“Migraciones y juventud. Una oportunidad para la sociedad y la Iglesia en Europa”

“Migraciones y juventud. Una oportunidad para la sociedad y la Iglesia en Europa”

Del 21 al 24 de septiembre de 2006, se reunieron en Sigüenza (Guadalajara), invitados por Mons. José Sánchez, Obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, los directores nacionales y obispos promotores de la pastoral de las migraciones, representantes de 25 Conferencias episcopales de Europa.
El encuentro organizado por el Consejo de Conferencias episcopales de Europa (CCEE), con la asistencia de su Secretario General, Mons. Aldo Giordano, ha estado presidido por Mons. Louis Pelâtre, Vicario Apostólico de Estambul (Turquía) y Presidente de la Comisión de Migraciones del CCEE.
El tema “Migración y Juventud: una oportunidad para la Iglesia y la Sociedad en Europa” ha sido analizado a la luz de aportaciones sociológicas, teológicas y pastorales de expertos y ha sido profundizado a la luz de la experiencia de los participantes. Representantes de organizaciones católicas internacionales y de la Santa Sede han estado también presentes en esta reflexión.
Los jóvenes migrantes constituyen una realidad ineludible de nuestras sociedades. Son diversos por sus orígenes culturales, étnicos y religiosos; por su historia migratoria o por la de sus familiares. Algunos son hijos de inmigrantes, conocidos como “de la segunda o tercera generación”, nacidos en los países de acogida; otros llegan de manera regular para hacer aquí los estudios, trabajar o unirse a sus familias; y otros llegan de manera irregular o son solicitantes de asilo para escapar de la pobreza o de la violencia generalizada de sus países; Hay también niños, chicas jóvenes o muchachos que han caído en la red de traficantes de seres humanos.
Por el hecho de encontrarse en la confluencia de culturas y de historias humanas diversas, los jóvenes juegan un papel capital en el proceso de cohesión y de integración sociales: ellos son puentes entre culturas, artesanos de un pueblo nuevo.
No obstante, sus identidades complejas, sus múltiples pertenencias –entre las cuales está la pertenencia religiosa o sus orígenes alejados de las raíces europeas- sirven a menudo de pretexto para considerar a un número importante de ellos como elementos marginales o extraños a nuestras sociedades e Iglesias.
Los jóvenes migrantes –nacidos en los países de acogida o recién llegados- cuando quieren participar de manera activa en la vida de la sociedad,  se enfrentan a menudo a numerosas dificultades: discriminación, actitudes racistas, exclusión del mercado de trabajo y de la vida política, formación escolar y profesional insuficientes, falta de protección, etc.
Sin embargo, estos jóvenes representan para las sociedades de Europa y para las Iglesias el desafío de superar el miedo de la diferencia, de la novedad. Ellos son, en efecto, signos y actores de un pueblo nuevo siempre en proceso de construcción. Son los sujetos de sus vidas.
Los jóvenes cristianos son, por su parte, signos y actores de una Iglesia testigo de la novedad del Señor que, por su muerte y resurrección, ha engendrado una fraternidad universal. Son nuestro presente, el presente de la Iglesia y de la sociedad.
En este sentido, los participantes se han interrogado sobre la manera en la que nuestras Iglesias pueden asumir la oportunidad de responder a las aspiraciones e interrogantes de los jóvenes migrantes. Al final del encuentro y conscientes de sus responsabilidades al servicio de la misión de la Iglesia, proponen las recomendaciones pastorales siguientes:
Las Iglesias de los países de acogida, de tránsito y de salida de los jóvenes migrantes están llamadas a responder, en un espíritu de diálogo y de colaboración, a los gritos de desamparo social y espiritual de estos jóvenes, de manera particular de los que están en situación irregular o son víctimas de los traficantes, buscando con los diversos responsables civiles y políticos las soluciones más humanas.
Los jóvenes migrantes piden que se creen “espacios de fraternidad” donde puedan recuperar la autoestima, volver a tomar conciencia de su identidad, crecer en la fe,  alimentarse espiritualmente y encontrar su lugar en la sociedad y en la Iglesia.
Es importante y necesario valorar, en estos “espacios fraternos”, las cualidades y dinamismos humanos y espirituales de estos jóvenes y reconocer en ellos como nuevas tareas las de asumir responsabilidades eclesiales y sociales.
 
CONSILIUM CONFERENTIARUM EPISCOPORUM EUROPAE (CCEE)



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