Mensaje del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española tras la muerte del Papa Juan Pablo II

Mensaje del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española tras la muerte del Papa Juan Pablo II

Todos los miembros del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, junto con otros muchos hermanos en el episcopado de nuestra Conferencia y del mundo entero,  hemos asistido en Roma a los funerales por Su Santidad el Papa Juan Pablo II. Nos hemos unido así al dolor y a la esperanza de la Iglesia y de la Humanidad, que se hicieron presentes en la Plaza de San Pedro de un modo nunca visto hasta ahora a través de numerosísimas representaciones oficiales y de millones de peregrinos, sobre todo jóvenes. Hemos vuelto humanamente impresionados y espiritualmente confortados; con el alma llena de gratitud a Dios por el inmenso regalo que han sido la persona y el servicio de Juan Pablo II.

El Papa ha muerto con fama de santo. En los últimos meses de su vida hemos visto cómo el hombre que había comenzado su pontificado con una vitalidad extraordinaria había ido perdiendo las fuerzas físicas y cómo el pregonero universal del Evangelio se había quedado incluso sin aquella voz fuerte y bella con la que durante años había hecho resonar por todo el mundo las palabras mismas de Jesucristo: “¡No tengáis miedo!”. Juan Pablo II murió anunciando el Evangelio de la Vida con la elocuencia suprema de la propia vida entregada hasta su último aliento al Señor y a su Iglesia. Fue su último gran servicio a la Humanidad. Fue la última verificación de su fama de hombre de Dios.

 A lo largo de sus veintiséis años de ministerio, Juan Pablo II desplegó una actividad apostólica inmensa. Su testamento espiritual nos confirma que centró su misión en lo que constituye el corazón de la obra evangelizadora de la Iglesia: el anuncio de Jesucristo, el Hijo de de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para la salvación de todos. El Gran Jubileo de la Encarnación, en el año 2000, constituyó la ocasión providencial que orientó el ministerio del Papa en este sentido. Al mismo tiempo, Juan Pablo II llevó adelante con múltiples iniciativas  y hondo discernimiento la aplicación del Concilio Vaticano II, acontecimiento eclesial que él entendía como “un nuevo adviento” que propiciaría una renovada presencia viva de Cristo, Luz de los pueblos. Sus cinco visitas apostólicas a España han supuesto para nuestras Iglesias un impulso decisivo en la verdadera renovación conciliar. España evangelizada podrá ser así también evangelizadora, como el Papa deseaba.

Al proclamar tantos santos y beatos, muchos de ellos contemporáneos y compatriotas nuestros, entre ellos, significativamente tantos mártires del siglo XX de todas partes del mundo, Juan Pablo II nos ha recordado a obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos que la santidad es posible para todos y que es necesario aspirar a ella con determinación por los distintos caminos de seguimiento del Señor en fidelidad a las diversas vocaciones y misiones que enriquecen a la Iglesia. El mundo necesita santos. Podemos decir que lo hemos visto estos días de manera especial. Recogemos el desafío y la invitación que para todos supone la palabra y la vida de Juan Pablo II. Descanse en paz.

A la intercesión de María, la Madre del Redentor, que permanecía en oración con los apóstoles tras la resurrección del Señor, encomendamos a la Iglesia en estos momentos y, en particular, la elección del nuevo Papa. Bajo su protección materna, miramos con confianza al futuro.