Las migraciones en un mundo justo y en paz

ceballosatienzaantonio

Las migraciones en un mundo justo y en paz

ceballosatienzaantonioMis queridos diocesanos:

Una de las llamadas de atención más importantes e interpelantes en nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta nos llega siempre en la Jornada del DIA DE LAS MIGRACIONES.

El Santo Padre Juan Pablo II ha presentado la Jornada del Emigrante y el Refugiado de este año 2004 con el tema “Migraciones desde una óptica de paz”. En esta ocasión se quiere centrar la atención de la opinión pública, pero sobre todo de la comunidad eclesial, sobre aquella movilidad humana o movimiento migratorio que se hace de manera forzada a causa de la guerra, de la violencia, del terrorismo, de la opresión, de la discriminación y de la injusticia. “Los medios de comunicación nos hacen llegar imágenes de violencias, conflictos armados y tragedias que perturban profundamente a países y continentes, especialmente a los más pobres. Nos estamos acostumbrando a ver la peregrinación desconsolada de los desplazados, la huida desesperada de los refugiados, el desembarque de emigrantes en los países más ricos, en busca de soluciones para sus muchas exigencias personales y familiares.” Surge entonces la pregunta: ¿cómo hablar de paz ante estas situaciones en la Tierra? ¿Cómo puede el fenómeno de las migraciones contribuir a construir la paz?

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones también nos invitan a mirar las migraciones desde una óptica de paz con el lema “Iguales o distintos,…en paz”. Aún estamos lejos de descubrir los valores comunes a toda cultura, lejos de ser capaces de unir y no de dividir a fin de llegar a una convivencia de las diferencias. Si las identidades culturales no son respetadas, si no las guardamos, no podremos hacernos respetar. Y otro tanto diría respecto de la identidad religiosa sabiendo que el ecumenismo comienza cuando se piensa que los otros también comparten la verdad, la santidad y los dones de Dios.

1.- La inmigración de la desesperación.

¿Es que no vemos con bastante frecuencia a hombres, mujeres y niños abrazando nuestras costas, cobijados en el relente de la noche, a menudo engañados por las mafias, buscando trabajo, libertad, pan, justicia y paz?

En efecto, a diario somos testigos directos en nuestros aledaños de inmigrantes que en situaciones inhumanas, y hasta con riesgo de su propia vida, se acercan a nuestra tierra. Aunque el análisis de las causas que provocan esta inmigración de la desesperación es complejo, hay dos aspectos que sobresalen al contemplar esta realidad. De una parte, las pésimas condiciones de vida de los países de donde proceden, junto con el encandilamiento del consumo de los países que les recibimos o mal recibimos. De otra parte, el sistema económico que impera en nuestra sociedad moderna necesita y utiliza la mano de obra de los inmigrantes como bolsa fluctuante a su antojo.

2.- Una mirada justa y solidaria para convertir nuestra tierra en una casa común.

En nuestra sociedad, en estos últimos años, se han producido cambios trascendentales. Un importante descenso del éxodo rural que era una corriente migratoria interna que venía a nutrir las necesidades de mano de obra en el mercado laboral español, tanto en la construcción y en la industria como en los servicios. El progreso en la formación académica de la población, con la ampliación de los estudios superiores a todas las capas sociales. El desarrollo de los sistemas de protección social. La incorporación de la mujer al mundo laboral, con el abandono de las tareas domésticas. El envejecimiento de la población, que incrementa el número de personas necesitadas de atención y cuidados. Todas estas situaciones se hallan en la base del aumento de la demanda de personal para determinados trabajos y ponen en evidencia las dificultades de satisfacerla con trabajadores autóctonos.

Junto a estos cambios sociales descritos, se han ido produciendo otras transformaciones: la creciente presencia de trabajadores inmigrantes y de sus familias. Muchos, la inmensa mayoría, integrados en nuestra sociedad y aportando lo mejor de sí mismos para el bien común. Otros, conforman una bolsa importante en situación de irregularidad documental que les aboca al sufrimiento y a la más absoluta desprotección, con el riesgo de la exclusión o de ser mano de obra clandestina a merced de la economía sumergida. Estas personas pueden llegar a vivir un auténtico drama humano y es uno de los problemas más graves y que requieren de una urgente solución.

Es necesario que tengamos una mirada justa y solidaria ante toda esta realidad. No sólo se trata de una mirada compasiva, sino fundamentalmente de que se pueda dar una respuesta desde las claves de la justicia, de la dignidad y de la solidaridad.

Puedo decirlo – evidentemente por distinto motivo – con tanto orgullo como con pena, que pocos ciudadanos en España tienen tantas razones como nosotros para no quedar indiferentes ante las condiciones, a veces tan infrahumanas, en que acceden a nuestras costas los inmigrantes. Ni nuestros ojos se acostumbrarán a las lágrimas, ni nuestra tierra ni nuestro mar a darles sepultura. Y debo decirlo sin rodeos, en medio de la escasez de recursos de que disponemos, yo sé bien que nuestros cristianos más comprometidos, nuestras organizaciones comunitarias, nuestra Delegación Pastoral de Migraciones y un nutrido grupo de sacerdotes, religiosas y religiosos están demostrando sin desmayo la fuerza de una fe sin fronteras. Las carencias de quienes llegan y la acogida de quienes les reciben se anudan gracias a la fuerza del Evangelio de Jesucristo. Ellos, samaritanos del siglo XXI, nos empujan a velar, sabiendo que son “bienaventurados los que trabajan por la paz”.

Si el sueño de un mundo en justicia y en paz fuera compartido por muchos, si se valorizara la aportación de los inmigrantes o de los refugiados, la Humanidad podría convertirse en familia de todos y nuestra Tierra en una casa común.

3.- El derecho a vivir en justicia y en paz en la propia patria.

Así es. Juntos podemos y de
bemos construir una cultura de justicia y de paz, como ya lo ponía de manifiesto el profeta: “La paz es fruto de la justicia”. Ahora bien, crear condiciones concretas de justicia y de paz, en lo que concierne a los emigrantes y refugiados, no sólo es defender y respetar el derecho a emigrar, ya formulado por Juan XXIII en la encíclica Mater et Magistra, significa también comprometerse seriamente para salvaguardar ante todo el derecho a no emigrar, es decir, a vivir en paz, en justicia y en dignidad en la propia patria.

Se hace necesaria una más justa y más solidaria cooperación internacional, un comercio mundial más equitativo, junto a una mejor administración local y nacional de los países afectados.

4. La justicia y la paz se besan

Hermanas y hermanos, ojalá se cumplan en nosotros las palabras del salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor: ‘Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón’…, la justicia y la paz se besan”. También las lecturas bíblicas de este Domingo, Día de la Migraciones, nos recuerdan, en primer lugar, la denuncia del profeta Amós cuando habla del rey David que se sentaba tranquilamente a cantar a su Dios mientras el pueblo padecía de hambre. Podemos escucharla como una llamada a nuestras comunidades a no separar la fe y la oración de lo que ocurre en la vida de cada día y, sobre todo, de las vivencias de aquellos que más sufren y que están junto a nosotros. En segundo lugar, el apóstol San Pablo, en su Carta a Timoteo, nos anima con un mensaje claro para que nos comprometamos en alcanzar la justicia. Afirma que la raíz de todos los males es el dinero y que algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores.

Finalmente, el texto evangélico nos muestra a dos personas: Lázaro – con su nombre propio, compendio de privación y de sufrimientos físicos y morales – y un rico – sin nombre -, que había vivido en la opulencia y el desprecio al desvalido, haciendo oídos sordos a cuanto Moisés y los profetas habían inculcado sobre el trato al pobre. Suerte tan distinta y tan distante que no es compensada ni siquiera por el recuerdo que el rico hace de sus hermanos aún vivos, ¡pero ya era tarde!

5. Jesús nos señala el camino a recorrer

¿Y será tarde para nosotros? Con su vida y con su muerte en la cruz, Jesús nos mostró el camino a recorrer. Con su resurrección nos ha asegurado que el bien triunfa siempre sobre el mal, y que todo esfuerzo en comunión con su Palabra contribuye a la realización del designio universal de salvación.

Confiamos, vosotros y yo, en la capacidad de la fe para transformar la vida humana. La fe puede salvarnos a nosotros y a nuestro mundo sólo si se trata de una fe auténtica, no de un manantial incógnito de energía al servicio de cualquier proyecto utópico. Sé bien que ante tanto por hacer, nosotros no estamos dormidos. Pero, acaso podemos y debemos hacer más: y es lo que no nos deja tranquilos ni a vosotros ni a mí. Desde la experiencia de una fe compartida, que nos lleva a acoger a quienes se sienten rechazados, rezo por y con vosotros a fin de lograr un nuevo impulso: el de un mundo justo y en paz en el que no hiciera falta el trasiego de una dolorosa inmigración.

Que Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, que sabe de migraciones, nos acompañe ahora y siempre.

Os recuerda con afecto y cariño.

Antonio Ceballos Atienza
Obispo de Cádiz y Ceuta