Ecología integral
La ecología integral es una mirada que reconoce que todo está conectado: la naturaleza, la sociedad y la vida humana.
No se trata solo de proteger el medio ambiente, ni de atender problemas sociales por separado. Los desafíos ecológicos, económicos y humanos forman una única crisis compleja que nos interpela como personas y como comunidad.
Desde la fe cristiana, cuidar la casa común nace de una convicción profunda: el mundo es un don de Dios confiado a nuestra responsabilidad. Por eso, respetar la creación y respetar la dignidad humana son dimensiones inseparables de una misma misión.
La ecología integral nos invita, así, a una conversión que se traduce en acciones concretas, estilos de vida más sobrios y una cultura del cuidado, para proteger hoy lo que mañana será herencia de todos.
Semana 6 de 12
Siete ideas clave

La firma de Eduardo Agosta*
Cuidar la casa común: retos de la pastoral de ecología integral en España
*Eduardo Agosta, O. Carm. es director del departamento de Ecología Integral
Hace ya más de una década, el papa Francisco nos zarandeó con su encíclica Laudato Si’, recordándonos que la Tierra es nuestra «casa común» y que sufre profundamente el maltrato humano. Desde entonces, en nuestras parroquias y diócesis ha comenzado a resonar un término que a veces nos cuesta aterrizar en el día a día: la pastoral de la ecología integral. Pero ¿de qué se trata realmente y qué desafíos nos plantea hoy a los católicos en España?
Para empezar, debemos desterrar la idea de que esto es una simple moda «de lo verde» o un activismo secular de reciclaje y sentimentalismo. La ecología integral nace de una convicción esencial de nuestra fe: el Creador nos ha confiado el mundo creado para «cuidarlo y cultivarlo» (Gen 2, 15), reconociendo que todo el universo material es lenguaje del inmenso amor de Dios.
El núcleo práctico de esta pastoral consiste en comprender que «no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental». La ecología integral nos enseña que todo está interconectado: el modo en que maltratamos la naturaleza impacta directamente en los seres humanos, especialmente en los más pobres y vulnerables.
Por tanto, defender el clima estable, el agua dulce incontaminada y la integridad de la biodiversidad es hoy una exigencia irrenunciable del bien común, para respetar profundamente la dignidad humana y los derechos fundamentales que de ella se derivan. Esta pastoral no busca solo darnos información, sino generar una auténtica «conversión ecológica»; es decir, un profundo «cambio de corazón» y de mentalidad, impulsado por nuestra espiritualidad, para dejar atrás el consumismo voraz y la cultura del descarte.
Retos y desafíos actuales para la Iglesia en España
A pesar de los pasos que hemos dado, los primeros dos Encuentros Nacionales de Responsables de la Pastoral de Ecología Integral Diocesana (ENREID), celebrados en Madrid durante el 2025, han puesto sobre la mesa una radiografía clara de los obstáculos que enfrentan nuestras diócesis y parroquias locales:
Vencer los prejuicios y el negacionismo: Aún persiste la falsa percepción, incluso en ambientes de fe, de que hablar de ecología es «meterse en politiquería» o algo secundario frente a la vida sacramental y espiritual. A esto se suma cierta presencia de corrientes negacionistas de la crisis climática o ecológica, tanto en el clero como en el laicado. El gran reto es la formación teológica y científica para reconocer que la ecología integral posee tanto una dimensión inmanente, que nos ancla a la matriz de la interdependencia creatural, como una dimensión trascendente, que nos eleva a Dios Creador y al misterio de su creación, las cuales constituyen pilares innegociables de la Doctrina Social de la Iglesia.
Despertar a nuestras comunidades: Muchas de nuestras parroquias están «dormidas y poliocupadas», sobrecargadas de tareas y con el voluntariado exhausto. Necesitamos crear equipos específicos de sensibilización que integren esta dimensión de manera transversal en la Cáritas diocesana y parroquial, en la catequesis y en el primer anuncio (evangelización), dándole un nuevo sentido a nuestra misión eclesial, anunciando a toda la creación la Buena Nueva (cf. Mt 16, 15-20), sin que parezca una carga más.
Integrar la creación en la liturgia: Hasta ahora, la ecología integral ha estado con frecuencia ausente de la liturgia parroquial y diocesana, lo que supone una pérdida de un espacio vital para la sensibilización desde la fe. El reto es aprender a orar en y con la creación: potenciar tiempos fuertes como el Tiempo de la Creación (del 1 de septiembre al 4 de octubre), celebrar actos litúrgicos al aire libre, en contacto con lo natural, cuando sea posible. Nuestra praxis ecológica encuentra su mayor sentido en la Eucaristía, donde el cosmos entero es ofrecido en los dones del pan de vida y el vino de salvación, frutos de la tierra y del trabajo humano, que son asumidos y transformados por el amor del Creador. Esto nos recuerda que la materia, el mundo material, está lejos de ser un desecho inerte. Junto con la Comisión Episcopal para la Liturgia, estamos preparando material explicativo para fortalecer esta dimensión mediante el uso del formulario de la Missa pro custodia creationis, que el papa León nos regaló en julio pasado.
Coherencia institucional y económica: Como Iglesia, debemos predicar con el ejemplo. Un desafío práctico, e inmenso para nuestras diócesis, es la gestión ambiental sostenible de nuestros propios edificios, apostando por la eficiencia y las energías renovables. Asimismo, tenemos el imperativo ético de revisar hacia dónde se destinan nuestros fondos y ahorros diocesanos, avanzando valientemente hacia la desinversión en combustibles fósiles.
Una llamada a la esperanza
La pastoral de la ecología integral no busca infundir miedo ante un futuro incierto, sino despertarnos a una sobriedad gozosa; nos invita a consumir menos, a compartir más, a vivir la empatía y a reconectar amorosamente con la realidad que nos rodea.
Nuestras parroquias españolas tienen la hermosa tarea de ser faros de luz frente al paradigma tecnocrático dominante. Asumir este reto no es opcional: es la manera concreta en la que, en pleno siglo XXI, los católicos ejercemos nuestro amor a Dios Creador y a Jesucristo, por quien todo fue hecho, y defendemos la vida humana en toda su expresión.
PODCAST
Compromiso del cristiano con la Creación
¿Cuál es el compromiso del cristiano con la Creación? ¿Qué tiene que ver la naturaleza con la dignidad humana o la religión? ¿Puede reducirse el significado de la ecología a una ideología? Estas son algunas de las cuestiones que aparecen en este sexto episodio del podcast de La Iglesia en 12 semanas 2026. El episodio aborda la dimensión teologal, social y espiritual de la ecología integral y cuenta con la participación de Mons. Vicente Martín, obispo auxiliar de Madrid, y de Pedro José Jiménez, delegado de ecología integral en Pamplona y Tudela.
En Historias contadas
José Moreno Losada,
delegado de Ecología integral de la diócesis de Mérida-Badajoz.
La mirada del creyente sobre la realidad de nuestro tiempo: la preocupación por salvaguardar la naturaleza.
Una mirada creyente sobre la realidad
La ecología integral, en la perspectiva de la Iglesia católica, no es simplemente una propuesta ambiental ni una sensibilidad social añadida, sino una mirada creyente sobre la realidad. Parte de una convicción fundamental: el mundo es don de Dios, creación buena confiada al cuidado responsable del ser humano. Por eso, respetar el medio ambiente y respetar al hombre no son tareas paralelas, sino dimensiones inseparables de una misma vocación.
El libro del Génesis presenta al ser humano como custodio de la creación, no como dueño absoluto. Cuando esta custodia se convierte en explotación, no solo se degrada la naturaleza, sino también la dignidad humana. La Iglesia ha insistido en que la crisis ecológica está profundamente unida a una crisis moral y espiritual. Allí donde se olvida a Dios, se termina olvidando también al hombre, especialmente al más pobre y vulnerable.
En Evangelii Gaudium, el papa Francisco denuncia con fuerza una economía que descarta personas y agota recursos en nombre de la rentabilidad. Afirma que “todo está conectado”: las decisiones económicas, la organización social y el cuidado de la casa común. La evangelización, por tanto, no puede desentenderse de las condiciones concretas en que viven las personas. Una Iglesia “en salida” es también una Iglesia que escucha el clamor de la tierra y el clamor de los pobres, porque ambos brotan de la misma herida: la ruptura de la fraternidad.
Esta perspectiva se amplía en Fratelli tutti, donde se propone la fraternidad universal como fundamento de una nueva cultura del encuentro. Si todos somos hermanos, también la creación es el ámbito común que compartimos y que debemos proteger juntos. La ecología integral implica reconocer que el deterioro ambiental afecta sobre todo a los más desfavorecidos, generando migraciones forzadas, inseguridad alimentaria y conflictos sociales. Por eso, el cuidado del medio ambiente no es una moda ideológica, sino una exigencia de justicia y caridad.
Desde esta visión, la ecología integral respeta al ser humano en todas sus dimensiones: corporal, social, cultural y espiritual. No se puede defender la biodiversidad y, al mismo tiempo, relativizar la dignidad de la vida humana en cualquiera de sus etapas. Tampoco se puede promover el crecimiento económico ignorando las consecuencias sociales y ambientales. La Iglesia propone una conversión ecológica que es, ante todo, conversión del corazón: aprender a vivir con sobriedad, gratitud y sentido de responsabilidad.
Además, la ecología integral reclama un cambio en los estilos de vida. Supone revisar hábitos de consumo, modelos energéticos y prioridades políticas, pero también cultivar virtudes como la templanza, la solidaridad y la esperanza. No se trata de un pesimismo apocalíptico, sino de una llamada a redescubrir la belleza de la creación como reflejo del amor de Dios.
Por todo ello, la ecología integral, iluminada por el Evangelio y por el magisterio reciente, nos invita a contemplar el mundo como un hogar compartido. Cuidar la tierra y cuidar al ser humano forman parte de una misma misión: custodiar el don recibido y transmitirlo, enriquecido y protegido, a las generaciones futuras.








