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Miércoles de la XXII semana del tiempo ordinario

 

 

Lc 4, 38-44. Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado. 

Al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.

Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

 

Otras lecturas del día:

– 1 Cor 3, 1-9. Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios. 

-Sal 32. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad. 

 

 

2018-09-05T08:23:36+00:00sábado 1 septiembre, 2018|

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