Sagradas Escrituras (un libro auténtico, veraz e íntegro cuya evidencia textual ha sido largamente comprobada), ni los tratados teológicos de siglos y siglos, así como la experiencia vital de multitud de católicos a lo largo de la historia.

Al final, lo más ofensivo -ya no sólo para el cristiano sino para cualquier persona de buena fe- es la inconsistencia de la novela y sus propuestas. Sin olvidar la frivolidad con la que juega con la vida de Jesucristo, cuyo atractivo personal y misteriosa divinidad es lo que motiva y seguirá motivando, el interés de tantas personas por conocerle. Si Jesús era tan sólo un profeta común y corriente, lo que requiere un gran acto de fe irracional es creerse que tantas personas a lo largo de tantos siglos le hayan seguido.

Y SI HABLAMOS DE LA PELÍCULA

Un fenómeno así era carne de cañón para que en Hollywood se frotaran las manos, pensando en llevar este best-seller a la gran pantalla. En un primer momento, la productora Sony-Columbia se planteó rebajar el contenido anticatólico del argumento y contactó con diversas organizaciones y personalidades del entorno cristiano, como Amy Welborn, autora del excelente ensayo Descodificando a Da Vinci, que sugirió algo tan de sentido común como suavizar las afirmaciones de hechos que hacen los personajes de Brown haciéndolas más teóricas. Al final, los productores optaron por satisfacer no al público en general -que incluiría a los católicos- sino a los lectores devotos de la novela y, por lo que se sabe, han mantenido el argumento intacto.

Es una pena que un director como Ron Howard, realizador de películas tan notables como Una mente prodigiosa y Apolo XIII, y un famoso actor como Tom Hanks, se hayan metido en este bodrio, cuyo rodaje no estuvo exento de complicaciones. Como por ejemplo, cuando la Abadía de Westminster les negó rodar allí por considerar el guión, como «teológicamente ridículo». Con la polémica religiosa que posiblemente suscite, Sony-Columbia espera recaudar cifras astronómicas, presentándola simplemente como un film de intriga, lo que se deduce en el marketing previsto, que obvia toda referencia al sectarismo dogmático y anti-católico de la novela.



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