El cuidado pastoral de los migrantes y refugiados en Europa: una propuesta de comunión

El cuidado pastoral de los migrantes y refugiados en Europa: una propuesta de comunión

Los obispos y delegados responsables de los migrantes de las Conferencias Episcopales de Europa han mantenido un encuentro en Malta, del 2 al 4 de diciembre de 2013, sobre el cuidado pastoral de los migrantes y refugiados en Europa: una propuesta de comunión.

En este encuentro ha ofrecido una ponencia el presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones de la CEE y obispo de Albacete, Mons. Ciriaco Benavente, que reproducimos a continuación. También se incluye la ponencia introductoria, las conclusiones y una crónica del encuentro.

«Cooperación  entre las Iglesias  para el cuidado  de los emigrantes  y refugiados»
Mons.  D. Ciriaco Benavente Mateos, o
bispo de Albacete
Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones 

“La Iglesia no ha llegado a ser universal y multicultural en el curso de su historia, lo es por  su origen de comunidad de creyentes abierta al mundo entero. La Buena nueva se dirige a toda la creación, no está restringida a un grupo cultural o ciertas razas. Nunca es una Iglesia nacional, siempre es  universal…. Tenemos que estar siempre listos para rechazar la tentación de Babel, para poder buscar los caminos que nos permitan vivir Pentecostés. La unidad que buscamos no es  la de la uniformidad. Nos inspiramos en la unidad del Dios trino,  a la vez uno y distinto, religado esencialmente por el amor (Kurt Koch, obispo de Bâles)
1.- Introducción
Probablemente en todas nuestras  Conferencias Episcopales hemos tratado  reiteradamente el tema de la cooperación entre Iglesias. Tengo delante  un texto   de la Conferencia Episcopal Española, de  3 de marzo de 2011, cuyo título  coincide  casi literalmente  con el que me ha sido asignado para esta intervención. Bastaría con cambiar lo de  cooperación “misionera” por cooperación  “para el cuidado  de los emigrantes y refugiados”. Todo lo que se ha dicho sobre cooperación,   referido a la missio ad gentes ,  es válido también en el campo de las migraciones.  La experiencia de la misión ad gentes   puede ser paradigmática tanto en lo referente a la cooperación entre Iglesias  como  en el trabajo evangelizador. Las gentes no sólo están allende los mares; muchos viene viven  ya aquí, entre nosotros, son inmigrantes .
En numerosos documentos  se nos exhorta a los obispos a esta cooperación. El Pontificio Consejo nos señala posibilidades diversas, desde  la “Exul Familia” hasta “Erga  migrantes caritas Christi”.
Me propongo tres pasos : primero,  recordar alguno textos significativos del Magisterio  en que se nos exhorta  a la cooperación. La rememoración intensifica las convicciones y ablanda las resistencias que en nosotros pudieran existir.  Son tantos los campos que reclaman  nuestra solicitud pastoral que, sin darnos cuenta, los límites de nuestro horizonte pueden acabar coincidiendo con los de la Diócesis. En segundo lugar recordaré algunas experiencias de colaboración  ya realizadas. Finalmente  apuntaré algunas otras posibles  pistas de colaboración.
Nuestra iglesia ha recibido la gracia y, por tanto, la gozosa obligación de ser signo de comunión y colaboración en medio de un mundo globalizado, pero con fuertes divisiones   y con intereses nacionalistas fuertes: ”La sociedad  cada vez  más  globalizada nos hace  más cercanos, pero no más hermanos”(Caritas inveritate,19)
La globalización,  con el creciente fenómeno de la movilidad y la imposibilidad de responder individualmente a los desafíos, reclaman intensificar en cantidad y en calidad la colaboración entre Iglesias. La Iglesia no tiene fronteras. La llamada a la colaboración resuena, pues, con especial fuerza hoy.
2.- La cooperación  en el Magisterio  de la Iglesia
En la  carta  apostólica “Novo Millenio Ineunte” de le Beato Juan Pablo II, que trazaba los rasgos   del   programa pastoral para el nuevo milenio,   leemos:   «Otro aspecto importante, en que será necesario poner un decidido empeño programático en el ámbito tanto de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía) que encarna y manifiesta la esencia misma de la Iglesia. La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rom 5, 5), para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch. 4, 32). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como «sacramento», o sea, «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano».
Con estas palabras el Beato  Juan Pablo II  no sólo recogía y sintetizaba  la doctrina  del Vaticano II sobre la Iglesia como comunión, sino que le hacía  dar un paso adelante:  «La comunión encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia», dice el Papa.  La Iglesia es, pues, comunión. La comunión tiene su expresión en la cooperación.
El texto citado señala la fuente de que mana esta corriente de comunión y la consiguiente exigencia de colaboración: De “aquel amor  que, surgiendo del corazón  del eterno Padre, se derrama  en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da”. La cooperación  no  es demandada, pues, sólo por exigencias   sociológicas o de eficacia. Está en juego el ser y la identidad de la Iglesia.
La Exhortación postsinodal “Ecclesia in Europa” se expresaba con idéntico sentido, refiriéndose, en este caso,  a las Iglesias de Europa:  “La fuerza del anuncio del Evangelio    de la esperanza  será más eficaz si se une  al testimonio de una profunda unidad  y comunión  en la Iglesia. Las Iglesias particulares  no pueden estar  solas  a la hora   de afrontar   el reto que   se les presenta. Se necesita una auténtica  colaboración  entre  todas las  Iglesias particulares  del Continente, que sea expresión  de su comunión esencial; colaboración   exigida también por la nueva realidad europea. En este contexto  se debe situar  la contribución     de los organismos  eclesiales  continentales, comenzando por el Consejo  de las Conferencias  Episcopales  Europeas. Este es un instrumento  eficaz  para buscar juntos  vías idóneas  para evangelizar Europa (cf. Discurso  a los Presidentes  de las Conferencias  Episcopales  Europeas , 16 de abril 1993)  . Mediante el “intercambio de dones”  entre las diversas Iglesias  particulares , se ponen en común  las experiencias y las reflexiones de Europa del Oeste y del Este , del Norte y del Sur , compartiendo  orientaciones pastorales  comunes; por tanto, representa cada vez más  una  expresión  significativa  del sentimiento  colegial entre los Obispos del Continente, para anunciar juntos, con audacia y fidelidad, el nombre de Jesucristo, única fuente de esperanza para todos en Europa.(Juan Pablo II , Exhortación postsinodal “Ecclesia in Europa”, 28 junio 2003, n. 53)
En el mensaje para la Jornada de las migraciones del próximo 2014, el Papa Francisco   apela a la cooperación internacional y a la colaboración  entre países  para afrontar el fenómeno de las migraciones: “La realidad de las migraciones, con las dimensiones que alcanza en nuestra época de globalización, pide ser afrontada y gestionada de un modo nuevo, equitativo y eficaz, que exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión (… ) El Papa Benedicto XVI trazó las coordenadas afirmando que: «Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino» (Cart. enc. Caritas in veritate, 19 junio 2009, 62). Trabajar juntos por un mundo mejor exige la ayuda recíproca entre los países, con disponibilidad y confianza, sin levantar barreras infranqueables. Una buena sinergia animará a los gobernantes a afrontar los desequilibrios socioeconómicos y la globalización sin reglas, que están entre las causas de las migraciones, en las que las personas no son tanto protagonistas como víctimas. Ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno…”  ( Mensaje del Papa Francisco para la Jornada de Migraciones 2014)
Si ningún país puede afrontar por sí solo  las dificultades  inherentes a este fenómeno, parece que tampoco lo puede afrontar  cada Iglesia por si sola.  Nuestra colaboración  puede ser  un signo elocuente, que  señale el camino  a  los  diversos países. Parece coherente que lo que  pedimos  a los gobernantes,  empecemos  por exigírnoslo  a nosotros mismos.
Promover la  cooperación  es, por otra parte, como ya se ha insinuado,   una especial obligación  de los Obispos ”Toda acción  del Obispo realizada en el ejercicio del propio ministerio pastoral es  siempre  una acción realizada en el Colegio  ..Cada Obispo es  simultáneamente responsable, aunque de modos diversos, de la  Iglesia particular, de las Iglesias hermanas  más cercanas y de la Iglesia universal”  (Juan Pablo II, Exhortación postsinodal Pastores Gregis,  octubre 2003, n. 59)
Nuestra estrategia de colaboración  no se basa   en el modelo     de los Estados, para los cuales  quien tiene recursos  tiene el mando  en la negociación. El estilo de nuestra  cooperación  está formulado lapidariamente en Redemptoris Missio (cf. n. 18):   “Cooperar  quiere decir  no sólo dar, sino también recibir”.  Este principio había sido desarrollado en el año 1982 por el Papa con motivo   del 25 aniversario  de la “Fidei Donum”. Tenía muy presente  el Papa a las nuevas Iglesias:  “Aparece  así   el concepto  muevo de cooperación  entendida , no ya  en “un sentido único”  como ayuda  dada  por las Iglesias   de antigua  fundación a las Iglesias  más jóvenes, sino  como intercambio recíproco y fecundo de  energías  y de bienes, en al ámbito   de una comunión  fraternal  de Iglesias hermanas, superando el dualismo “Iglesias ricas”-“Iglesias pobres”, como si   hubiera  dos categorías  distintas: Iglesias que “dan” e Iglesias que “reciben” solamente. Existe en realidad  una verdadera  reciprocidad, pues la pobreza    de una Iglesia  que recibe ayuda,  hace más rica a la Iglesia     que se desprende  donando. La misión pasa  a ser, pues,   no sólo ayuda generosa   de Iglesias “ ricas” a Iglesias “pobres”, sino gracia para  cada Iglesia, condición de renovación , ley fundamental de vida “(cf.AG 37; Postquam apostoli,14-15)
3- Experiencias históricas de colaboración entre Iglesias
Es justo y es estimulante reconocer  que en el pasado ya fue una realidad espléndida la colaboración entre Iglesias.  Ahí está la realidad de las “misiones”.
Los flujos migratorios  provocaron que   no pocas Iglesias de origen  se hiciesen cargo  de sus emigrantes en los países de destino. Así sucedió  en los siglos XIX y XX  en los que encontramos  los grandes  ejemplos de santa Francisca Cabrini  y del beato Scalabrini .
España, mi país, y lo mismo se puede decir de otros como Italia, Portugal, Polonia … hemos  conocido  la  generosidad de muchos  sacerdotes que dejaron  sus casas  para seguir  y acompañar a los emigrantes en  diversos países  europeos. Y hemos  conocido asimismo la generosidad de las Iglesias  que los acogieron. Un buen número de estos sacerdotes siguen desarrollando  su misión todavía hoy, a la luz de la nueva evangelización. Como ejemplo significativo, todavía  se mantienen cerca de  cuarenta capellanías españolas en Alemania, que han contado siempre  no sólo con un generoso apoyo económico, sino también  con otros recursos  humanos y materiales al servicio de los inmigrantes. Yo mismo he constatado reiteradamente  cómo  todas las capellanías  españolas en Alemania  contaban  con    asistentes sociales  y, en algunos casos,  incluso con asistentes pastorales facilitados  y  sostenidos por la Iglesia alemana.  Hoy,  la mayoría de  las personas atendidas  en estas misiones son latinoamericanas.  Latinoamericanos son también,  en su mayoría,   quienes participan en las misiones españolas  en Francia, Suiza,  Bélgica, Holanda. Habrá que ampliar nuestra  cooperación a las Iglesias de procedencia  de  estos inmigrantes.
Más de medio millar de sacerdotes extranjeros, la mayoría hispanoamericanos, ejercen su labor pastoral en España o como responsables de parroquias o atendiendo a grupos de fieles de sus países de origen. Por el contrario, cerca de un millar de  sacerdotes españoles, sin contar los pertenecientes  a congregaciones religiosas,   han dejado España para trabajar en otros países, una tercera parte de ellos en países latinoamericanos bajo los auspicios de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana (OCSHA) o del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras. “La Iglesia es universal y funciona como un ‘todo’ unitario de apoyo y colaboración”. En los últimos cinco años, tras la llegada masiva de inmigrantes, ha aumentado también el número de sacerdotes extranjeros que llegan a España, acogidos por las diócesis. Por ejemplo, en las Islas Canarias hay una decena de sacerdotes católicos llegados de otros países como Guinea Ecuatorial, Polonia, Colombia e incluso Corea. En la diócesis de Zaragoza  hay  unos 40 sacerdotes extranjeros, la mayoría procedentes de América Latina, aunque hay también de Europa central y de Africa. En Madrid funcionan  siete capellanías internacionales (filipinos, polacos, rumanos (2), ucranianos, africanos y chinos). Cada una de ellas es atendida por un sacerdote de su mismo país, que habla su idioma, comprende,  apoya y ayuda en  sus problemas de adaptación. En Barcelona se han creado capellanías para atender a filipinos, polacos, chinos, guineanos y latinoamericanos; y en Mallorca, los católicos polacos, rumanos, chinos, alemanes y nigerianos también cuentan con su propia capellanía. Los países son cada vez más internacionales y eso se nota también en las iglesias.
Me refiero a España  porque es la  realidad que conozco. Pero estoy seguro de que lo que digo de España es aplicable a casi todos los países  centroeuropeos. Conocemos asimismo los numerosos proyectos  de evangelización y promoción social, sufragados por las Iglesia europeas en apoyo de nuestros misioneros en países  en vías de desarrollo.
Las migraciones, como toda realidad nueva,  genera problemas, pero  hay que seguir  considerándolas como una oportunidad de gracia. ¿Por qué no considerar el fenómeno migratorio de los pueblos como un camino hacia la fraternidad universal? La misma llegada de  cristianos con una religiosidad  viva puede representar una riqueza  capaz de interpelar  a nuestra indiferencia. Es verdad que la piedad popular de muchos inmigrantes necesita de profundización en la fe; pero la nueva evangelización  se alimenta también  de este  fecundo intercambio de tradiciones.  Recuerdo que, hace unos años, el cardenal Carles, entonces arzobispo de Barcelona,  calificaba  de “inyección” la llegada de extranjeros. “Los inmigrantes están evangelizando Barcelona”, decía (La Razón ).  Las migraciones pueden ser fuente de enriquecimiento cultural mutuo, de experimentar  el ecumenismo al vivo,  de   ejercer la misio ad gentes, como antes se apuntaba.
4.- otras posibles  vías  de cooperación entre Iglesias
4-1.- Hemos de seguir potenciando todo lo que en el ámbito  de la cooperación tanto material como espiritual se viene realizando.  Está constatado que las personas no emigran,  cuando en sus países de origen, aunque sean pobres,  se abren horizontes  de futuro, de  esperanza. En ERGA MIGRANTES ..  se presenta un buen número de  colaboraciones prácticas , de las que   señalo algunas :
4.-2.-   Compartir informaciones sobre   migrantes  Habría que potenciar la cooperación entre nuestras Iglesias y las de los países de emigración para  un mejor conocimiento mutuo y de  quienes vienen, de sus carencias materiales y espirituales y, a la vez, para que  en las Iglesias  de origen sean conscientes del mundo al que vienen.  El paso de estas personas   desde una sociedad frecuentemente rural ,  de fuertes carencias materiales,  de relaciones muy personalizadas y de  una religiosidad  popular  honda,  a una sociedad altamente desarrollada y consumista, en que se valora  la libertad individual, la independencia personal y la racionalidad científico-técnica, está produciendo en muchos inmigrantes un choque  cultural traumático. La instalación del inmigrante en contextos urbanos anónimos, con un proceso de  secularización agresiva, está repercutiendo también de manera  negativa, en no pocos casos,  en  su  fe y en su vivencia religiosa. De ahí  la importancia  de que los inmigrantes católicos encuentren en nuestras comunidades su casa y el lugar donde puedan también encontrar cabida sus expresiones religiosas.
4.-3.-   Intercambio de  agentes de pastoral y de formación de los mismos  con programas coordinados entre diócesis de salida, de tránsito  y de llegada.   Sería necesaria una más cuidada coordinación entre las Iglesia de uno y otro lado para  discernir tanto las motivaciones de los presbíteros que vienen,  como para  su ubicación pastoral.  Como fruto  modesto de un encuentro  entre los presidentes de la Comisión episcopal de Migraciones de Colombia y de España vimos  la necesidad de ayudar a los sacerdotes que vienen  a situarse ante la nueva realidad cultural,  pastoral y espiritual que encuentran y  a conocer cómo  es la organización y el trabajo de las parroquias aquí. La  sugerencia fue acogida por la Conferencia episcopal española, que confió a las Comisiones del Clero, de Misiones y de Migraciones la organización  de este servicio para presbíteros extranjeros en España, en forma de un cursillo intenso de una semana  de duración. Acabamos de  tenerlo por primera vez y la experiencia ha sido  altamente valorada por los interesados incluso para su espiritualidad sacerdotal.   El cursillo   está preparado  para ofrecerlo periódicamente  a nivel nacional, pero también  en el ámbito  regional o diocesano.
4.-4.-   Intercambio de visitas  de obispos cuyas diócesis están en primera línea  en el proceso  de migración. Es ésta  una forma importante para  favorecer la cooperación: el conocimiento de la realidad de donde proceden los inmigrantes. Ya sabemos que “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Promovida por la diócesis de Cádiz-Ceuta ( España)   con  el apoyo de la Comisión Episcopal de Migraciones, hemos realizado en el pasado mes de octubre  una visita a Marruecos con participación  de un buen número de los delegados  diocesanos  a fin de  conocer la situación  y  el trabajo que allí se realiza  en el campo de las migraciones y muy especialmente con  las numerosas personas procedentes de países subsaharianos, que esperan, en situaciones de clandestinidad , la oportunidad de  saltar a la península  Ibérica o a las islas canarias.  Son quienes  van a vivir la odisea  de la travesía del  Estrecho  de Gibraltar que, como ayer  y anteayer en Lampedusa,  no es infrecuente  que acaben en tragedia. Son experiencia que conmueven. Los ojos ven y el corazón siente.
4.-5.-   El trabajo en redes es imprescindible  por razones de eficacia y de coordinación,  También para compartir experiencias y aprender unos de otros. En España lo estamos promoviendo entre diócesis y congregaciones  religiosas, algunas de las cuales están llevando  programas de trabajo con inmigrantes de admirable originalidad y eficacia. Es más difícil, pero no imposible compartir experiencias similares  y recursos pastorales entre las Iglesias europeas.
Sería importante  tener criterios  comunes para, en ocasiones, hablar con una misma voz a la hora de   denunciar las injusticias  o de alentar a nuestros países a tomar en serio el desarrollo de los países pobres, que,  en no pocos casos, fueron colonias   de los países europeos.
4.-6.-  Por supuesto, es necesaria la cooperación y coordinación con nuestras Iglesia católicas de rito oriental , como también con las ortodoxas.  “Se ha de prestar una atención especial  a los emigrantes que pertenecen  a las Iglesias católicas  orientales y a los que, lejos de su propia casa, tienen dificultades para participar  en la liturgia eucarística  según el propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, se  les conceda poder ser asistidos  por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido  a los Obispos  que acojan con la caridad de Cristo  a estos hermanos. El Encuentro entre  fieles  de diversos ritos  puede convertirse  en ocasión de enriquecimiento recíproco”.(Benedicto XVI. Exhort. Postsinodal “Sacramentum  Caritatis”,n.60)
4.-7.-   En el siglo pasado, con el despertar de la inquietud misionera en nuestras  Iglesias,  en España surgieron dos realidades que han dado admirables frutos: La Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana (OCSHA)  y el IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras). Ambas instituciones  prestaban un servicio admirable contribuyendo al  discernimiento  de las motivaciones, al fortalecimiento  de  la vocación misionera,  a la preparación  de  los candidatos  con una orientación netamente misionera, al posterior cuidado y acompañamiento de los mismos en su respectivos destinos. Hoy los flujos migratorios, que no van a parar,  están coincidiendo con una hora de tal escasez y envejecimiento del clero  europeo que, así, ni podrá responder  al desafío  de las migraciones, ni a las demandas  de aquí. Esos vacíos se están cubriendo, en no pocos casos, con sacerdotes extranjeros, sobre todo latinoamericanos, que cada obispos se agencia. Si en algunos de estos países están floreciendo las vocaciones ¿no sería conveniente promover allá  algo parecido a lo que fue aquí la OCSHA o el IEME, que antes he citado?. ¿No se evitarían algunos de los riesgos de la espontaneidad?  Ello favorecería  que  vinieran sacerdotes vocacionados,  preparados para trabajar pastoralmente  también con los inmigrantes. ¿Valdría la pena implicarnos económicamente las Iglesias de Europa para hacerlo posible? Si en otra época esto fue posible  aquí,  ¿no sería posible hoy allí?. Es una propuesta que presento con temor y temblor y que someto al mejor juicio de los presentes, así como al del Pontificio Consejo.
5.- Otra globalización: diversidad cultural- integración
La globalización está abriendo una nueva era en nuestro mundo, con una visión global que traspasa los límites políticos  y las fronteras de los estados, con un  carácter puramente económico y comercial. Los individuos a los cuales atañe no son  ni los sujetos ni  los actores.   Se trata de un hecho impuesto por los puros mecanismos del mercado. No interviene  la persona desde su  centro:  su corazón, su libre voluntad, su  poder de dicción o de  iniciativa personal; no refuerza la confianza en uno mismo, sino que debilita la identidad, cualquiera podría sustituir a cualquiera . Es un mundo profundamente materialista, en que la realidad queda reducida a  economía.
A la vista de lo anterior, es importante  la cooperación entre Iglesias para gestionar  con acierto el binomio  diversidad cultural-integración. Se ha dicho que Europa está  encinta  de gemelos,  que  luchan ya en su interior,  como Esaú y Jacob luchaban en el seno de  Rebeca . Los gemelos tienen  nombre; se llaman “Temor” y “Esperanza” (E. Parmentier). ¿Convivirán las diferentes culturas en paz y en mutuo enriquecimiento?  ¿Se desdibujarán las identidades y creencias  en este mare-magnum de la globalización? ¿Quedarán absorbidos los grupos minoritarios  por los mayoritarios?
La cultura es un elemento esencial  de los pueblos. “Es propio de la persona  el no llegar a un nivel  humano si no es mediante la cultura”, dijo el Concilio Vaticano II (GS 12). La identidad de un pueblo le viene de su cultura, donde arraigan las capacidades creadoras que permiten la adaptación a sus semejantes y a su ambiente natural.  Cada pueblo es diferente, y concretizan su patrimonio de humanidad  a través de  la diversas  identidades culturales. De  la manera cómo gestionemos tales diferencias dependerá  que éstas  se transformen en conflictos o que caigan  prejuicios y madure  la comprensión  con vistas a la hermandad de la familia humana.
En el mensaje para la Jornada de la paz  de 2001,  Juan Pablo II ya afirmaba, refiriéndose al tema  de la integración cultural, que “no es fácil identificar los fundamentos y las estructuras que garantizan, de manera equilibrada y equitativa,  los derechos y deberes  de los que acogen, que también tienen derecho a que se respete su cultura, y de los que  son  acogidos”. Históricamente los procesos migratorios se han producido de  los más diversos modos y con resultados diferentes.  El hecho de que  las  personas no se vean  respetadas en su  identidad cultural  puede ser  fuente de humillación, suscitar permanentes  reivindicaciones y puede acabar asumiendo   formas de   extrema violencia.
Todos, también los inmigrantes,  tendríamos que ser conscientes de que la originalidad de una cultura, lejos de identificarse con el  cierre en sí misma, implica  su apertura a lo universal. El pluralismo no debe ser  la yuxtaposición  de  mundos antagónicos, sino la complementariedad de riquezas multiformes. Si la identidad de un pueblo manifiesta su peculiaridad, no es menos cierto que aspira, al mismo tiempo,  a lo universal por lo mejor que tiene: su arraigo en la naturaleza humana. Una cultura no es auténticamente humana  si no lleva en sí misma  la apertura a la demás culturas,  a lo universal. Las exigencias de la particularidad fundamenta  los derechos de las identidades culturales propias;  las de la universalidad, fundamentan los deberes que  de ello se desprende frente a  las otras culturas y la humanidad entera .
Será importante que tengamos en cuenta lo anterior  en el modo de acoger:
Porque acoger es ofrecer lo que tenemos y lo que somos.    Acoger es amar. Cuando acogemos nos enriquecemos. Acogiendo al inmigrante acojo a Dios que me visita: “ No olvidéis la hospitalidad; gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a  ángeles” (Hebr.13,2).Acoger es tomar en serio  lo humano de las personas, permitir que cada uno sea el que es,  dejarle ser  él  mismo. Es hacer que el otro exista sin  sentirme amenazado por su diferencia.  Acoger es  admirar al otro, descubrir que Dios le ama tal y como es. Esta forma de amar de Jesús fue lo que transformó la vida de quienes se encontraron con El. El empezó  siempre valorando y admirando lo bueno que hay en cada persona, incluso en medio de las miserias y el pecado..
Acoger es  hacer nuestro  el estilo de nuestro Dios, que siendo “el que es”,  se hace  lo que somos, se abaja y pone en nuestro lugar,  a nuestra altura. San Juan nos dice que  ahí está el modelo del amor cristiano.
+ Ciriaco Benavente Mateos
Presidente de la Presidente Comisión E. de Migraciones
Obispo de Albacete (España)                                                       


 

Ponencia introductoria
Cardenal Josip Bozanié, arzobispo de Zagreb
Responsable de la Sección de Migraciones de la Comisión Caritas in Veritate
En nombre de la Presidencia de la CCEE y en particular de la Comisión Caritas in Veritate de la CCEE estoy contento de poder saludar a todos los participantes a este encuentro. De un modo particular, deseo agradecer a su Eminencia el Card. Antonio Veglió por su presencia aquí entre nosotros. Quiero extender mi agradecimiento muy especial a todos los miembros de la Conferencia Episcopal de Malta: A su Excelencia Mons. Paul Cremona, Arzobispo de Malta, al Obispo Auxiliar Mons. Charles Scicluna, a S.E. Mons. Mario Grech, Presidente de la Conferencia Episcopal Maltesa y Obispo de Gozo, al Padre Alfred Vella: gracias por todo el empeño que habéis dedicado en la preparación de este encuentro pero también por todo aquello que en nombre de la Iglesia habéis hecho y seguís haciendo por los muchos refugiados que llegan a Malta.
Saludo cordialmente y agradezco  por la acogida que nos han dado, también los ministros de la República Maltesa aquí presentes.
Saludo a todos los participantes a este nuestro encuentro: ¿os agradezco por haberos adherido a nuestra invitación! La tarea de la pastoral para los migrantes y refugiados nosotros lo vemos muy bien resumido en el testimonio que vosotros mismos ofrecéis: ser para estos hombre y para estas mujeres un sostén, defenderles de  los malos intereses de los que ven en ellos únicamente una mercancía de cambio y antes que nada, ser para los migrantes en Europa, la presencia y el abrazo de Cristo que sale a su encuentro para amarles y revelarles que a los ojos del Padre cada vida humana  tiene un valor inestimable.
Permitidme algunas reflexiones  sobre el tema de nuestro encuentro con el título “La Pastoral para los migrantes y refugiados entre integración e inclusión”, y sobre los  desafíos  que tienen lugar en Europa del impresionante fenómeno de la movilidad de las personas en nuestro continente.
En primer lugar el horizonte dentro del cual toman forma estos encuentros que organiza la CCEE para los delegados de las Conferencias Episcopales de la Pastoral de los migrantes. Es justamente la actividad pastoral de la Iglesia hacia los migrantes (sean trabajadores legales o ilegales que se trasladan del interior de Europa o que proceden de otros continentes, sean ellos estudiantes, refugiados o que piden asilo).
El acercamiento pastoral que la Iglesia propone, obliga a todos los que están implicados antes que nada, a un realismo en el modo de ver la realidad de las personas y de la comunidad de migrantes, evitando por ello de reducir la cuestión y la problemática del tema a valoraciones netamente económicas, sociológica o de carácter político.
Todas las dimensiones de la vida humana la interesan a la Iglesia y a través del Evangelio Jesús, ofrece a todos los hombres la Palabra que ella sola está en grado de llenar la vida de abundancia y alegría.
El punto de partida para nosotros, en cuanto pastores, es siempre la persona humana en cuanto tal y en su totalidad. En su cuerpo y en su espíritu, en el propio íntimo y en la vida social, en la familia y en el trabajo, siempre la persona es una unidad y jamás puede ser concebida como una moneda. El método “realista” de la pastoral que estamos hablando, exige por tanto una presencia concreta y cercana  a la persona hasta el punto de saber reconocer el nombre y el rostro de cada uno que encontramos. Solamente esta cercanía permite el encuentro que es el secreto del método de Jesús y que, como tantas veces insiste el Santo Padre Francisco, permite el desarrollo de una cultura del encuentro que lucha contra la moderna cultura del deshecho donde las personas son consideradas como objetos o problemas a resolver.
Cristo ha venido a buscar a cada persona y el método con el que se acerca hoy es siempre el mismo, justamente igual que hace dos mil años: se hace próximos al hombre de hoya a través de sus discípulos que manda en su nombre para acercarse a cada uno. Muchas veces la pastoral de los migrantes garantiza esta presencia en un modo que las parroquias locales no logran asegurar, porque a causa de la lengua y de la cultura, hay necesidad de personas que puedan hacer sentirse a cada uno, acogido como en casa.

  1. En este sentido, estoy contento porque tendremos tiempo de reflexionar juntos sobre la cooperación entre las iglesias locales en este ámbito. No serán seguramente y solo las varias “estructuras” construidas por mano de hombre a poder desarrollar una buena pastoral de los migrantes; es necesario un modo de vivir la pastoral donde el yo de cada uno y las riquezas culturales con las que cada uno llega, sean acogidas, respetadas y promovidas. La cooperación entre las iglesias locales y las misiones nacionales o lingüísticas es muy importante. Tengamos cuidado de no proponer la idea de que estos sean la concurrencia o que una fórmula deba sustituir a la otra. Como puede observarse en tantos lugares de Europa donde existe una sana cooperación, cuando las iglesias de origen se empeñan en el acompañamiento de sus propios hijos que salen hacia otros países y las iglesias de los países que acogen los migrantes son verdaderas iglesias evangelizadoras y acogedoras, solo entonces, con el pasar del tiempo y con paciencia y a veces después de una o dos generaciones, la belleza de la comunión de fe fructificará. De esta manera, la integración se hace posible sin forzar una inclusión en poco tiempo, como ha escrito el Santo Padre Francesco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “La comunidad evangelizadora se dispone para “acompañar”,  acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por muy duros y prolongados que sean, conoce las largas esperas y la paciencia apostólica. La evangelización emplea mucha paciencia”.
  2. A veces la sociedad y también la Iglesia se enfrentan con ideas y proyectos políticas que desgraciadamente no tienen como horizonte el bien común y la justicia sino únicamente los intereses de una parte. El hecho que la Iglesia tome las riendas no solamente de la justicia sino también de la enseñanza de la caridad, por un lado la hace ser verdadera defensora de la justicia –cuando se ama a una persona se lucha por la justicia- pero por otro lado garantiza que no cesará de abrazar a cada persona incluso allí donde falte la justicia. Aunque cuando el mundo hace distinciones entre personas, la Iglesia, siguiendo al Señor Jesús, no lo hace jamás. De hecho, con frecuencia, la Iglesia es la única voz y el único rostro que se acerca y que defiende a cada uno a prescindir de toda discriminación. Ciertamente la tarea de la Iglesia no es la de cambiar el mundo a través a una estrategia política, sino de llevarlo al  encuentro con Cristo. La presencia de Jesucristo en la vida siempre empuja a quien ya lo ha encontrado a “salir fuera”, a unirse con quien más sufre, a buscar la justicia y por tanto, a convertirse en levadura de un mundo mejor, como recuerda el Papa en el Mensaje de la Jornada Mundial de Migraciones y del refugiado 2014.

En una palabra, el encuentro lleva a la conversión que cambia el mundo.
Muestra presencia aquí en Malta nos empuja a no olvidarnos de las muchas personas a  través del mar Mediterráneo en condiciones inhumanas a la búsqueda de un mundo mejor con un sueño entre sus manos que con frecuencia se convierte en una pesadilla . La Unión Europea y los diferentes países europeos no pueden cerrar los ojos ante el drama de estas gentes y dejar toda la responsabilidad sobre las espaldas de los individuales países de frontera. Al contrario, deben empeñarse cada vez más siguiendo las profundas raíces y heredad que Europa ha  recibido de la fe cristiana. Ayudando tanto a las personas como a las comunidades y a los individuales países de origen y de llegada, con el fin de que la justicia y el bien común no sean pisoteados.
Tampoco olvidemos a todos aquellos que a causa de la crisis económica de Europa están llamados con frecuencia a buscar un trabajo lejos de sus casas, Este hecho nos obliga  hacia una atención pastoral con todas estas personas porque, como recuerda el Papa Benedicto, la crisis sea una oportunidad y no decaiga en un secularismo materialista.

  1. Cuanto  los problemas humanos se miran exclusivamente a través de una lente económica se produce una reducción antropológica tan fuerte que –como ha sucedido con el marxismo- ninguno logrará permanecer en paz. Justamente por esto es necesario un sincero empeño por parte de la Comunidad internacional por la paz y el desarrollo de los países africanos.

El desarrollo, sin embargo, no puede considerarse fin en sí mismo como una ideología a alcanzar: el verdadero progreso  es lograr el bien que el corazón humano, creado por Dios y para Dios, busca continuamente. Mantener vivo en el corazón del hombre, también el del emigrante o refugiado que se siente solo o que no es bien acogido, esta sed de Dios y testimoniar el amor de Dios que sale al encuentro de cada uno de nosotros; esta es una tarea de una Iglesia viva que acoge pero que también se hace compañera del camino en los viajes que sus hijos emprenden. Estas personas, que no se dejan homologar o reducir a  deseos económicos, son los verdaderos protagonistas de una nueva cultura.
La persona nunca es un ser aislado; pertenece a una comunidad y, de un modo particular, a una familia. ¡No podrá jamás haber una política migratoria justa si esa no presupone la familia como su base! y ¡no habrá jamás un desarrollo integral fuera de esta dimensión comunitaria! El papa también escribe en su reciente Exhortación Apostólica: “El individualismo postmoderno  y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de las relaciones  entre las personas y desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar aún mejor que la relación con nuestro Padre  exige y alienta una comunión que cure, promueva  y refuerce los vínculos interpersonales.” (EG 67).
San Pablo, que ha naufragado en estas playas y que ha dejado una fe viva y enraizada en este pueblo, nos ha enseñado la necesidad de salir al encuentro de todos, también de los que llegan de Países lejanos o dejan la propia casa. Pongamos en las manos del gran evangelizador este nuestro encuentro y las reflexiones que de aquí saldrán, pidiendo su intercesión con el fin de que la gracia de Dios haga germinar aquello que el Espíritu Santo nos sugerirá aquí.


Conclusiones
Rev. P. Luis Okulik
Secretario de la sección migraciones de la Comisión CCEE “Caritas in Veritate”

  • Durante el encuentro han salido referencias concretas  a las barreras que obstaculizan la inclusión de los inmigrantes en nuestra sociedad.
  • Hay diferentes  factores que se entrelazan y causan la exclusión.
  • Quien se siente excluido pierde interés y afecto en referencia a la sociedad que lo acoge, porque falta la participación.
  • La exclusión impide disfrutar de los servicios sociales y margina en el ámbito económico.
  • De cara a estas situaciones ¿qué se está haciendo concretamente?

-Se asegura un recorrido legal.
-En cuanto sea posible, se asegura un trabajo.
-Se pone  gran atención a los intereses de las personas individualmente.
-Se demuestra la capacidad de afrontar las “crisis personales”: enfermedad, falta de trabajo, problemas familiares (agrupación familiar).
-Se  ejercita una gran capacidad de escucha.

  • Nuestras democracias europeas pueden definirse como un sistema de derechos y libertades que están  garantizados por el compromiso con la nación de pertenencia (elemento que garantiza la noción de ciudadanía).
  • Los cimientos de estas democracias son: 1) responsabilidad de todos (con las cosas públicas 2) respeto por cada una de las personas; 3) justicia para todas las personas; 4) beneficios (sociales y económicos) para todos.
  • El ser incluidos en esta sociedad implica tener la oportunidad de participar en su vida de manera significativa; de aquí la importancia que tienen el “sentirse parte”.
  • La inclusión implica una clara noción de pertenencia, aceptación, reconocimiento.
  • La inclusión de los migrantes y refugiados representa la realización de una plena participación en los diferentes aspectos de la vida económica, social y cultural de los países de acogida.
  • La inclusión de los migrantes y refugiados exige el derrumbe de las barreras que general exclusión.
  • La visita del Papa Francisco a Lampedusa ha despertado las conciencias de Europa y del mundo.
  • Algunos gobiernos reaccionan frente a una falsa relación entre asistencia a los migrantes. (Ejemplo: UK).
  • EU (2011): El efecto de causa entre los gastos por Welfare (bienestar) social y migraciones es mínimo y estadísticamente insignificante (no “welfare nagnet hypothesis”).
  • Es necesario estar atentos a los cambios en Europa (elecciones parlamentarias, anti euro, anti migraciones, etc.).
  • A este respecto, es necesario dar un contenido a los términos que usamos:

-Asimilación: absorbimiento en una cultura unificada (hegemónica);
-Integración: asimilación unilateral (quien acoge, quien es acogido: donde se focaliza);
-inclusión: concepto cercano a aquel de integración, que más fácilmente relaciona con las políticas sociales;
-participación: a los beneficios de la misma sociedad con un fuerte sentido de pertenencia;
-cohesión social: no pide una sociedad homogénea, es decir, “vacía de la diversidad”.

  • Los principios sobre los que   apoyarse  son: reciprocidad, igualdad y diversidad, que engendran cohesión.
  • Europa se ha formado de la diversidad de culturas, religiones, tradiciones sociales enraizadas en las culturas de los diferentes países (diferentes etnias, lenguas, tradiciones jurídicas).
  • Invitaría a prestar atención a las relaciones con los países de proveniencia de los migrantes (cfr. Transportes, vínculos económicos, que en gran medida definen la política exterior europea);
  • En este contexto, el trabajo de la Iglesia católica, (vuestro trabajo) ha sido y sigue siendo un válido testimonio, que reconoce la primacía de la persona (de las personas, pueblos) por encima de las opciones políticas que puedan referirse a las mismas personas.
  • Una pregunta que vuelve con frecuencia en la elaboración de las políticas europeas que se refiere a las migraciones es: How to bring people tegether?
  • Nosotros tenemos una respuesta, un laboratorio  que cada día  nos hace encontrarnos con las personas (cultura del encuentro) que tiene un método muy eficaz:  acoger al otro a su cuidado (como Z. Bauman ha definido la moralidad cristiana.

Crónica del encuentro
Mosta, Malta,

El acercamiento al fenómeno migratorio en Europa es víctima de una serie de esquizofrenia. Mientras Europa reconoce cada vez más derechos a los migrantes regulares,   continua a gestionar la movilidad humana como una cuestión meramente económica. ¡El migrante no es una mercancía que se pueda importar o exportar como te plazca!  Un acercamiento al fenómeno migratorio que no tenga en cuenta  todas las dimensiones de la persona humana y de la realidad social y cultural de cada nación, está destinado a generar exclusión, marginalidad y tensiones sociales.

El acercamiento pastoral que la Iglesia propone, obliga a cuantos están implicados a un realismo en el modo de mirar la realidad de las personas y de la comunidad de migrantes, evitando por ello reducir las cuestiones y problemática del tema a valoraciones meramente económicas, sociológicas o de carácter político. Esto es lo que ha salido en los dos días de trabajo que ha promovido el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE), para los obispos y directores nacionales que trabajan en la pastoral de los migrantes y refugiados que se han celebrado en Mosta (Malta) del 2 al 4 de diciembre de 2013.

En Malta, los obispos y responsables para la pastoral de los migrantes, han mostrado su preocupación por las situaciones en las que los refugiados y los que piden asilo político, no son respetados en su dignidad.

La política europea y la de los Estados no puede no basarse sobre el respeto de la persona el reconocimiento del valor y de la importancia de la familia. Todo movimiento migratorio debe desarrollarse en el marco de la legalidad. En caso contrario, el orden público de los países,  meta de migraciones,  corre el riesgo  de perder interés haciendo a estos países poco atractivos para la inmigración. En todo caso, los criterios de la caridad y de la legalidad deben ser observados.

Una sana “política” migratoria debe favorecer la participación activa de la sociedad de los migrantes, facilitando su inserción en la vida ocupacional. Una actividad permanente que les permita el propio sostenimiento o de responder a las necesidades de la propia familia, parece fundamental en el proceso de integración: de hecho, constituye el medio principal para que el emigrante pueda iniciar una “nueva” vida.  Al mismo tiempo, esta política siempre debe estar sostenida de esfuerzos para afrontar las formas de injusticia económica y social al interno de cada país y a nivel global (abusos de enteras regiones, destrucción del ambiente en muchos países pobres, guerras injustas…).

Para los muchos refugiados que llegan a Europa, a través de sus fronteras al sur y al este, la Iglesia busca, por cuanto la es posible, estar presente con varias realidades e iniciativas (centros de acogida, dormitorios, centros para niños, cursos de idiomas…). La Iglesia no busca sustituir al Estado, pero no puede no sentirse interpelada por el sufrimiento humano, material o espiritual. La Iglesia tiene la vocación de estar próxima para buscar y acompañar el camino  de toda persona, siguiendo a su señor. En este sentido, el tema “familia e inmigración” ha sido objeto de una particular atención. Una justa pastoral del migrante no puede prescindir de su necesidad de afectos, a tener una familia y a sentirse parte de una comunidad.

Al mismo tiempo, las migraciones constituyen un verdadero desafío para la comunidad cristiana porque pone en evidencia su capacidad de acoger y gestionar la diferencia. El pluralismo no debería ser concebido como la contraposición de mundos antagónicos, sino como la complementariedad de riquezas multiformes. Por otro lado, los participantes en varias ocasiones han insistido sobre el hecho de que no es suficiente ofrecerles lo que se tienen, es necesario aprender a ofrecerles lo que se es.

Acoger y amar, es tomar en serio la humanidad de las personas, permitiendo a cada cual de ser él mismo. Es obrar de tal manera hasta el punto de hacer posible de que el otro exista  sin que por ello deba sentirse amenazado  por su diferencia. Desde hace muchos años la Iglesia mantiene contactos entre la comunidad de partida y de llegada. La cooperación entre  las iglesias locales constituye cada vez más una dimensión del trabajo pastoral. Esta cooperación no es debido  a las exigencias sociológicas o de eficacia.

Está en juego el ser y la identidad de la Iglesia. Una cooperación así entendida no se reduce  a un dar, es también un recibir: el migrante tiene ciertamente necesidad de ayuda, pero también es una riqueza para la comunidad que sabe acogerlo.

Finalmente, parece importante dar contenido a las palabras que se usan. Términos como “asimilación”, “integración” muchas veces aparecen inadecuados o incompletos, principalmente si les usamos en ámbito eclesial. La cultura del encuentro, cuyo método lo constituye el salir al encuentro y asumir el encuentro del otro, pide que el fenómeno migratorio sea concebido no solamente como un desafío que llama a la caridad, sino también como una ocasión de enriquecimiento de la comunidad eclesial.

A lo largo del encuentro promovido por la sección “Migración”, Comisión Caritas in Veritate de la CCEE, presidida por el cardenal Josip Bozanié di Zagreb los participantes han visitado el centro cerrado de Hal Safi para los que solicitan asilo y un centro en Balzan, que gestiona la Iglesia local. Particularmente el centro de Balzan constituye un feliz ejemplo de cómo es posible conciliar evangelización y acción social: la fe que engendra las obras y las obras que testimonian la fe.



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