"Herederos de la misma tierra"

Migraciones

"Herederos de la misma tierra"

Jornada Mundial de las Migraciones 2002

«Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer,
pues todos somos uno en Cristo Jesús» (Gal, 3,28)

Queridos hermanos:

Migraciones1. Un año más, queremos dirigirnos a la Iglesia y la sociedad españolas, y dentro de ellas de una forma especial a los migrantes, a los muchos españoles que todavía hoy residen en el extranjero y al número creciente de ciudadanos de otros países que durante estos últimos años han llegado hasta el nuestro para trabajar. El motivo es la celebración de la Jornada Pontificia del día de las migraciones. Este año queremos recordar que todos somos “Herederos de una misma tierra”.

La X Asamblea Gene­ral Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada recientemente, se hizo eco del fenó­meno de la movilidad, llamando la atención sobre el hecho, con demasiada frecuencia dramático, de los emigrantes y refugiados, hasta el punto de señalarlo como uno de los campos pastorales más urgentes de la Igle­sia.¡Error! Marcador no definido. La Comisión Episcopal de Migraciones hace suya esta preocupación del Sínodo de los Obispos y, quiere proponerla a las comunidades cristia­nas para que refle­xionen sobre el desafío que conlleva para nuestras Igle­sias y para la sociedad el hecho de la inmigración y el compromiso de acogida, respeto e integración de los «hermanos» que vienen de otros países y poseen su propia religión y cultura.

2. El hecho migratorio adquiere cada vez más peso en la opinión pública de la Unión Europea y de nuestro país. El aumento creciente de la inmigración, acontecimientos terroristas como los del 11 de septiembre en Nueva York, hechos delictivos cometidos por inmigrantes, vinculados casi siempre con la inmigración ilegal, mezclados indiscriminadamente, despiertan con fuerza la preocupación por la seguridad, y esto provoca el aumento de un cierto sentido de identidad nacional de carácter excluyente. Esta situación hace que los legisladores europeos, recogiendo este sentir, se preocupen por promover leyes encaminadas a incrementar el control policial de las fronteras. Nuestro país también esta inserto en la misma dinámica y creemos que hemos de estar muy atentos para que, en este caldo de cultivo, no aumenten el racismo y la xenofobia.

En este sentido nos parece aleccionadora la reflexión de Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada de este año, cuando nos recuerda que la sociedad y la comunidad cristiana están obligadas, ante esta situación, “a reflexionar y responder adecuadamente, al inicio de este nuevo milenio, a estos desafíos emergentes en un mundo donde están llamados a convivir hombres y mujeres de culturas y religiones diferentes”.

3. Todos somos herederos de una misma tierra pero el hombre sigue levantando barreras de todo tipo –físicas, culturales y religiosas- que nos impiden mirarnos y acogernos como hermanos. En este mundo globalizado, donde se hace cada vez más patente la necesidad de una convivencia profundamente humana, no podemos levantar barreras temerosos de ser  “invadidos” por los que llegan. Por el contrario, por medio del diálogo y de la cooperación mutua, debemos luchar contra todo tipo de discriminación  y potenciar lo que nos une, que, fundamentalmente, es que Dios nos ha creado y nos ha dado esta tierra para convertirla en la casa común superando prejuicios de raza, cultura y religión. “Para que esta convivencia se desarrolle de modo pacífico -dice el Papa- es indispensable que, entre los miembros de las diferentes religiones, caigan las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, aún existen. En cada país son necesarios el diálogo y la tolerancia recíproca entre cuantos profesan la religión de la mayoría y los que pertenecen a las minorías, constituidas frecuentemente por inmigrantes, que siguen religiones diversas. El diálogo es el camino real que hay que recorrer y por esta senda la Iglesia invita a caminar para pasar de la desconfianza al respeto, del rechazo a la acogida”. El Plan Pastoral 2001-2005 de la Conferencia Episcopal Española también presta atención especial a los nuevos horizontes que se abren al diálogo interreligioso, entre ellos señala la correcta formación de nuestros fieles (cf. nº 54).

La búsqueda de la verdad y el diálogo interreligioso no se realiza sólo en los ámbitos de investigación teológica, sino sobre todo en la vida diaria, en los pequeños gestos de amistad, de escucha, de respeto, de solidaridad y de fraternidad. Sin ocultar nuestra propia identidad ni las profundas razones de nuestro ser y de nuestro obrar, debemos respetar siempre al otro, y  enriquecernos con lo mejor de su experiencia religiosa.

4. Partiendo del derecho natural de cada persona a usar los bienes de la tierra, creados por Dios para todos sin excepción, la Iglesia ha defendido siempre el derecho a un espacio vital para la familia en el lugar de origen y, cuando este derecho se frustra, le ampara el derecho a emigrar y a ser acogido en cualquier otro lugar que tenga espacio y posibilidad de hacerlo. Somos «herederos de una misma tierra» en la que hemos de caber todos. Reconocer este derecho fundamental de la perso­na no quiere decir que aboguemos por una inmigración indiscriminada y sin límites que probablemente acarrea­ría más problemas que los que pretendía solucionar.

Tampoco se trata de que la sociedad, que debe vivir bajo la tutela del derecho, renuncie a poner los medios para acabar con las situaciones de ilegalidad, cuyos primeros perjudicados son los mismos inmigrantes que las padecen. A la sabiduría política de los gobernantes corresponde conjugar lo anterior con el respeto a los derechos humanos y con la permanente deuda de solidaridad que los países desarrollados tenemos con los países pobres, potenciando además actuaciones humanitarias.

Es evidente que la convivencia ha de estar regu­la­da, pero nos preo­cupa que la sociedad vea a la inmi­gra­ción en gene­ral y al inmigrante en particular como un peligro para nuestra seguridad del que hay que de­fenderse y no como una posibilidad y una riqueza, que supone un desafío a
l que tenemos que res­ponder con actitudes justas, humanitarias y solidarias. Ten­emos que ver al inmi­gran­te como un «her­ma­no» y no como un enemigo; como un colaborador y no como una amenaza; como una perso­na que nos enri­quece y no como un invasor que nos des­pla­za.

5. Hoy nuestro Dios nos exige como en Mambré un estilo de hospitalidad y acogida a todas las culturas, a todas las razas, especialmente a los más desarraigados de la tierra… es posible que así podamos escuchar en el fondo de nuestro corazón “Venid, benditos de mi Padre… porque era forastero y me acogisteis” (Mt 25). A todos se nos pide, como a Abraham, abando­nar nuestras seguridades, egoísmos y comodi­dades para abrirnos a la tierra nueva que Dios nos ofrece: una tierra para todos donde vivir en igual­dad y en hermandad. «En la Iglesia, -ha dicho Juan Pablo II-, nadie es extranjero» y San Pablo nos recuerda que, gracias a la Redención de Jesucristo, formamos con Él una misteriosa unidad de modo que lo que tantas ocasiones constituye motivo de separación y enfrentamiento, e incluso de discriminación –raza, estado social y la misma sexualidad- ha quedado superado al recibir la única dignidad y libertad de los hijos de Dios: «ya no hay judío ni gentil, esclavo o libre, hombre o mujer porque todos somos uno en Cristo Jesús» (Gal. 3,28). Por eso, nuestras comunidades cristianas deben dar testimonio de la comunión en Cristo y acoger, como signo de fe, al que viene de lejos, invitándole, si llega el caso, a incorporarse a ellas de forma que, superando humanas diferencias, muestren en su convivencia gozosa y pacífica que son la familia de los hijos de Dios.

Que el Espíritu Santo, como don y efecto renovado de Pentecostés, nos haga comprender esta verdad y nos dé fuerza para llevarla a la práctica eficazmente con nuestro ser y hacer de cada día. Para construir una tierra en la que todos, sin distinción de raza, cultura o religión, pudiéramos vivir con dignidad y libertad.