XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

La oración a Dios, especialmente la de petición, debe estar basada en la máxima confianza en Dios: «Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (ant. de entrada). Pero muchas veces nos desanimamos porque parece que Dios no nos escucha. Por ello debemos oír con atención el Ev. de hoy, en el que el Señor nos dice que debemos orar siempre sin desfallecer. Pero muchas veces nos falta la fe, y serán ella y la confianza en Dios las que nos ayudarán a orar siempre, máxime cuando tenemos por mediador no ya a Moisés (cf. 1 lect.) sino a Jesucristo, sabiendo que Él nos guarda de todo mal ahora y por siempre (cf. sal. resp.). Pidámosle todos los días que aumente nuestra fe. (Comentario del Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019).


Aleluya, aleluya, aleluya
La palabra de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón.

Lc 18, 1-8. Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él.

En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Otras lecturas del día:

– Éx 17, 8-13. Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a Israel en Refidín. Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón de Dios en la mano». Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; entretanto, Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Y, como le pesaban los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su pueblo, a filo de espada.

– Sal 120. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;

no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;

de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

– 2 Tim 3, 14 – 4, 2. El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.

Permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.

Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.