Los niños enfermos

Los niños enfermos

Día del enfermo 2001

La campaña del Día del Enfermo del 2001 ha elegido a «Los niños enfermos» como tema de su reflexión y propuesta a la comunidad cristiana y a la sociedad.

Pudiera pensarse que el desarrollo médico y técnico del momento habría acabado ya con una realidad como ésta. Y no es pequeño el favor que la humanidad debe al progreso social en cuanto a la salud y, muy concretamente, a la salud de la infancia. Pero, desgraciadamente, no ha acabado con la incidencia de la enfermedad en los niños.

Es más, este gran desarrollo científico –que, por otra parte, ha conseguido rebajar considerablemente el índice de mortalidad infantil- provoca, indirectamente, otro tipo de enfermedades que afectan de modo especial a los niños. La obstetricia, la neonatología y la pediatría actual han conseguido que niños muy prematuros tengan posibilidades reales de vivir. Algunos de ellos, no obstante, lo logran asumiendo patologías propias de dicha inmadurez que, al menos en algunos casos, significarán notables limitaciones en su vida.

Pero también continúan afectando a la infancia muchas patologías tradicionales y otras más actuales, aun cuando hayamos de felicitarnos por la calidad asistencial que nuestro sistema sanitario presta a los niños. Tanto el cáncer, como el SIDA, siguen teniendo en muchos casos a los niños como sujetos pasivos.

Aparte de todo ello, es fácil constatar que una sociedad como la nuestra genera una serie de enfermedades derivadas de los ritmos de vida, los tipos de comida, la competitividad, la violencia, los arquetipos estéticos que nos marcan los medios de comunicación, las consecuencias de tantas familias desestructuradas… También afectan a nuestros niños la enfermedad mental -incluso la depresión-, la anorexia, la bulimia, la hiperexcitación nerviosa… No hemos de olvidar la influencia negativa que tiene en su psiquismo frágil un hogar desestructurado o conflictivo, como acredita la experiencia y se manifiesta especialmente en su capacidad de interés y atención escolares y, en general, en sus reacciones, en cierto modo enfermizas, producidas por esas heridas «familiares», que pueden dejar huellas para su futuro. Los niños son, por principio, sujetos en proceso de formación, sus defensas son todavía escasas y, muchas veces, en una sociedad como la nuestra logran la integración a costa de su propia salud.

No podemos olvidar en este momento a tantos millones de niños que en el mundo actual están abandonados a su suerte y, por supuesto, a su enfermedad. La Iglesia se solidariza siempre y apela a la sensibilidad de quienes nos hallamos en los países desarrollados siendo testigos de realidades tan crudas como las que se dan a escasas horas de avión de nuestro domicilio. Se duele por tantos niños afectados por el hambre, por tantos niños que mueren por carecer de una vacuna o de un tratamiento adecuado, gasto que, para nosotros, es insignificativo.

Si la enfermedad del niño supone frecuentemente siempre una interpelación al Dios de la vida y del amor, la enfermedad –sobre todo, cuando ésta es grave y a veces mortal- agudiza el grito del hombre al Creador preguntando por el sentido del dolor y, en definitiva, por el sentido de la vida. Se ha dicho muy acertadamente que el sufrimiento del inocente es la gran causa del agnosticismo y ateísmo ilustrado. Pero no es menos cierto que, por paradójico que pueda parecer, a otros muchos les ha ayudado esa extrema debilidad a encontrarse con el Dios de la vida, sobre todo, cuando han conectado con familias, con instituciones y profesionales que han hecho de su vida un proyecto de cuidado y de servicio.

Dios se hizo hombre en Jesús y, consecuentemente, asumió la dimensión de niño. Un niño que, como suponemos, vivió las contingencias de esa realidad precisamente en una sociedad como la suya, que no era especialmente respetuosa con sus derechos. Quizá por ello, Jesús tuvo una especial predilección por los niños, a los que bendijo, curando a algunos, y poniéndolos como paradigma de la salvación: «si no os hacéis como ellos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt. 18,3)

La Iglesia Madre ha manifestado siempre una especial sensibilidad hacia los más pequeños. Los defiende desde antes de nacer; lucha por una vida justa; para ellos exige una formación auténticamente integral; les dedica un gran esfuerzo en su dimensión evangelizadora promoviendo una catequesis que les ayude a descubrir en su vida la dimensión de la fe como valor fontal de su vida. A ellos ha dedicado y continúa ofreciendo sus servicios de salud. Nos sentimos solidarios con las prestaciones que tantas organizaciones e instituciones de Iglesia están ofreciendo a la infancia del Tercer Mundo, con centros de acogida a niños recién nacidos y abandonados por sus padres, con centros de salud y hospitales materno-infantiles a ellos dedicados.

Pero es mucho lo que todavía falta por hacer. Mientras un solo niño esté desnutrido o carezca de la asistencia sanitaria adecuada, la Iglesia deberá alzar su voz y prestar su colaboración, en la medida de sus posibilidades, para intentar remediar esta situación.

En este Día del Enfermo 2001, hacemos una llamada comprometida a:

  • A la sociedad, para que preste especial atención a uno de los sectores más débiles de la misma, muy importante.
     
  • A las familias, para que cuiden de sus hijos en un ambiente acogedor y hogareño y les eduquen en y para una vida auténticamente sana. A las que acogen en su núcleo a un niño enfermo, les transmitimos nuestra solidaridad y nuestro afecto. El cuidado y el amor que le trasmiten es signo evidente de que «el Reino ya está en medio de nosotros».
     
  • A los profesionales de la salud, agradecemos su esfuerzo y dedicación por el cuidado y la atención de nuestros pequeños. Sería de desear que esta preocupación vaya en aumento.
     
  • A las comunidades cristianas, pedimos sensibilidad especial para integrar a los niños enfermos y a sus familias en la vida de las m
    ismas. Les invitamos también a incorporar en su acción catequética la formación para vivir la enfermedad, humana y cristianamente, en clave de humanización y de evangelización.

Que la celebración del Día del Enfermo sea para todos un momento propicio para revisar nuestra actitud, reconocer nuestros fallos y asumir compromisos que impulsen a nuestras comunidades cristianas a ser, en medio de nuestra sociedad, «hogares de salud» para todos y, en especial, para los niños enfermos.

Y que María, Madre de Dios e intercesora nuestra, bendiga nuestros esfuerzos y nos llene de sus dones para que, con una entrega más generosa, seamos portadores de consuelo y de esperanza. Y seamos, en definitiva, servidores de la vida en el mundo de la salud y de la enfermedad.

 

LOS OBISPOS DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE PASTORAL

José Vilaplana Blasco, obispo de Santander
José Delicado Baeza, arzobispo de Valladolid
Rafael Palmero Ramos, obispo de Palencia
Antonio Deig Clotet, obispo de Solsona
Jesús García Burillo, obispo auxiliar de Orihuela-Alicante