XXX Domingo del Tiempo Ordinario

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

La liturgia de hoy nos ofrece elementos que nos orientan hacia la meditación en la vida eterna y el fin de los tiempos. En la oración colecta pedimos conseguir las promesas del Señor, amando sus preceptos. Así lo expresa también la 2 lect. con estas palabras de san Pablo: «He luchado el noble combate . Me está reservada la corona de la justicia». Y la celebración de la eucaristía es ya el comienzo y el anticipo de la vida eterna (cf. orac. después de la comunión). Pero, siendo esto así, nadie puede presumir de tenerla segura, ya que es un don de Dios que debemos pedir con humildad, puesto que solo Dios es santo y nosotros somos unos pobres pecadores. Olvidarlo nos llevaría a la soberbia espiritual de despreciar a los demás, actitud denunciada por Jesús en el Ev. de hoy: el publicano bajó a su casa justificado; el fariseo no. (Comentario del Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019).


Aleluya, aleluya, aleluya
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 

Lc 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Otras lecturas del día:

– Eclo 35, 12-14. 16-19a. La oración del humilde atraviesa las nubes.

El Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas. Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento. Quien sirve de buena gana, es bien aceptado, y su plegaria sube hasta las nubes. La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo lo atiende, juzga a los justos y les hace justicia. El Señor no tardará. 

Sal 33. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

El afligido invocó al Señor,
y él lo escuchó.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.


E
l Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.

– 2 Tim 4, 6-8. 16-18. Me está reservada la corona de la justicia.

Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron. ¡No les sea tenido en cuenta! Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.