Mensaje con ocasión de la Semana de Oración por la Unidad 2000

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Mensaje con ocasión de la Semana de Oración por la Unidad 2000

logo2000«Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en Cristo» (Ef 1,3). Con estas gratificantes palabras el apóstol san Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Jesucristo y alabar a Dios por la obra salvadora realizada en favor de todos los hombres. También, con estas palabras, los obispos invitamos a todos los cristianos en los comienzos del año 2000 a bendecir a Dios, que nos ha salvado por Cristo, y en su Espíritu hemos sido enriquecidos con sus dones. Nos ha elevado a la dignidad cristiana por el bautismo que nos une y fortalece en la tarea común de alcanzar la unidad. Somos sus hijos porque tenemos la misma vida que brota del amor de Dios, y somos, en consecuencia, hermanos que compartimos una misma casa, su Iglesia.

La gratitud a Dios es la mejor respuesta que los cristianos hemos de dar en este año jubilar de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo: Él, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13,8), anuncia su mensaje, comunica su vida, nos une por su amor y nos reúne en su Iglesia. Pero todavía no podemos participar juntos en la misma comunión eucarística porque no hemos alcanzado la plena comunión en la fe.

El milenio está a punto de terminar. Comenzó con la separación en 1054 entre las Iglesias de Oriente y Occidente para vivir en el siglo XVI la grave ruptura de la cristiandad occidental que llega hasta nuestros días. Muchos esfuerzos se han hecho por restablecer la unidad entre los cristianos, pero no hemos logrado sentarnos juntos en la mesa de esta Iglesia peregrina. No seremos dignos de participar en el banquete del Reino si no nos esforzamos por la unidad eclesial.

Cada año, y de modo especial la semana del 18 al 25 de enero, recordamos nuestro bautismo, que crece y se desarrolla en el tronco común de la Iglesia única de Jesucristo. Esta convicción se ve empañada cuando al mirarnos unos a otros nos descubrimos separados, alejados. Aunque constatamos con gozo las muchas iniciativas que las distintas Iglesias cristianas han emprendido unidas para dar testimonio común de Cristo y servir a los hombres, hemos de seguir por este camino y superar viejos prejuicios, crecer en el conocimiento fraterno y perseverar en la oración de súplica por la unidad.

El reciente acuerdo sobre la doctrina de la justificación, alcanzado por la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica después de tres décadas de diálogo teológico, constituye un hito de gran importancia en el camino hacia la unidad visible de la Iglesia. Damos gracias a Dios por ello, que así confirma nuestra esperanza de lograr la unidad deseada. Aunque son muchos los puntos doctrinales que aún separan a católicos y luteranos, este acuerdo estimula nuestro compromiso de trabajar sin descanso por la unión de todos los cristianos. Este estímulo se ve, además, reavivado por el modo como van solucionándose las dificultades surgidas años atrás en el diálogo entre ortodoxos y católicos. Deseamos ver definitivamente superados los recelos levantados entre ambas Iglesias hermanas, y así se lo pedimos al Señor.

El cartel de la oración por la unidad en este año 2000 transmite la idea de que la unidad es tarea de todos. Muchas manos, distintas manos que se cruzan y entrecruzan nos invitan a la alegría de vernos juntos. No son manos que se saludan, sino que se estrechan como expresión de buenos sentimientos. La unidad no es algo que hay que esperar a que llegue, no es estar «mano sobre mano». La unidad plena llegará cuando se junten, no solamente las manos, sino las mentes y los corazones, cuando tengamos un mismo pensar y un mismo sentir (1 Cor 1,10; Act 4,32).

Terminamos esta reflexión exhortando a todos los cristianos a seguir trabajando juntos en no pocas cosas que podemos y hemos de hacer en común. Pedimos a los teólogos que sigan reflexionando y buscando soluciones en coherencia con la fe cristiana. Pedimos a los que tienen responsabilidades pastorales que promuevan con todas las fuerzas una seria formación, conociendo los límites que nos han impuesto las separaciones, pero con la esperanza de alcanzar la unidad que nunca es imposible. Pedimos a todos que nunca falte la oración en jornadas especialmente dedicadas a recordar que debemos estar unidos. Para ello hemos de convencernos de que la separación no es algo insuperable, que siempre hemos de acudir al Señor en la oración para que, unidos, el mundo crea (Jn 17,21).

Con nuestra bendición.

+ Agustín, Arzobispo de Valencia
+ Jaume, Obispo de Girona
+ José, Obispo de Tui-Vigo
+ Adolfo, Obispo de Ávila
+ Jesús, Obispo auxiliar de Orihuela-Alicante
+ Ambrosio, Obispo emérito de Barbastro-Monzón