XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy, la liturgia de la Palabra está orientada hacia lo referente al fin de los tiempos y a la resurrección de los muertos y la vida eterna. Dios nos ha regalado una gran esperanza, que no es otra que la salvación eterna (2 lect.). Esa esperanza es la que nos ayuda a caminar en medio de las dificultades de la vida: saber que un día veremos a Dios: «Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor» (sal. resp.). En el Ev. Jesús proclama claramente la resurrección de los muertos y afirma que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. De ello es un ejemplo lo que nos cuenta la 1 lect. de hoy. Los hermanos Macabeos soportaron con fortaleza su martirio en esa esperanza: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará». (Comentario del Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019).


Aleluya, aleluya, aleluya
Jesucristo es el primogénito de entre los muertos;
a él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Lc 20, 27-38. No es Dios de muertos, sino de vivos.

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Otras lecturas del día:

– 2 Mac 7, 1-2. 9-14. El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna.

En aquellos días, sucedió también que arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres». El segundo, estando a punto de morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna». Después se burlaron del tercero. Cuando le pidieron que sacara la lengua, lo hizo enseguida y presentó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «Del Cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a punto de morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida»

Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme
yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.

2 Tes 2, 16 — 3, 5. Que el Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.

Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno. En cuanto a vosotros, estamos seguros en el Señor de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos mandado. Que el Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y la paciencia en Cristo.