Espíritu de entendimiento

Migraciones

Espíritu de entendimiento

Jornada Mundial de las Migraciones 1998

 

MigracionesLos obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones invitamos a los cristianos y a la sociedad en general, a sentir una vez más la llamada de Dios que nos interpela desde las personas inmersas en el fenómeno migratorio. Con motivo de la jornada del «día de las migraciones», que este año 98 tiene como lema «ESPÍRITU DE ENTENDIMIENTO», reparamos en la historia de la humanidad que, desde sus inicios hasta nuestros días, es testimonio vivo de la existencia de pueblos enteros que han sufrido en su carne la amarga experiencia de la emigración y que han buscado en otros lugares los medios necesarios para el propio sustento y el de sus familias.

Conquistas, asentamientos, proselitismos, persecuciones de todo tipo, han marcado la vida de naciones enteras. Son estremecedoras las páginas que narran la «trata de negros» y que trajeron como consecuencia el desplazamiento forzado de más de quince millones de esclavos africanos hacia América, entre el siglo XVI y XIX ; junto a estos hechos aparece también el capítulo dedicado a las corrientes migratorias intercontinentales que, desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, desplazó a más de sesenta millones de europeos hacia América. Esta historia prosigue sus páginas con la oleada migratoria hacia la Europa industrializada a comienzos de los años 60, en la que más de dos millones y medio de españoles, a veces en condiciones dolorosas, se ven forzados a traspasar los Pirineos en busca de un mejor bienestar que no pueden encontrar en su tierra. Desde los años 80 asistimos a un importante cambio migratorio en los países del Sur de Europa: de ser países tradicionales de «emigración», nos hemos transformados en países de «inmigración».

El domingo, 27 de Septiembre, la Iglesia Española celebra el «Día de las Migraciones». Con este motivo, los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones, nos unimos a la petición del Papa y dedicamos esta jornada a reflexionar acerca del fenómeno migratorio que está alcanzando en nuestros días una enorme importancia y actualidad.

El aumento del número de inmigrantes lo va definiendo cada vez más como un gran movimiento que afecta a los cinco continentes y a casi todos los países. Entre las principales causas del fenómeno migratorio, es preciso destacar la persistencia y, en ocasiones, el alargamiento del abismo entre las áreas del Norte desarrolladas y las del Sur en vías de desarrollo (S.R.S. 14); la violencia y la guerra, con las que tienen que convivir naciones enteras y que obliga a la población a huir para evitar auténticas crueldades y masacres. En otras ocasiones, la miseria, la falta de recursos económicos y sociales, las condiciones políticas y la falta de perspectivas de desarrollo, son los motivos que fuerzan a individuos y familias enteras a buscar medios de subsistencia lejos de su propia tierra.

Reconocemos que las migraciones son hoy un medio para que los hombres se encuentren, para que puedan derribar prejuicios, aumentar la comprensión y crear un ESPÍRITU DE ENTENDIMIENTO con vista a la fraternidad de la familia humana. Igualmente podemos constatar que esta permanente y creciente ola migratoria crea dificultades para la acogida y la convivencia de los emigrantes en los países de destino. Ellos tienen que soportar en ocasiones el desprecio, la intolerancia y la violencia. Se les mira con recelo y temor porque, según se dice, su presencia puede provocar la pérdida de la propia identidad nacional, cultural y religiosa. No se tienen en cuenta sus derechos cívicos ni laborales, ni se valora su riqueza cultural. Como consecuencia de todo ello, se pretende su asimilación plena a la cultura del país receptor sin tener en cuenta sus características peculiares o pasan a engrosar la lista, de quienes integran la economía sumergida, olvidando su dignidad y sus derechos.

Asistimos hoy a un preocupante crecimiento de manifestaciones del racismo y la xenofobia que anidan en algunos corazones. Y nos preocupa la ambigüedad con que se utiliza «el derecho a la diferencia» reclamado tanto por las minorías discriminadas como por las mayorías discriminantes: mientras las primeras lo reclaman para vivir en una sociedad de mayorías por las que se sienten amenazadas, las segundas lo propugnan para defenderse de las migraciones por las que también se sienten amenazadas. Frente a esta situación queremos volver a ofrecer el universalismo cristiano como proyecto pluricultural, tal y como lo presenta el Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium (nº 13 y 32) donde se define a la Iglesia como nuevo pueblo de Dios que vive en todos los pueblos de la tierra y toma de ellos sus ciudadanos, recordando que el camino no es marcar diferencias, sino subrayar los elementos comunes.

Entendemos que debe existir un control y unos cupos para determinar el número de emigrantes que han de entrar en un país, pero el criterio para establecer la cantidad de inmigrantes no debe basarse sólo en la simple defensa del propio bienestar, sin tener en cuenta las necesidades de quien se ve obligado dramáticamente a pedir hospitalidad. Los países ricos no pueden desinteresarse del problema migratorio y aún menos cerrar las fronteras y hacer leyes más restrictivas, cuando sabemos que, en muchos casos, la emigración es consecuencia del aprovechamiento de los recursos materiales y de las materias primas de los países pobres por parte de los ricos. Ante esta situación, como nos recuerda el Papa, se impone una reflexión y una búsqueda de criterios más rigurosos de justicia distributiva aplicable a escala mundial (Juan Pablo II,Mensaje de la Jornada del Emigrante 1997; P.T.,101; S.R.S.,28; C.A.,51-52).

Por otra parte, queremos agradecer el esfuerzo de individuos y asociaciones, que dedican sus personas y su tiempo a aliviar el dolor y el sufrimiento de los inmigrantes y les invitamos a permanecer en el camino emprendido, buscando la mutua colaboración, que haga posible una mayor eficacia en la atención prestada. En este sentido, consideramos que su testimonio es una ayuda valiosa para descubrir que las migraciones pueden ser un gran medio para favorecer el encuentro entre los hombres, para superar los prejuicios y reacciones emotivas a la hora de emitir juicios sobre los inmigrantes, para acrecentar la comprensión y la solidaridad desde un auténtico espíritu de entendimiento, dando de este modo pasos firmes hacia la construcción de la fraternidad entr
e todos los hombres.

Para la Iglesia la atención a los inmigrantes y refugiados debe ser una de sus prioridades en la acción pastoral, porque está en juego su credibilidad. Como continuadora de la misión de Jesús, la Iglesia está llamada a desempeñar un papel de acogida y de servicio hacia la persona migrante, porque como nos recuerda el Señor «lo que hagáis a uno de estos mis hermanos, a mi me lo hacéis». La condición de desarraigo y de resistencia con que el ambiente reacciona hacia los migrantes tienden a relegarlos de hecho a los márgenes de nuestra sociedad. Precisamente por esto, la Iglesia debe intensificar más su acción, llevar a cabo todas las iniciativas que sean oportunas para contrarrestar esa tendencia y afrontar los peligros que de ella derivan. Es tarea permanente, de cuantos nos confesamos seguidores de Jesús, ayudar a que los muros construidos por el egoísmo y la soberbia humana contra los débiles sean derribados. En lugar de mantener la confusión de lenguas, cuyo origen está en Babel, hemos de esforzarnos por hablar un lenguaje común, inteligible para todos, el lenguaje del amor, a fin de reconstruir la unidad traída por el Espíritu de Pentecostés, ESPÍRITU DE ENTENDIMIENTO entre los hombres y los pueblos (Christus Dominus, 18).

Ahora bien, el compromiso de la Iglesia en España con los migrantes no puede reducirse únicamente a organizar estructuras de acogida y solidaridad. Esta actitud menoscabaría las riquezas de la vocación eclesial y de la misión confiada por el Señor. La Iglesia está llamada en primer lugar a transmitir la fe recibida de los apóstoles, que se fortalece dándola, y a ser testigo de a misma en el mundo, como camino de salvación para todo hombre. Por eso, siendo consecuente con las exigencias de la nueva evangelización, la Iglesia ha de salir al encuentro de quienes proceden de otros países y culturas con actitud de comprensión y amor, compartiendo su situación con espíritu evangélico, ofreciéndoles a todos la esperanza cristiana o favoreciendo la posibilidad de practicar su propia fe a fin de que puedan orientar sus vidas desde la luz, el ejemplo y el amor de Jesucristo.

No hay nada más gratificante para la Iglesia que saberse comprometida en esta tarea tan humana como necesaria de la confraternización con el hermano venido de lejos. Alentamos a todo el pueblo cristiano a elevar súplicas al Padre común para que alivie el sufrimiento de los inmigrantes y refugiados y para que ilumine a toda la sociedad en la búsqueda de soluciones adecuadas y justas para sus problemas. Ojalá el Señor nos ayude a vivir con actitudes de solidaridad, entregando de forma desinteresada nuestro tiempo, respetando las características peculiares de la persona inmigrante y trabajando por su promoción humana integral. Agradecemos la dedicación de aquellos hermanos que realizan su compromiso pastoral entre los migrantes, a la vez que les invitamos a que ofrezcan su colaboración a las Delegaciones Diocesanas de Migraciones. Es deber de todos, muy especialmente de nosotros los cristianos (Mt 25,35), trabajar con energía para instaurar la fraternidad universal iniciada en Pentecostés, base indispensable de una justicia auténtica y condición de una paz duradera (Octogesima adveniens, 17). Siguiendo el testimonio y las palabras de Jesús: «fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35), hagamos realidad nuestro amor a Jesucristo desde el amor y el servicio concreto a nuestros hermanos, especialmente en los más pobres.

Mons. D. Ignacio Noguer Carmona
Mons. D. Atilano Rodríguez Martínez
Mons. D. Rafael Bellido Caro
Mons. D. Carmelo Echenagusía Uribe
Mons. D. Ciariaco Benavente Mateos
Mons. D. Antonio Deig Clotet