Intervención introductoria del Cardenal Rouco Varela en el homenaje al Papa Juan Pablo II

Intervención introductoria del Cardenal Rouco Varela en el homenaje al Papa Juan Pablo II

¡Bienvenidos, todos, queridos amigos, a este acto de homenaje al Papa!
¡Bienvenidos, y gracias por vuestra presencia (tan numerosa)!
Saludo cordialmente al Sr. Cardenal D. Francisco Álvarez, al Sr. Nuncio y a todos los señores arzobispos y obispos presentes.
Saludo igualmente a las autoridades civiles y académicas.
Os saludo a todos, queridos amigos de nuestra diócesis de Madrid y a quienes habéis venido de otros lugares: sacerdotes, consagrados y consagradas, fieles laicos, mayores y jóvenes.

Todos juntos constituimos esta tarde aquí, en el corazón de Madrid, una asamblea muy especial. ¿Quiénes somos? ¿Qué nos convoca?

Somos -está bien claro- quienes hemos querido y podido responder a la llamada de los organizadores, la Conferencia Episcopal y la Archidiócesis de Madrid. Pero creo que no sería exagerado ver en nuestra asamblea también algo más. El año 2003 se acerca a su fin. Ha sido un año marcado, ciertamente, por algunos acontecimientos tristes que no es precisamente éste el momento de recordar. Pero, para la Iglesia, ha sido, ante todo, el año de las bodas de plata del pontificado de un gran Papa, Juan Pablo II. Él lo ha celebrado, como siempre, con una intensa actividad pastoral: una encíclica (Ecclesia de Eucharistia), dos exhortaciones apostólicas (Ecclesia in Europa y Pastores gregis), un consistorio y varias canonizaciones, entre ellas la de la Beata Teresa de Calcuta. Para la Iglesia que peregrina en España, el año 2003 ha sido, qué duda cabe, el año de la quinta visita pastoral del Santo Padre: el año que nos deja de nuevo a todos, jóvenes y mayores, el eco de su llamada a ser testigos de Cristo con una vida santa. Pues bien, yo quiero imaginar que todo este gran caudal de vida eclesial que nos ha traído el año jubilar 2003, desemboca aquí esta tarde de algún modo en nuestra asamblea. Hemos venido para evocar, para rumiar, para celebrar lo vivido. Constituimos una especie de caja de resonancia de lo que todas las comunidades católicas de España, con sus Pastores, han ido celebrando a lo largo del año. Queremos que resuene en nuestras almas y en nuestras Iglesias eso que nos ha convocado aquí.

Nos ha convocado la figura de Juan Pablo II: su persona y su misión; su peripecia biográfica personal y su ministerio universal sobrenatural. Como en todo lo que toca al misterio de Cristo y de su Iglesia, tampoco en el caso del Papa es posible separar la historia en la carne, por un lado, de la vida divina en el espíritu, por otro. Será, pues, posible elaborar estadísticas y contar hechos de este pontificado y hallaremos que los números y las cuentas son superlativos en muchísimos casos. Pero no será ahí, en eso que podría ser objeto de un puro balance contable, en donde descubramos la grandeza y el sentido verdadero de la obra de una persona a quien se le ha confiado una misión única en este mundo: presidir en el Amor y gobernar en el Espíritu la Iglesia de Cristo para la salvación de la humanidad. Es ésta la realidad asombrosa que nos ha convocado aquí esta tarde y por eso venimos a rendir el homenaje de nuestra admiración humana y de nuestra gratitud espiritual y cristiana a un hombre que ha permitido, con su entrega completa -literalmente, hasta la sangre- que el Evangelio de la esperanza siga resonando y haciéndose vida en el mundo por medio de la Iglesia.

Somos, pues, queridos amigos, una asamblea muy especial, que se quiere hacer eco de un gran clamor de gratitud por un acontecimiento realmente único: el cuarto de siglo de pontificado de un Papa como Juan Pablo II, que ha conducido a la Iglesia a los umbrales del nuevo milenio; un pontificado de gran relevancia para el mundo, para la Iglesia universal y también para España ¿Podré evocar con la brevedad requerida algunos de los rasgos de este acontecimiento?

Cuando en 1999 los obispos españoles echábamos “una mirada de fe al siglo XX” que llegaba a su fin, no olvidábamos darle gracias a Dios por “la serie tan extraordinaria de los Papas del siglo XX”. De Juan Pablo II notábamos que “su incansable peregrinar a lo largo y ancho del mundo, como heraldo de la fe y de la esperanza, ha hecho del Sucesor de Pedro una figura más cercana para millones de personas, católicos y no católicos, en particular para los jóvenes. Su anuncio de Jesucristo y su defensa de los derechos humanos, también en situaciones difíciles y conflictivas, ha dado frutos concretos de paz y de esperanza” .

En efecto, el Espíritu Santo nos dio hace veinticinco años precisamente el Papa que el mundo necesitaba. Un papa eslavo preparado no sólo para acompañar los grandes cambios producidos en Europa y en el mundo con la caída del muro de Berlín, sino también capaz de prestar una “contribución decisiva para el establecimiento pacífico de un nuevo orden político, basado en el respeto y promoción de la dignidad de la persona humana, de sus derechos fundamentales y de la solidaridad, afirmada y practicada con sentido de bien común. Contribución, por cierto, realizada de modo nada político y de esencia netamente humana y cristiana” .

Juan Pablo II, yendo mucho más allá de las ideologías inmanentistas que han pretendido dar solución a los graves problemas del trabajo, de la familia y de la convivencia nacional e internacional con esquemas materialistas ocultos bajo apariencias de humanismo y de progreso, ha ofrecido de nuevo a la Humanidad las intuiciones fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia, que colocan a la persona realmente en el centro de las preocupaciones sociales, precisamente en virtud de su dimensión trascendente.

En este contexto se entiende que la voz del Papa sea todavía hoy de las pocas que no se casan de remitir a la verdad como al elemento de referencia ineludible para la convivencia en justicia y libertad. Se trata de la verdad del ser humano, de la verdad de la persona, que no puede ser ignorada si no se quiere derivar, por la vía del relativismo, al totalitarismo, manifiesto o encubierto, de la razón de la fuerza. Es este tipo de lógica inhumana la que, por desgracia, domina en las diversas manifestaciones de la cultura de la muerte, desde los atentados sangrantes contra la vida humana incipiente hasta las guerras y “la plaga funesta del terrorismo”, así denunciada por el Papa en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, que acaba de ser publicado .

Juan Pablo II es respetado e incluso admirado en todo el mundo como un verdadero “maestro en humanidad” y como un “campeón de la paz”.

¿Y qué decir de su gobierno pastoral de la Iglesia? Ante todo, que cada día que pasa está más a la vista de todos la clave que lo explica y la fuerza que lo sustenta: el amor apasionado a Jesucristo y a su Esposa, la Iglesia. De ahí, por cierto, brota también, sin fisura ni contradicción alguna, espontánea y consecuentemente, el reconocido servicio que el Papa presta a la causa del hombre. No es verdad: Juan Pablo II no es “un papa progresista en lo social y conservador en lo eclesial”. Más allá de etiquetas facilonas, pasto muy socorrido para intereses ideológicos y perezas mentales, Juan Pablo II se ha mostrado, sin más, como un Pastor bueno, martirialmente fiel a Jesucristo y a su Iglesia, y por eso mismo, insobornablemente fiel al ser humano y a su dignidad inviolable.

La fidelidad del Papa a su misión se ha concretado en la fidelidad a lo que el Espíritu Santo le ha dicho a la Iglesia en estos tiempos a través del Concilio Vaticano II. La enseñanza y la acción pastoral de Juan Pablo II ha tenido y tiene como eje la afirmación de la constitución conciliar Gaudium et spes: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” .

A esta luz el Papa ha llevado a la práctica canónico-pastoral las grandes directrices conciliares en la nueva codificación canónica y en el Catecismo de la Iglesia Católica. A esta luz ha preparado y alentado la celebración jubilar de los dos mil años de la encarnación del Verbo, verdadero tiempo de gracia que ha permitido a toda la Iglesia, y con ella al mundo, volver los ojos a Jesucristo y a la Trinidad Santa, como origen, sentido y meta de la historia. Y a esa misma luz de la pertenencia del hombre a Cristo, ha llevado adelante Juan Pablo II su magisterio moral; el diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso. A esa luz le hemos escuchado perdonar y pedir perdón. A esa luz nos ha enardecido a los católicos -obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- para una evangelización renovada de la cultura que, lejos de cualquier complejo, sabe proponer la novedad del Evangelio con la fuerza indomeñable del amor y de la paz.

Por fin, una palabra sobre España. Juan Pablo II es un papa que conoce nuestra lengua y nuestra historia, que nos entiende muy bien. Que haya venido cinco veces a visitarnos es un exponente claro de su cercanía e incluso de su admiración hacia la España católica de la que él mismo había aprendido tanto desde sus tiempos de estudiante, leyendo y estudiando a San Juan de la Cruz. La vigorosa tradición católica española ha significado no poco para el Papa. Pero, como sin duda reconocerá la historia, el presente y el futuro de la fe en nuestras Iglesias le debe mucho a Juan Pablo II.

El Papa nos ha alertado ante el peligro de olvidar las raíces cristianas de nuestra cultura y nos ha exhortado a configurar nuestro modo de vida, privado y público, de acuerdo con el Evangelio. Recordad sus palabras, pronunciadas aquí, en Madrid, en la consagración de la Catedral de la Almudena: “¡Salid, pues, a la calle; vivid vuestra fe con alegría; aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política!”. Sin imposiciones de ningún género, pero sin claudicaciones injustificadas.

El Papa nos ha alertado también frente al peligro “de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia”, en la inolvidable Vigilia Mariana con los jóvenes en “Cuatro Vientos”. Peligros que ponen en cuestión la solidaridad y que, llegan a expresarse a veces, por desgracia, como recordábamos los Obispos Españoles en Asamblea Plenaria en el lamentable fenómeno de la violencia terrorista, que tanto sufrimiento ha causado en nuestro País.

El Papa nos ha invitado a la confianza en el futuro, basada en la confianza en Dios. Ha dicho a nuestros jóvenes y a todos nosotros que merece la pena entregar la vida por la causa de Jesucristo. Y que tenemos que aportar a Europa y al mundo -como España ha hecho con tanto coraje a lo largo de su historia- el Evangelio de la esperanza.

El Papa, peregrino en el Pilar de Zaragoza en 1982 -como en otras muchas ocasiones- nos ha exhortado a “dar gracias a Dios por la presencia singular de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia en tierras españolas” y se postraba desde allí espiritualmente “ante la Madre de Covadonga, de Begoña, de Aránzazu, de Ujué, de Montserrat, de Valvanera, de La Almudena, de Guadalupe, de los Desamparados, de Lluch, del Rocío, del Pino”.

Queridos amigos, ¿no constituimos aquí una asamblea muy especial? Hemos de recurrir a la palabra autorizada y a la música selecta para poder acercarnos a dar expresión a nuestro agradecimiento y para rendir al Papa el homenaje que deseamos presentarle esta tarde al terminar el año jubilar de su pontificado.

Agradezco mucho al maestro de la palabra, al P. Raniero Catalamessa, y al maestro de la música, a D. Ignacio Yepes, con la Orquesta “Santa Cecilia” y el Coro de “San Jorge”, que se hayan prestado para ayudarnos en nuestro empeño.

Alabado sea Jesucristo.



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