El verbo se hizo carne

El verbo se hizo carne

Día del enfermo 2000

«El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14). Esta confesión central de nuestra fe tiene un especial significado para el mundo de la salud y de la enfermedad. Por eso, en este año jubilar, el Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española nos propone con motivo del Día del Enfermo el gran acontecimiento de la Encarnación.

Con este mensaje nos dirigimos en primer lugar a los enfermos y, junto con ellos, a cuantos promueven la salud, curan la enfermedad, alivian el sufrimiento, acompañan a los moribundos, y anuncian la buena noticia de la salvación que toma carne en nuestra propia carne. Nos mueve el deseo sincero de contribuir a que la acción de la Iglesia en este vasto y complejo mundo sea, cada vez más, reflejo del amor salvífico y sanante de Dios.

«Cargó sobre sí con nuestras dolencias» (Mt, 8, 17)

1.– En la Encarnación llega a su momento culminante la «pasión» de Dios por el hombre, revelándonos de manera definitiva su amor entrañable, su bondad y su ternura. Es un amor que lleva en su interior una lógica sorprendente y desconcertante: Dios «desciende» hasta nosotros para que nosotros «subamos», hace suyos nuestros sufrimientos y nos cura con sus propias heridas (Is 53, 5), asume la fragilidad de nuestra propia carne y eleva a la máxima dignidad la condición humana. Bajando, llena el vacío inmenso de nuestros males y da sentido a nuestra muerte.

2.– En la Encarnación se nos manifiesta, pues, la solidaridad que Cristo hará patente en su ministerio. Él es el siervo (Flp 2, 7), que no ha venido a ser servido sino a servir (Mc 10, 45), que sale al encuentro de los hombres y mujeres allí donde se encuentran, de forma especial por los caminos estrechos del sufrimiento y de la enfermedad (cfr SD 3). Él es también el Salvador que ofrece a todos la posibilidad de nacer de nuevo, de cambiar, de dar una calidad nueva a nuestra existencia. La Encarnación es, de hecho, el gran signo de la nueva humanidad, salvada, transformada según la imagen del Hijo.

«He venido para que tengan vida…» (Jn 10, 10)

3.– Esta confesión que Cristo sitúa en el corazón de su ministerio de buen Pastor, está ya presente en el misterio mismo de la Encarnación. Ése es el propósito del Dios de la vida: dar vida en abundancia. Por ello Cristo mostró una especial solicitud hacia quienes estaban situados en la periferia de la vida, sobre quienes pesaba la exclusión o la marginación: los enfermos, los pobres, los proscritos, los pecadores. En Él encontraron la dignidad perdida, el regreso a la casa paterna, otra relación con Dios, una nueva salud, la esperanza. Él no eliminó la enfermedad ni la muerte, pero hizo posible que pudieran ser vividas como experiencias salvíficas y de plenitud. Él mismo, sacrificando su cuerpo en la cruz, mostró que la plenitud de lo humano camina de la mano del amor que se entrega, de la libertad sanada de toda esclavitud.

Encarnar la salvación en el mundo de la salud y de la enfermedad

4.– La acción de la Iglesia en ese mundo sigue reproduciendo el motivo central de la Encarnación que profesamos en el Credo: «propter nostram salutem» (por nuestra salvación). Ahí encuentra su inspiración y su fuerza. Es una salvación encarnada, es decir, la salvación que viene de Dios (sólo Él salva), pero ofrecida al hombre. Una salvación, pues, que en el mundo de la enfermedad significa entre otras cosas: «descender» hasta el pozo del sufrimiento humano, encontrar a quien sufre «allí» donde le duele; devolverle la dignidad si la hubiere perdido; acompañarlo en esperanza; presentarle el rostro de un Dios que nunca recrimina o rechaza, porque es el Padre que espera y abraza.

5.– Al hacer memoria de la Encarnación, recordamos el sentido último de todo esfuerzo humano, individual y colectivo, a favor de la salud. Promoverla y no idolatrarla, vivirla como don y conquista, como un valor que se comparte y no como un objeto de consumo, significa situarse, consciente o inconscientemente, en la onda de la Encarnación, es decir, glorificar a Dios en el cuerpo humano, que es templo del espíritu, lugar de encuentro con Dios y con los hermanos, vehículo de amor y de ternura, frágil y mortal pero destinado a la glorificación futura.

Luces y estímulos

6.– Tras veinte siglos de presencia ininterrumpida –por largo tiempo incluso acompañada de un sano protagonismo– en el mundo del sufrimiento y de la enfermedad, la Iglesia encuentra hoy en el recuerdo festivo y gozoso de la Encarnación nueva luz y nuevos estímulos para un milenio nuevo. Desearíamos, pues, que la celebración del Día del Enfermo este año fuera una buena oportunidad para:

  • Dar gracias al Dios de la vida por los enfermos atendidos y curados, por las heridas sanadas, por el bálsamo vertido, por la esperanza renacida, por el progreso de la ciencia…, a lo largo de estos veinte siglos en los que ha estado vivo el espíritu del Buen Samaritano.
     
  • Reconocer deficiencias y aprender las lecciones de la historia; pedir perdón por los pecados de omisión («pasar de largo», «dando un rodeo»), por las oportunidades perdidas, por los rostros no reconocidos.
     
  • Descubrir de nuevo la raíz cristiana y la dimensión humana del servicio a la salud y a los enfermos, y de todo el esfuerzo por promover la vida y su calidad, apostando por la difusión de una cultura que, con respecto a otras opciones, explicite su inspiración evangélica, especialmente en la defensa de la dignidad de la persona.
     
  • Acometer, cada vez con más empeño, la compleja tarea de la humanización del mundo de la salud y de la enfermedad, no sólo como expresión de la dignidad de la condición humana, sino también como una forma eficaz de traducir en gestos la caridad de Cristo y la buena noticia de la salvación.
     
  • Renovar la fidelidad al Maestro y a los signos de los tiempos, redescubriendo el mundo de la salud y de la enfermedad como uno de los lugares privilegiados para la nueva evangelización.
     
  • Favorecer dentro de las comunidades cristianas, en las congregaciones religiosas y en la sociedad en general, nuevos signos de encarnación, allí donde habitan la pobreza y la marginación, donde la vida es más fr
    ágil y amenazada.
     
  • Asumir con renovado entusiasmo y creatividad las orientaciones y compromisos marcados por el Congreso «Iglesia y Salud». Entre otros: la participación de los seglares en la acción evangelizadora, la promoción de la pastoral de la salud en las parroquias, la profundización e iluminación de los problemas éticos, la potenciación del voluntariado.
     
  • Finalmente, en un mundo donde se experimenta a diario la decepción y el desencanto, celebrar el don saludable y hasta terapéutico de la esperanza cristiana, que permite descubrir el último sentido de la vida y de la muerte.

Unidos a Cristo en el servicio a los hermanos más pequeños, pedimos que nos acompañe a todos la intercesión de María, Madre de la Salud. Salud que viene siempre de Dios y llega a nosotros por el camino de la esperanza en Él

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral:

José Vilaplana Blasco, obispo de Santander
José Delicado Baeza, arzobispo de Valladolid
Rafael Palmero Ramos, obispo de Palencia
Antonio Deig Clotet, obispo de Solsona
Jesús García Burillo, obispo auxiliar de Orihuela-Alicante