La festividad de la Virgen del Carmen en el marco del Jubileo

La festividad de la Virgen del Carmen en el marco del Jubileo

Mensaje para la fiesta de la Virgen del Carmen 2000.

La festividad de la Virgen del Carmen nos convoca año tras año al lado de la Estrella de los Mares: en primer lugar, a las gentes del mar, para buscar en Ella luz, fuerza y consuelo y reforzar así el sentido cristiano de su vida; también a los demás fieles, para que nos sintamos fraternalmente cercanos a los gozos y penalidades de tantos miles de hermanos a los que, por desgracia, solemos tener demasiado olvidados. Confiamos en que el hecho de que en el año 2000 esta fiesta mariana cae en domingo será una buena ocasión para que el mensaje de este apostolado peculiar pueda llegar a mayor número de fieles.
Este año lo hacemos en el marco del gran Jubileo, unidos a toda la Iglesia, en espíritu de gratitud a Dios Padre que con amor inmenso nos ha dado como Salvador a su único Hijo, nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. La acción de gracias va unida también a la llamada a una continua conversión a Dios y a los auténticos valores del Reino predicado e instaurado por Jesucristo. El cartel tiene un evidente colorido jubilar: el faro que ilumina a los marinos y pescadores en las aguas agitadas no es otro que el Hijo de la Virgen, la luz que ilumina a todos. María, Madre solícita, atenta siempre a las necesidades de sus hijos, como en las bodas de Caná, nos invita con su escapulario jubilar a acoger con confiada docilidad la palabra salvadora de su Hijo: «Haced lo que El os diga». Reafirmemos en El nuestra confianza, con la bellísima profesión de fe de Pedro, el pescador de Galilea: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna».
La celebración del Jubileo junto al Santo Padre
A primeros del pasado mes de junio, representantes de las gentes de mar del mundo entero tuvimos la dicha de reunirnos en Roma para celebrar el Jubileo: primero, la tarde del día 1, en las basílicas de Santa María de los Angeles y de Santa María la Mayor, participamos en la catequesis y entramos por la puerta santa; al día siguiente, en la plaza de San Pedro, participamos en la solemne Eucaristía, presidida por el Santo Padre, juntamente con muchos miles de hermanos encuadrados en el variado mundo de la movilidad humana: migrantes e itinerantes. Unos encuentros cargados de emoción religiosa, que nos ayudaron, sin duda, a agradecer a Dios el don de la fe cristiana y a intensificar la fidelidad a nuestra vocación al servicio del Reino de Dios. Significativa fue también la peculiar peregrinación de la nave que, con el patrocinio del Apostolado de Mar, había zarpado de Tierra Santa y, siguiendo la ruta de San Pablo, arribó al puerto de Fiumicino (Roma), habiendo hecho escala en los puertos visitados por el Apóstol de las Gentes. Traía a bordo una barca de madera, construida sobre el modelo de la que recientemente se encontró en el fondo del lago de Tiberíades y era, al parecer, del tiempo de Jesús y de los Apóstoles. En el momento de las ofrendas, esta barca fue entregada al Papa, para subrayar así la singular presencia del mar en la vida apostólica del Señor y en la difusión del evangelio por todo el mundo desde los primeros tiempos.
El Arzobispo Mons. Fumio Hamao, Presidente del Pontificio Consejo de la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes, en sus palabras de presentación de los diversos grupos, se había referido a las gentes del mar como «a menudo invisibles, pero que llevan en el corazón tanta soledad durante las interminables horas transcurridas en la inmensidad de las aguas y un profundo deseo de sentirse parte viva de la Iglesia y de la humanidad».
El Papa, en la homilía de la Eucaristía, comentando las palabras de Jesús en el evangelio proclamado en la liturgia de la Palabra (Mt 25, 31-46), nos recordaba a todos que nuestro Jubileo expresaba con singular elocuencia el puesto central que en la Iglesia debe ocupar la caridad de la acogida, ya que, desde el momento en que el Hijo de Dios ha puesto su tienda de campaña en medio de nosotros, todo hombre ha llegado a ser, en alguna manera, el lugar de encuentro con El. «Acoger a Cristo en el hermano y en la hermana necesitados es la condición para poder encontrarlo cara a cara y en un modo perfecto al final del camino de esta tierra», nos dijo textualmente el Papa. Haciendo suyas unas palabras de su predecesor Pablo VI, Juan Pablo II nos recordó que «para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie es excluido, nadie es lejano». Y añadió: «En una sociedad como la nuestra, compleja y marcada por múltiples tensiones, la cultura de la acogida pide conjugarse con leyes y normas prudentes y de visión amplia, que permitan valorizar lo positivo de la movilidad humana, previniendo sus posibles manifestaciones negativas. Todo ello ha de hacerse de tal forma que toda persona sea efectivamente respetada y acogida». Mensaje válido para el amplio mundo de los migrantes e itinerantes, con aplicación necesaria también para nuestras gentes del mar. Fruto de este generoso espíritu de brazos abiertos para todos son los diversos esfuerzos que el Apostolado del Mar viene haciendo a bordo de las naves y en los numerosos hogares llamados «Stella Maris», acogiendo y sirviendo con amplitud de miras a marinos y pescadores, sin distinción de razas, lenguas, credos y nacionalidades.
Algunos graves problemas de las Gentes del Mar
La fiesta de la Virgen de Carmen nos invita, un año más, a ser cada vez más sensibles a los muchos y graves problemas de las gentes del mar para contribuir a su pronta solución. Siendo como son hermanos nuestros, ¿cómo vamos a poder olvidar a los más de 2 millones de marinos y pescadores de altura, a esos otros 30 millones de pescadores de bajura, y a tantas otras personas que trabajan sobre las plataformas petroleras o prestan sus servicios en los grandes cruceros? Ellos y sus familias deben estar muy en el corazón de la Iglesia.
La marina mercante, en su amplia variedad de buques de todo tipo y tamaño, va asimilando rápidamente los progresos de la técnica y tiende a una creciente especialización. Sin embargo, hay que lamentar, en términos generales, la profusión de las banderas llamadas de conveniencia, ya que de ello deriva una grave problemática social y laboral, con elevados índices de sinistralidad y de accidentes, e incluso con abandonos de los buques en puertos extranjeros, dejando a sus tripulantes en la más cruel indefensión .
La flota pesquera sigue teniendo graves problemas: caladeros antes tradicionales son hoy de difícil acceso, o se encuentran agotados o en vías de serlo, con la inevitable reducción del número de barcos y de pescadores y la necesidad de sufrir las consecuencias, muchas veces negativas, de difíciles e largas negociaciones con otros países. La avanzada tecnología y la imprudente utilización de artes y prácticas destructoras siguen agudizando la crisis de los recursos naturales, lo que conlleva la necesidad de tener que recurrir a paros biológicos y a excepcionales medidas protectoras. En estos procesos a menudo las personas de los pescadores y de sus familias no ocupan el interés preferente, como pide su dignidad.
Ambos mundos, mercante y pesca, aunque tan distintos entre si, tienen, sin embargo, una problemática común en muchos aspectos: más horas de trabajo diario que lo habitual hoy entre los trabajadores en tierra, largas permanencias en la mar, inseguridad en las ganancias, falta de comunicación con sus familias a pesar de los medios modernos…La familia, por la ausencia del padre y la soledad de la madre y de los hijos, sigue siendo el gran problema de las gentes del mar, aunque es gozoso constatar que, a pesar de estas dificultades, que la familia marinera se mantiene hoy, por lo general, más estable y unida que el resto de las familias. Una mirada más profunda nos llevaría a descubrir un materialismo destructor que va minando ricos valores humanos y cristianos de numerosas familias del mar, situación más vulnerable por la lejanía y pasividad de muchas de nuestras comunidades cristianas, que en buena medida siguen viviendo de espaldas a la mar y a sus gentes.
Esperanza y compromiso
Quiera Dios que la celebración de la fiesta de la Virgen del Carmen en el marco de este Jubileo estimule a toda la Iglesia para que, a través de las familias y de las diversas comunidades cristianas, las gentes del mar se integren en los planes de evangelización; se susciten vocaciones de sacerdotes y religiosos y, sobre todo, de laicos, comprometidos a anunciar y a vivir los valores evangélicos a bordo de las naves y en los puertos; y que, uniendo nuestros esfuerzos con tantas iniciativas nobles, contribuyamos todos a la construcción de un mundo más justo y solidario. No es poco lo que ya se está haciendo, pero, sin duda, la tarea que nos queda por hacer es inmensa. Ciertamente, superior a nuestras fuerzas. Pero contamos con el corazón bueno de nuestro Dios, Padre de todos, aunque con una predilección especial para los más necesitados. A El acudimos confiadamente, por medio de su Hijo Jesucristo. Contamos también con la poderosa intercesión de la Virgen del Carmen, a la dirigimos esta bella plegaria de un marino:
 

«Cuando, lejos de nuestros hogares,
recordamos a nuestros seres queridos y sentimos la soledad,
Tú, Señora, Reina de los mares, nos unes a todos bajo tu manto.
Porque en la mar estás siempre Tú y nuestro corazón lo siente,
queremos decirte: Gracias, Señora, por ser nuestra Madre,
nuestra Estrella, nuestra Luz y nuestra Ancora de salvación»

 
 

+ Carmelo Echenagusía, Obispo Aux. de Bilbao
Promotor del Apostolado del Mar

Bilbao, 13 de junio de 2000