Un sólo Dios, una sola ley. También para migrante

Un sólo Dios, una sola ley. También para migrante

Jornada de las Migraciones 1999

 

En este año 1999, dedicado al Padre, como antesala y preparación al jubileo del2000, los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones nos dirigimos a todas las personas de buena voluntad, a los que con admirable dedicación y esfuerzo están empeñados en hacer realidad la solidaridad con los inmigrantes, a los responsables de la vida política, de la orientación social, de la opinión pública, de la cultura y de la escuela. Todos hemos de contribuir a la construcción de la nueva sociedad, que es ya pluricultural y pluriétnica, desde el marco de la dignidad inviolable de toda persona.

Invitamos especialmente a todos los miembros de nuestras Iglesias a escuchar la llamada de Dios, que nos interpela desde la realidad de las personas inmersas en el fenómeno migratorio. Como nos recuerda el Papa Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante de este año 1999: «la catolicidad no se manifiesta solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino también en la hospitalidad brindada al extranjero cualquiera que sea su pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión o discriminación racial, y en el reconocimiento de la dignidad personal de cada uno, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables».

Derechos humanos también para el inmigrante. Tarea de todos.

Tenemos aún reciente la conmemoración de¡ cincuenta aniversario de la proclamación de los Derechos Humanos que, por ser universales, han de incluir a todos los seres humanos y han de traducirse en un «estatuto» digno, reconocido por el Estado, para todas las personas que viven en nuestra sociedad, sin distinción de razas, culturas, nacionalidades o creencias políticas o religiosas.

Las leyes no pueden olvidar dos principios fundamentales que hoy queremos recordar: En primer lugar la inalienable dignidad de toda persona humana. Y en segundo lugar la unidad básica del género humano, fundamentada para los creyentes en un único Dios Padre, que según la expresión de la Sagrada Escritura «creó, de un solo principio, todo linaje humano, para que habitase sobre la faz de la tierra» (Act. 17,26). Es lo que hemos querido expresar en el lema del Día de Migraciones «UN SOLO DIOS, UNA SOLA LEY. También para el migrante».

Es cierto que la sanción y reconocimiento de los derechos fundamentales de la persona en documentos nacionales e internacionales constituye un acerbo jurídico muy importante, pero, por desgracia, no es suficiente para superar perjuicios y desconfianzas profundamente arraigadas en la sociedad. La asimilación de la ley en el comportamiento humano suele ser un proceso lento. El Estado y las instituciones sociales pueden jugar un papel muy importante favoreciendo iniciativas culturales y de intercambios que faciliten la comprensión mutua entre nacionales y extranjeros, así como la promoción de programas educativos que ayuden a formar a los jóvenes y ciudadanos en general en el respeto a los demás. El desarrollo de esa cultura basada en el respeto al otro y el rechazo de los prejuicios es esencial para la construcción de una sociedad en la que sus miembros convivan en paz.

Una de las finalidades de¡ estado de derecho es que todos los ciudadanos pueden gozar de la misma dignidad e igualdad ante la ley. la obligación de aceptar y tutelar la diversidad corresponde al Estado, pero no sólo. También cada persona, como miembro que es de la sociedad y de toda la familia humana, debe comprender y respetar el valor de la diversidad entre los seres humanos. Por eso recomendamos abrir nuestro corazón y nuestras mentes para conocer mejor el patrimonio cultural de las minorías con las que nos relacionamos. Esto contribuirá a eliminar prejuicios y a mejorar las relaciones sociales.

Un estatuto digno para el trabajador inmigrante

El trabajador inmigrante, que con su esfuerzo participa en la construcción de nuestra sociedad, nunca ha de ser contemplado ni como puro instrumento de trabajo, ni como un agresor, sino como una persona. Como tal han de garantizársela todos sus derechos.

El saldo de la inmigración es positivo no sólo para la economía de nuestro país, sino también en el orden cultura¡. No existen culturas puras; todas llevan en sus venas sangre de muchos ríos que las han fecundado y enriquecido.

Los inmigrantes no vienen por gusto. Proceden de los países más pobres, llegan empujados por la precariedad de las condiciones sociales o políticas de sus lugares de origen. Su presencia se entendió como coyuntural y transitoria, en condiciones de interinidad, sin familia y destinados a volver a sus propios países. Seguramente que así pensaban ellos mismos, y así se concibió en los ordenamientos legales, siempre limitativos del derecho a vivir en familia, a la estabilidad legal, al reconocimiento de derechos adquiridos, a la nacionalidad. Sin embargo, lo habitual es que se queden definitivamente, que aquí construyan su proyecto de vida personal y familiar, que entren a formar parte de nuestra historia.

Por eso, creemos que no sólo se han de gestionar con generosidad los flujos migratorios, sino que las leyes han de tener como objetivo la integración, entendida ésta como una apuesta por la construcción de una sociedad de todos, por todos en un mundo de corresponsabilidad que garantice el trato de ciudadanos en igualdad de derechos y deberes. Es un proceso que ha de implicar tanto a los inmigrantes como a la sociedad entera (cfr. Declaración de Cáritas, nov. 1999).

En este momento, en que en el Congreso de Diputados se ha abierto un proceso de reforma legislativa en materia de extranjería e inmigración, hacemos nuestras las palabras de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, que, en la nota publicada con motivo de su reunión de febrero pasado, decía: «desde la perspectiva de la fe en el Evangelio de Jesucristo, ve con esperanza el diálogo iniciado entre los responsables de la Administración, los Partidos políticos y las Organizaciones sociales defensores de los derechos de los inmigrantes. Al mismo tiempo, quiere expresar el deseo de qu
e la nueva ley se enfoque desde la perspectiva de una defensa clara de la
dignidad de la persona y los derechos humanos, teniendo como objetivo la integración y no sólo el control de los inmigrantes. Ha de evitarse una discriminación injusta en sus derechos civiles, tales como le acceso al trabajo, a la vivienda, a la atención sanitaria, etc. Una Ley de Extranjería respetuosa con los derechos humanos debe contemplar además los derechos específicos de los inmigrantes tales como el derecho a la reagrupación familiar y a la permanencia legal. Espera, además, que en todo este proceso no se olvide la situación precaria de los inmigrantes que se encuentran en estado irregular».

Juan Pablo II, que no cesa de recordarnos que «el compromiso por la justicia, en un mundo como el nuestro marcado por intolerables desigualdades, es un aspecto característico de la preparación del Jubileo» (TMA 5l) ha levantado su voz también en favor de los inmigrantes ilegales: «Resultaría significativo un gesto por el cual la reconciliación, dimensión propia del Jubileo, encontrara expresión en un forma de regulación de un amplio sector de esos inmigrantes que, más que los otros, sufren el drama de la precariedad y de incertidumbre, es decir, los clandestinos» (Juan Pablo II, 9 Octubre, 1998).

En la misión de la Iglesia

«Ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que antes estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo… Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad… para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo… Por Él, unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios». (Ef. 2, 13-20).

La misión de anunciar este amor unificador y liberador con palabras y hechos constituye «la dicha y vocación de la Iglesia, su identidad más profunda» (EN. 14). Esta misión nos empuja a acercarnos al otro sin ánimo de conquista, en diálogo enriquecedor, no imponiendo, sino proponiendo, admirando su riqueza y los valores con que puede enriquecernos, con los signos con que Jesús empezó a anunciar la Buena Nueva, con los mismos signos con los que el Reino de Dios empezó a hacerse presente en el mundo: la liberación de los oprimidos (cfr. Lc. 4, 18-20). A través de estos signos la Iglesia manifiesta su rostro más atractivo y joven, el de la misericordia de Dios Padre, de manera que también los de «fuera de la comunidad» puedan percibir que el Reino de Dios está cerca. Jesús, mediante liberaciones reales que anticipaban la presencia del Reino y que eran «vislumbre del siglo nuevo» (GS. 39) fue dejando señales de la liberación plena y definitiva que se consumará en los cielos nuevos y en la nueva tierra.

En la Iglesia, sacramento de unidad, nadie es extranjero. La acción pastoral con los inmigrantes «no es una actividad facultativa de suplencia, sino un deber propio de su misión» Juan Pablo II, Jornada Mundial de las Migraciones, 1995). Tampoco debe ser una pastoral marginada para marginados» (cfr. Juan Pablo II, Jornada Mundial de las Migraciones, 1993). Ha de llevarse a cabo en cada Iglesia particular, en cada parroquia «lugar de encuentro e integración de todos los miembros de la comunidad. La parroquia hace visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción ni exclusión algunaDonde se vive el sentido de la parroquia, se debilitan o desaparecen las diferencias entre autóctonos y extranjeros, pues prevalece la convicción de la común pertenencia a Dios, único Padre» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante, 1999).

Invitamos a todos a orar para que ilumine a nuestra sociedad en su búsqueda de un Estatuto digno para los trabajadores inmigrantes y para que cesen las múltiples dificultades y sufrimientos a que se ven sometidos los inmigrantes y refugiados.

Agradecemos la generosa dedicación de cuantos realizan su compromiso pastoral entre los inmigrantes, a la vez que les invitamos a que ofrezcan su colaboración a las Delegaciones Diocesanas de Migraciones. Siguiendo las enseñanzas de Jesús:«fui forastero y me hospedasteis» (Mt. 25,35) hagamos efectivo nuestro amor a Jesucristo en el amor y el servicio a nuestros hermanos inmigrantes.

Madrid, 26 de septiembre de 1999

Los obispos de la Comisión

Mons. Ciriaco Benavente Mateos, Obispo de Cáceres. Presidente de la Comisión
Mons. Atilano Rodríguez Martínez, Obispo Auxiliar de Oviedo
Mons. Rafael Bellido Caro, Obispo de Jerez
Mons. Carmelo Echenagusía Uribe, Obispo Auxiliar de Bilbao 
Mons. Ignacio Noguer Carmona, Obispo de Huelva
Mons. Antonio Vilaplana Molina, Obispo de León