Plan Pastoral de Causa de los Santos

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Plan Pastoral de Causa de los Santos

LLAMADOS A LA SANTIDAD

cristoEl Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2002-2005, que lleva como título Una Iglesia esperanzada “¡Mar adentro!” (Lc 5,4), después de dedicar el capítulo inicial a la “Mirada pastoral a nuestra situación”, se centra en las “Prioridades pastorales” para estos cuatro años, la primera de las cuales es “El encuentro con Cristo y la llamada a la santidad”.

¿Qué es encontrase con Cristo? ¿Cómo es posible que nuestra vida –la de cada uno de los bautizados- esté efectivamente centrada en Jesucristo y sea Él su verdadero cimiento, la savia que vitalice todo su ser? Nos lo explica el Plan Pastoral en los números 15 y 16, que dicen así:

“El Misterio cristiano es Jesucristo mismo, la Palabra de Vida hecha carne que los Apóstoles oyeron, vieron con sus ojos, contemplaron y tocaron con sus manos (Cf 1 Jn 1,1). Es el Misterio escondido en tiempos pasados, pero manifestado históricamente, el Misterio ya no distante, sino asequible y cercano, que se hace contemporáneo a nosotros hoy en la Iglesia. Estamos invitados a vivir la misma experiencia de los primeros discípulos: “venid y veréis” (Jn 1,39). También para nosotros su compañía y conversación nos hace “arder el corazón en el camino”, aunque no siempre sintamos ese fuego interior (Cf Lc 24,32). Sólo ese encuentro fundante y transformador es el que hace necesario y eficaz el anuncio: “Hemos visto al Señor” (Jn 20,25).

El encuentro con Jesucristo por la fe no es sólo un conocimiento intelectual ni la mera asimilación de una doctrina o un sistema de valores. Lo que impacta y transforma a la persona es el vivir con él, que dará paso a vivir como él, para vivir en él. Somos conscientes de que para llegar a la madurez cristiana de las personas y de los grupos es necesario que la vida se centre y se sustente en Jesucristo, tal como Él mismo nos lo dejó dicho: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5); y que se cultive la intimidad personal con Él, como lo han hecho siempre los santos (Cf Gal 2,2). La oración es el cimiento para una formación cristiana más completa y para la respuesta generosa incluso a la vocación sacerdotal o a la vida consagrada, si Dios llama por ese camino. “Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración” . “Hace falta que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral . Nos han precedido grandes testigos en nuestra tradición mística española y en ellos seguiremos encontrando manantiales hondos de espiritualidad”.

Haberse encontrado con Cristo como los discípulos que fueron llamados a estar con Él y a predicar el evangelio, y que le vieron después resucitado; caminar en su compañía como aquellos dos que iban a Emaús y sentían arder el corazón mientras Jesús les explicaba las Escrituras; alimentar cotidianamente nuestra vida con una oración constante y profunda, están en la base de la santidad.

Todos hemos sido llamados a estar con Jesús y al difundir la “buena noticia” que es Él. Aunque no le veamos con los ojos del cuerpo, todos podemos escuchar sus enseñanzas mientras se hace compañero de nuestro camino, y aunque la vida, los trabajos o las responsabilidades en que estamos empeñados nos ocupen mucho tiempo, nuestro corazón puede estar orando al Señor, puede estar suplicando, alabando, dando gracias.

Son muchos los testigos, los discípulos del Señor, los que le han amado sobre todas las cosas. Son muchos los que, por haberse encontrado con Jesucristo en algún momento de la vida y haberle puesto como cimiento de todo su ser y actividad, pueden enseñarnos a estar con Él. Poco a poco iremos conociendo sus experiencias, en la medida en que han podido y han sabido transmitírnoslas. Pero, de momento, acojamos cada uno de nosotros la invitación a ser santos que también hemos recibido. Continúan los Obispos en el n. 17 del Plan Pastoral:

“La santidad ha de ser la perspectiva de nuestro camino pastoral y el fundamento de toda programación . Esta opción está llena de consecuencias, porque supone no contentarse con una vida mediocre, una moral de mínimos o una religiosidad superficial. Es entrar en el dinamismo de la llamada a la perfección de la caridad, que tiene múltiples caminos y formas de expresión, según la vocación de cada cristiano, como de manera profética enseñó el Concilio Vaticano II . Ello pide que tanto pastores como fieles, comenzando por nosotros mismos los Obispos, dejándonos llevar de la acción del Espíritu, sigamos más de cerca las huellas de Cristo, cada cual según nuestro estado y servicio en la Iglesia. Asimismo las personas y las instituciones eclesiales han de capacitarse para desarrollar una verdadera pedagogía de la santidad. La floración de santos ha sido siempre la mejor respuesta de la Iglesia a los tiempos difíciles”.

Y, a continuación, se refieren a los diversos modos de estar en la Iglesia como discípulos del Señor, en todos los cuales se puede y se debe alcanzar la santidad. Tanto si somos fieles laicos, o si hemos recibido la vocación al sacerdocio ministerial, o si pertenecemos a un Instituto de vida consagrada o de vida apostólica, en todo caso, sea cual sea nuestro estado de vida en la Iglesia, tenemos que sabernos llamados a la santidad.

El número 18 del Plan Pastoral está dedicado a recordar a los fieles laicos su particular llamamiento a ser santos y alude a importantes documentos de la Iglesia que lo han ido afirmando a partir del Concilio Vaticano II. Así los documentos conciliares sobre la Iglesia, Constitución Apostólica Lumen Gentium, 31, y sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam Actuositatem, 2; la carta pastoral de Juan Pablo II Christifideles Laici, 16-17, dedicada también por completo al ser y misión del laicado; el documento de la Conferencia Episcopal Española, L
os cristianos laicos, Iglesia en el mundo (1991), y la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 46, escrita por el Papa al concluir el Gran Jubileo del Año 2000 y comenzar un nuevo milenio, que es el documento más citado a lo largo del Plan Pastoral. Una lectura pausada de estos documentos y citas constituiría una óptima base para comprender bien la síntesis que ofrece el Plan Pastoral:

“Los laicos están llamados a la santidad haciendo fructificar la vida nueva recibida en el Bautismo. Vivirán esa vocación en fidelidad a la gracia ejerciendo su responsabilidad en el interior de la Iglesia y ocupándose de las realidades temporales para tratar de ordenarlas según Dios: en el matrimonio y la familia, en el trabajo y en el compromiso público de la fe En la actualidad, en medio de la cultura secularizada, muchos no saben en ocasiones cómo orientar la vida, el trabajo o el apostolado en sentido verdaderamente cristiano. Así, por ejemplo, la insuficiente defensa del matrimonio y de la familia es un exponente destacado de este tipo de carencias. Algo semejante se podría decir respecto a la presencia en la vida pública en sus múltiples expresiones. El sentimiento de inferioridad y marginación que experimentan muchos católicos adultos, incapaces de mostrar públicamente su identidad católica con sencillez y sin miedo, es lo más opuesto a una fe “martirial”, es decir, de testigos valientes de Jesucristo. Por ello vemos urgente potenciar el acompañamiento cercano y ofrecer apoyos institucionales suficientes para el apostolado seglar tanto personal como asociado”.

Los que entre el pueblo de Dios han sido llamados al ministerio sacerdotal, es decir, los presbíteros, han de considerarse especialmente llamados a la santidad. Recuerdan los Obispos documentos básicos que así lo afirman, como la Carta Pastoral del Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, 72, o el documento de la Comisión Episcopal del Clero de la Confrencia Episcopal Española, La formación espiritual de los sacerdotes, según PDV (1995). El número 19 del Plan Pastoral dice así:

“Particularmente la santidad de vida de los presbíteros en la entrega de la caridad pastoral es un factor fundamental para la revitalización de las parroquias y de los cristianos. Frente a la atonía espiritual, experiencia de cansancio o activismo pastoral, que son amenazas actuales, el ejercicio gozoso del ministerio, la Liturgia de las Horas, la oración personal diaria, los retiros y Ejercicios Espirituales, así como la cercanía del Obispo, la fraternidad presbiteral, la práctica del Sacramento de la Penitencia, el acompañamiento espiritual y una cuidada formación permanente integral darán aliento e impulso al quehacer apostólico. El ejemplo y la doctrina de San Juan de Ávila son un estímulo para la renovación sacerdotal en profundidad: “los eclesiásticos sean tales, que more en ellos la gracia de la virtud de Jesucristo; lo cual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado; y aun harán más por amor que la Ley manda por fuerza” ”.

Quienes, fieles laicos o clérigos, han recibido una particular vocación a la vida consagrada, están llamados, como todos los bautizados en Cristo, a la más plena y auténtica santidad, que deben procurar con singular empeño, puesto que este estado de vida pertenece a la santidad de la Iglesia. También recuerda el Plan Pastoral los documentos recientes en que se basan estas afirmaciones, como la citada Constitución Apostólica del Concilio Vaticano II Lumen Gentium, 42-44, y la carta Apostólica de Juan Pablo II, Vita consecrata, 3, 39-40. El Plan Pastoral, en su número 20, lo expresa de este modo:

“La vida consagrada en la práctica de los consejos evangélicos, pertenece a la santidad de la Iglesia y es un signo y estímulo para las demás vocaciones y una fuente extraordinaria de fecundidad en el mundo. Hoy, en un contexto cultural en gran medida ajeno a los valores religiosos, se encuentra con dificultades nuevas. Se manifiestan, en particular, en la precariedad de vocaciones y en la difícil pervivencia de no pocas de sus obras. También en su interior se constatan algunos problemas respecto a la identidad, el fervor en la consagración o el acierto en la búsqueda laudable de modos de vivir su acercamiento a las situaciones de la sociedad actual. Todo lo que se haga, tanto desde los propios Institutos como desde la responsabilidad de los Obispos, en orden a la clarificación y a la fidelidad en la vocación consagrada, redundará en bien de la Iglesia y de la sociedad”.

Los medios que conducen a la santidad, que constituyen ante todo los contenidos que la posibilitan, son bien concretos y asequibles a todos los cristianos. Seis recuerdan los Obispo como principales, en los que se engloban los demás, expresados en los números 21 a 26 del Plan Pastoral que venimos comentando:

1. “La Palabra de Dios no es sólo instrumento de evangelización, sino el contenido mismo del Mensaje. Para que resulte eficaz en el corazón humano, no basta con un mayor conocimiento intelectual y cultural de la Biblia ni, por supuesto, es adecuada una exégesis de carácter racionalista. Nos hace falta una lectura sapiencial o espiritual, hecha en la Tradición de la Iglesia, de modo que la Escritura sea viva Palabra de Dios. Cada día estamos comprobando más el fruto positivo que producen las experiencias de “lectio divina”. Como nos recuerda el Papa, “es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la “lectio divina”, que permite encontrar en el texto bíblico de la Palabra que interpela, orienta y modela la existencia” ”.

2. “Vemos necesario presentar en la catequesis y demás medios de formación una buena “teología de la Iglesia”, que lleve a crear actitudes eclesiales en los fieles y a vivir el sentido de pertenencia. Para ello hay que darla a conocer en la realidad profunda de su misterio, prolongación en la historia de la cercanía de Dios revelada en Jesucristo y animada por la acción del Espíritu Santo. Es la Iglesia santa establecida por Jesucristo en este mundo como sacramento universal de salvación, comunidad espiritual de fe, esperanza y amor y comunidad visible jerárquicamente organizada. La Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, del Vaticano II, nos ofrece riquezas todavía inexploradas para que nuestro pueblo se sustente en una buena eclesiología, porque no son infrecuentes concepciones del cristianismo de carácter subjetivo, alérgicas a lo institucional o con escasa vinculación eclesial. Sabemos por experiencia que “no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre” . En el seno de la Madre Iglesia hemos nacido a la fe y en sus brazos nos alimentamos y sostenemos. Es preciso también mostrar una imagen amable de la Iglesia y los frutos visibles de la ac
ción del Espíritu, porque nuestros cristianos están continuamente recibiendo informaciones parciales o tendenciosas que desfiguran su rostro”.

3. “La vida litúrgica de las Parroquias es hoy una de las señales de su vitalidad. No obstante, algunos intentos de hacer más comprensible la Liturgia, en el contexto de la cultura secularizada, que sólo valora lo racional, visible, práctico y útil, han producido un efecto no querido: la fuerte crisis de sentido y de práctica de los sacramentos. Se está perdiendo el sentido de lo sagrado en su realidad profunda y crece una tendencia a la secularización de los ámbitos, signos y símbolos sagrados. Se extiende la desafección hacia lo sacramental, que en el fondo es hacia la Iglesia misma, y la idea de una supuesta relación directa con Dios sin la mediación eclesial. Ante estas dificultades estamos llamados a asentar doctrinalmente la renovación litúrgica en la Constitución Sacrosanctum Concilium, a profundizar en los contenidos de la segunda parte del Catecismo de la Iglesia Católica, educando el sentido litúrgico de los fieles y a salvaguardar la identidad de nuestros espacios y signos sagrados”.

4. “En diversas ocasiones hemos insistido en la importancia de la Eucaristía y en la necesidad de participar en ella de modo especial los domingos , considerándola como un don de Dios, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, y no sólo como una obligación . La celebración eucarística dominical, además de tener otros valores , es un signo específico de la identidad cristiana y antídoto natural contra la dispersión . Porque nos resulta difícil, queremos renovar el esfuerzo por catequizar bien a los fieles en este “Misterio de la fe”, particularmente a los que se preparan a recibir los Sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación, haciéndoles descubrir el sentido profundo de la Liturgia y desarrollando en ellos el hábito de participar fructuosamente en la Misa del Domingo”.

5. “Asimismo, observando las deficiencias que existen en la práctica del Sacramento de la Reconciliación, hemos de plantear una pastoral renovada que incluya una buena catequesis del sentido del pecado y un acompañamiento en los procesos de conversión, el significado del perdón de Dios por el ministerio eclesial y las condiciones de una buena celebración según las normas de la Iglesia. La práctica frecuente del Sacramento hará que los cristianos luchen contra el pecado, fortalezcan y concreten su afán apostólico y sean dóciles a las inspiraciones del Espíritu y a la acción de la gracia . Una vez más insistimos en la disponibilidad y preparación por parte de los ministros para el ejercicio de este servicio pastoral insustituible. Los fieles tienen derecho a que se les facilite el servicio de este Sacramento . La disminución de vocaciones está afectando también de manera ostensible a la misión “ad gentes”. La pastoral vocacional, inserta en toda la pastoral, se nos reclama como opción prioritaria, si queremos dar respuesta a las exigencias de la nueva evangelización y al desarrollo y atención de la vocación laical. Las vocaciones surgen normalmente donde hay verdadera experiencia cristiana. La llamada es regalo e iniciativa de Dios, que se recibe a través de la mediación eclesial, del “contagio” testimonial de los consagrados y con la respuesta libre del que es llamado. La experiencia nos enseña que el papel del sacerdote sigue siendo muy importante en la decisión vocacional. Además “es necesario y urgente organizar una pastoral vocacional amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y a las familias” reforzando las iniciativas que ya estamos llevando a cabo y apoyándolas en una buena formación básica cristiana”.

Hasta aquí nuestros Obispos, exhortándonos a todos a una vida santa y señalando los medios que conducen a ella. “Nos han precedido grandes testigos”, decían también al comienzo del Plan Pastoral; grandes santos que nos pueden enseñar el camino hacia la santidad. Y recientemente el Papa nos ha mostrado algunos de estos “testigos”, invitándonos a todos a hacer realidad en nuestra vida las palabras de Jesús propuestas como lema de su Visita Pastoral: “Seréis mis testigos”.

Los cinco que Juan Pablo II acaba de canonizar en su V Visita Pastoral a la Iglesia de España, son hombres y mujeres casi contemporáneos nuestros, que han alcanzado la santidad cada uno en la vocación con que ha sido llamado y en la circunstancia concreta en que le ha tocado vivir.

Esto es lo que el Papa ha dicho de ellos:

“Los nuevos santos se presentan hoy ante nosotros como verdaderos discípulos del Señor y testigos de su Resurrección.

San Pedro Poveda, captando la importancia de la función social de la educación, realizó una importante tarea humanitaria y educativa entre los marginados y carentes de recursos. Fue maestro de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, convencido de que los cristianos debían aportar valores y compromisos sustanciales para la construcción de un mundo más justo y solidario. Culminó su existencia con la corona del martirio.

San José María Rubio vivió su sacerdocio, primero como diocesano y después como jesuita, con una entrega total al apostolado de la Palabra y de los sacramentos, dedicando largas horas al confesionario y dirigiendo numerosas tandas de ejercicios espirituales en las que formó a muchos cristianos que luego morirían mártires durante la persecución religiosa en España. “Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace” era su lema.

Santa Genoveva Torres fue instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y ne
cesitadas de amor, de consuelo y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu. La nota característica que impulsaba su espiritualidad era la adoración reparadora a la Eucaristía, fundamento desde el que desplegaba un apostolado lleno de humildad y sencillez, de abnegación y caridad.

Semejante amor y sensibilidad hacia los pobres llevó a Santa Angela de la Cruz a fundar su «Compañía de la Cruz», con una dimensión caritativa y social a favor de los más necesitados y con un impacto enorme en la Iglesia y en la sociedad sevillanas de su época. Su nota distintiva era la naturalidad y la sencillez, buscando la santidad con un espíritu de mortificación, al servicio de Dios en los hermanos.

Santa Maravillas de Jesús vivió animada por una fe heroica, plasmada en la respuesta a una vocación austera, poniendo a Dios como centro de su existencia. Superadas las tristes circunstancias de la Guerra Civil española, realizó nuevas fundaciones de la Orden del Carmelo presididas por el espíritu característico de la reforma teresiana. Su vida contemplativa y la clausura del monasterio no le impidieron atender a las necesidades de las personas que trataba y a promover obras sociales y caritativas a su alrededor”.

Y, a continuación, nos interpelaba a todos a admirar la obra del Espíritu en estos nuevos Santos y a dejarnos interpelar por ejemplos tan cercanos y tan significativos. Continuaba así el Papa en su homilía de la Misa de canonizaciones celebrada en la Plaza de Colón de Madrid el pasado 4 de mayo:

“Los nuevos Santos tienen rostros muy concretos y su historia es bien conocida. ¿Cual es su mensaje? Sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo, que ha suscitado en ellos una adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado y el propósito de imitarlo. Queridos fieles católicos de España: ¡dejaos interpelar por estos maravillosos ejemplos!

Al dar gracias al Señor por tantos dones que ha derramado en España, os invito a pedir conmigo que en esta tierra sigan floreciendo nuevos santos. Surgirán otros frutos de santidad si las comunidades eclesiales mantienen su fidelidad al Evangelio que, según una venerable tradición, fue predicado desde los primeros tiempos del cristianismo y se ha conservado a través de los siglos.

Surgirán nuevos frutos de santidad si la familia sabe permanecer unida, como auténtico santuario del amor y de la vida. “La fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español”, dije cuando peregriné a Santiago de Compostela (Discurso en Santiago, 9.11.1982). Conocer y profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia identidad ¡No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia.

Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc 24, 45). Cristo resucitado ilumina a los Apóstoles para que su anuncio pueda ser entendido y se transmita íntegro a todas las generaciones; para que el hombre oyendo crea, creyendo espere, y esperando ame (cf. S. Agustín, De catechizandis rudibus, 4,8). Al predicar a Jesucristo resucitado, la Iglesia desea anunciar a todos los hombres un camino de esperanza y acompañarles al encuentro con Cristo.

Celebrando esta Eucaristía, invoco sobre todos vosotros el gran don de la fidelidad a vuestros compromisos cristianos. Que os lo conceda Dios Padre por la intercesión de la Santísima Virgen – venerada en España con tantas advocaciones – y de los nuevos Santos”.

Hemos subrayado algunas expresiones del Papa particularmente alusivas a la santidad o a la interpelación que supone para nosotros el testimonio de los nuevos Santos, estos maravillosos ejemplos de adhesión inquebrantable a Cristo crucificado y resucitado.

Mª Encarnación González Rodríguez
Directora de la Oficina para las Causas de los Santos