Orar en la enfermedad unos por otros

Orar en la enfermedad unos por otros

Día del enfermo 2002

1. La Jornada Mundial del Enfermo del presente año ha escogido un motivo de una indudable y permanente actualidad. Está pensado no sólo para quienes viven la experiencia de la enfermedad, sino también para quienes, por profesión o ministerio, les atienden y acompañan como creyentes. Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral acogemos gozosos esta oportunidad y nos proponemos compartir con todos ellos, allí donde se encuentren, la luz y la esperanza que brotan de nuestra fe.

«He venido para que tengan vida …» (Jn. 10,10)

2. En su Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo del presente año (nº.1), el Santo Padre nos recuerda una vez más esta verdad fundamental de nuestra fe: Cristo, médico divino, salud y salvación de Dios para toda la humanidad, no sólo es el aliado de la vida humana sino también primicia y origen de su plenitud, y camino que conduce a ella. La salvación que nos ofrece abarca a la persona entera, y ya en este mundo se traduce en experiencias saludables que potencian y realizan lo mejor de nosotros mismos.

La vida en abundancia, sin embargo, no significa necesariamente la eliminación de toda enfermedad y sufrimiento, tampoco de la muerte. Estos «acontecimientos fundamentales de la existencia», como les denomina Juan Pablo II en «Dolentium Hominum» (nº 3), siguen conviviendo inseparablemente con nuestra condición humana, y han de ser integrados en el camino de la adhesión a Cristo por la fe. En Él y por Él dichos «acontecimientos» están salvados, han cambiado de signo y pueden, por tanto, ser vividos como experiencias salvíficas, liberados de su carga negativa, superadas las tentaciones que comportan, y afrontados como vía hacia la plenitud.

3. Sin restar nada al carácter serio e incluso dramático de la enfermedad y de su variado cortejo de experiencias, la audacia de la fe y de la esperanza nos permiten contemplarla también en su rostro luminoso. Así lo acredita la experiencia de quienes, en el fuego siempre doloroso del sufrimiento y de la fragilidad, han madurado humana y espiritualmente, han visto purificada y robustecida su fe, se han despertado a nuevos valores antes oscurecidos, han saboreado con mayor realismo la bondad de Dios y la solidaridad de sus hermanos, han aprendido a convivir con el límite, han renovado su adhesión a Cristo y su sentido de pertenencia a la comunidad. Han experimentado, en definitiva, que Dios sigue salvándonos en la enfermedad (y no necesariamente de la enfermedad).

«Un momento privilegiado para la oración»

4. Con frecuencia se afirma, y no sin razón, que el tiempo de la enfermedad es una oportunidad para la oración. Que lo sea para muchos creyentes y para otros cuya fe tal vez estaba adormecida o puesta entre paréntesis, lo atestigua la experiencia. No en vano la enfermedad, especialmente cuando es grave o es vivida como si lo fuera, pone al descubierto lo que cada uno es en realidad, confronta con lo inevitable de la existencia, provoca dudas e interrogantes, pone en tela de juicio estilos de vida y valores, y lleva a no pocos a asomarse a las puertas misteriosas de la transcendencia. La historia, comenzando por los orantes de la Biblia, está llena de hombres y de mujeres que, dentro de la experiencia de la enfermedad, se han convertido en testigos de una fe que suplica y agradece, alaba y se estremece, que acepta las sombras del misterio y se abandona, como niño en brazos de la madre, al amor providente de Dios. La historia de la fe sufriente y esperanzada ha levantado santuarios por doquier, aún frecuentados masivamente.

5. La Oración del enfermo encuentra su modelo y su aliento en la oración de Jesús en el desierto, en Getsemaní y en la cruz, cuando la tentación o la sensación del abandono era la experiencia humana de sus relaciones con el Padre.

La oración es una apertura filial a Dios confiando siempre en su amor indefectible aunque no se manifieste, porque el diálogo con Él no discurre a la manera de los diálogos interhumanos: Dios no se sitúa al nivel de nuestros interlocutores normales; más bien, según la experiencia natural, es como si no respondiese a los requerimientos del que ora. Pero, a pesar de todo, está presente, como nos recuerda el Papa en la «Novo millennio ineunte»: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de mundo» (Mt. 28, 20). No hay argumento o fórmula que consuele y salve, «pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!».

6. La oración por los enfermos tiene un lugar privilegiado en la práctica sacramental de la Iglesia desde los orígenes: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St. 5, 14-15). El Catecismo de la Iglesia Católica explica: «El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez» (nº 1527).

7. No es menos cierto que en torno a la enfermedad la Iglesia ha desplegado su misión solidaria y terapéutica, no sólo a través de la actividad asistencial de sus instituciones y de sus miembros, sino también mediante su actividad litúrgica y oracional. Como se afirma en las «Orientaciones» del Departamento de Pastoral de la Salud para esta Jornada del Enfermo, «es inconcebible la tradición oracional y litúrgica de la Iglesia al margen de esa situación existencial (la enfermedad), en torno a la cual se ha elaborado y vivido toda una espiritualidad y se han privilegiado las diferentes formas y dimensiones de la oración». Es inmensa la riqueza salvífica e incluso terapéutica desplegada a través de la oración y de los sacramentos, de la Palabra proclamada y escuchada, porque poseen la fuerza del Espíritu del Resucitado.

Orar, una forma estupenda de servir

8. La Iglesia que se hace presente en los diferentes ámbitos del mundo de la salud y de la enfermedad (instituciones, asociaciones, parroquias) es siempre una Iglesia que evangeliza orando y celebrando. Hoy en día y tal vez de una forma especial en ese complejo mundo, esta dimensión de la evangelización cobre una especial importancia. Orar es una forma estupenda de servir, un medio indispensable para el acompañamiento pastoral, para el ejercicio de la profesión sanitaria, para el reencuentro y la comunión con el Dios de la vida. Evangelizar orando en un mundo dominado p
or la técnica y donde lo humano corre el peligro de desvanecerse, significa, entre otras cosas, poner de manifiesto la dimensión original de la fe y la misión específica de la Iglesia: ser sacramento de una salvación que llega más allá de la ciencia y de la técnica, pero asumiendo todo lo humano.

9. La Jornada del Enfermo del presente año puede ser, pues, una buena oportunidad para avivar en la comunidad cristiana y, de forma especial, en los agentes de pastoral de la salud, la conciencia del valor insustituible de la oración, no sólo en la experiencia personal de la enfermedad, sino también en el servicio a la salud y a los enfermos. Agentes de pastoral que oran y que renuevan en lo posible la dimensión oracional y litúrgica de su ministerio; comunidades cristianas que no sólo recuerdan a sus enfermos sino que incorporan la realidad de la salud y de la enfermedad a la catequesis, a la predicación y a la actividad litúrgica.

10. Desearíamos sobre todo que, con motivo de la Jornada del Enfermo, se acreciente en todos los agentes de pastoral de la salud, así como con los voluntarios y visitadores, la conciencia de la necesidad de acompañar espiritualmente a los enfermos. La cercanía y la escucha respetuosa se traducirán también en sensibilidad que ayude a compartir la esperanza, a afrontar las dudas, a aprender tal vez una nueva relación con Dios, a renovarle su adhesión, a hacerles partícipes de la vida de la comunidad, a promover en ellos nuevas expresiones de solidaridad.

11. No es ciertamente menos importante la necesidad de potenciar y renovar la pastoral sacramental dentro de las instituciones de salud y la que se realiza a favor de los enfermos dentro del ámbito de la parroquia. Ahí la presencia de la Iglesia cobra toda su fuerza, pero, al mismo tiempo, a menudo es desvirtuada. Sería muy deseable que la Jornada del Enfermo de este año diera un nuevo impulso a la profundización de esta presencia insustituible.

12. Finalmente, no podemos menos de subrayar una nueva oportunidad: la de agradecer al Dios de la Vida la rica y misteriosa sinfonía de voces y de silencio que a diario, en oración, brota del corazón de hombres y mujeres enfermos, de sus servidores y de cuantos los acompañan. Cuando la fe es puesta a la prueba por la adversidad que contraría y tienta, se hace más patente la presencia bondadosa de Aquel en quien vivimos nos movemos y existimos y con cuyo aliento respiramos.

Aliento para el camino

13. Peregrinos de la fe y de la esperanza, por el camino difícil de la enfermedad y de los desafíos que hoy plantea el servicio evangélico en ese mundo, nos sostiene la convicción de que también hoy es urgente «curar a los enfermos y anunciarles el Reino» (Lc. 10, 9), humanizar desde el Hombre nuevo, apostar por la plenitud de la que Cristo es causa y modelo, ser signos de la presencia invisible y salvífica de Dios. Sin la oración nada de esto es posible para los creyentes en Cristo.

14. Él nos acompaña, como buen Samaritano, camino de todas las periferias del sufrimiento humano. Orar como Él, podría ser nuestra máxima aspiración. En este aprendizaje miramos a su Madre, aquélla que en todo momento, también en la adversidad, vivió una íntima y saludable relación con el Padre de la Vida.

15. Estas reflexiones que os ofrecemos los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral con todo afecto, os pueden acompañar durante la campaña de reflexión que se inica en esta Jornada Mundial del Enfermo. Os invitamos a terminar esta campaña en el tiempo de Pascua. Unidos a vuestras comunidades parroquiales. Celebrad con alegría el triunfo de Jesucristo Resucitado, nuestra esperanza. -Si hemos aprendido a orar mejor- nuestra experiencia de oración desembocará en alabanza jubilosa al Señor y en una atención más entrañable a los hermanos enfermos.

 

Los Obispos de la Comisión Episcopald de Pastoral

José Vilaplana Blasco, obispo de Santander
José Delicado Baeza, arzobispo de Valladolid
Rafael Palmero Ramos, obispo de Palencia
Juan Piris Frígola, obispo de Menorca
Jesús García Burillo, obispo auxiliar de Orihuela-Alicante
Antonio Deig Clotet, obispo de Solsona