La Iglesia que cuida
La Iglesia tiene una misión que nace del amor: cuidar.
Cuidar de cada persona, cuidar de la vida, cuidar de las familias, cuidar de quienes sufren y cuidar también de la creación.
Porque cuidar es amar. Y la Iglesia quiere ser una comunidad cercana que acompaña, acoge y sostiene, poniendo siempre a la persona en el centro y reconociendo la dignidad única de cada hombre y cada mujer.
Este cuidado se hace visible en la defensa de la vida, en el acompañamiento a las familias y en la presencia junto a quienes atraviesan momentos de dificultad: personas pobres, enfermas, mayores, migrantes o quienes viven situaciones de soledad.
También cuidar es educar, ayudar a crecer, promover la paz y construir puentes de diálogo y fraternidad.
A través de sus comunidades, parroquias, voluntarios y obras sociales, la Iglesia está al lado de millones de personas cada día.
Porque una Iglesia que cuida es una Iglesia que sale al encuentro, sirve y transmite la esperanza del Evangelio.
Semana 11 de 12
Siete ideas clave
La firma de José Luis Méndez*
La Iglesia que cuida en el ámbito de la salud
*José Luis Méndez es director del departamento de Pastoral de la Salud
En los Evangelios, muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso de sanarlos. Él se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo (…). Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1) (…). ¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea”[1]. El cuidado de la salud en el ámbito de la Iglesia está magistralmente expresado en esta Audiencia: ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos”. Visitar a los enfermos, lavar sus heridas, consolarles, no es una mera obra de filantropía, sino que es una acción eclesial a través de la cual, en los enfermos, los miembros de la Iglesia tocan la carne sufriente de Cristo”[2].
Dar esperanza es parte del cuidado de la Iglesia, ayudar a descubrir que hay vida, sentido y valor en el hombre que sufre
La tarea es “curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo”, porque lo corporal afecta a lo espiritual-afectivo y viceversa. La enfermedad produce sufrimiento y estamos llamados a acompañar y cuidar a quienes sufren como consecuencia de la enfermedad. “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre (…). A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza”[3]. Dar esperanza es parte del cuidado de la Iglesia, ayudar a descubrir que hay vida, sentido y valor en el hombre que sufre. “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”[4] (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 37).
La ciencia cristiana del sufrimiento, indicada explícitamente por el Concilio como la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de dar a quien está enfermo un alivio sin engaño: No está en nuestro poder el concederos la salud corporal, ni tampoco la disminución de vuestros dolores físicos, pero tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelarnos enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor[5].
[1] Francisco Audiencia 10-VI- 2015.
[2] León XIV, “Dilexi te” 49.
[3] Benedicto XVI, Spes salvi, 38.
[4] Id, 37.
[5] Cfr. Concilio Vaticano II, Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, 8 de diciembre de 1965.
PODCAST
La vida es sagrada y un don de Dios
La Iglesia observa que cada vida es sagrada y un don de Dios, en todo momento y en cualquier circunstancia. De esa verdad nacen las labores pastorales en campos como la sanidad, promoción del trabajo, atención a migrantes, defensa de la vida, promoción de la mujer y muchos más. Lo vemos con la participación de Mons. Vicente Ribas, obispo de Ibiza y responsable de la Pastoral de la Salud en la Conferencia Episcopal Española; y César Cid, diácono y capellán de un hospital de Madrid.
En Historias contadas
Álex Pérez,
un niño con síndrome de Down que colabora en la parroquia.
La Iglesia cuida a todas las personas. Como por ejemplo, Álex Pérez, un niño con síndrome de Down, que colabora en la parroquia. Uno de sus «cómplices» es su hermano Juan Pablo, seminarista menor en Toledo.
Viviendo la fe #HacemosMemoria
Una cocina con sentimiento para aquellos que viven solos.
140 menús diarios de comida para personas mayores. Este es uno de los servicios que ofrece este centro asistencial de Cáritas diocesana de Alcalá de Henares.
Cuidar es una forma concreta de amar, y amar es el corazón mismo del Evangelio
La Iglesia católica vive su misión en el mundo desde una actitud fundamental: cuidar. Cuidar de las personas, cuidar de la vida, cuidar de la creación y cuidar de la esperanza de la humanidad. En el fondo, cuidar es una forma concreta de amar, y amar es el corazón mismo del Evangelio. Por eso puede decirse que la Iglesia quiere ser una comunidad que cuida todo de todos, reflejando el amor de Dios que se manifiesta en Jesucristo.
En el Credo, la Iglesia se confiesa como una, santa, católica y apostólica, pero también puede comprenderse como madre y maestra. Maestra porque, asistida por el Espíritu Santo, transmite fielmente la enseñanza de Cristo. Madre porque acompaña, protege y se preocupa por sus hijos. En esta doble dimensión se manifiesta su vocación de cuidado. La Iglesia que cuida pone siempre a la persona en el centro, reconociendo que cada hombre y cada mujer han sido creados a imagen de Dios y poseen una dignidad inviolable.
Este cuidado se expresa, ante todo, en la defensa de la vida humana. La Iglesia afirma con claridad que toda vida es un don, desde su concepción hasta su fin natural. Por ello promueve una cultura que acoja la vida y acompañe con misericordia a quienes atraviesan situaciones difíciles. Defiende la maternidad, protege a los más vulnerables y recuerda que los ancianos no son una carga, sino una memoria viva que enriquece a la sociedad.
La Iglesia cuida también la familia, reconociéndola como el primer lugar donde se aprende a amar. El matrimonio y la vida familiar constituyen un bien precioso para los esposos, para los hijos y para toda la sociedad. En la familia se transmiten los valores, se aprende el perdón y se construye una esperanza compartida. No es casual que san Juan Pablo II definiera la familia como una verdadera “Iglesia doméstica”.
El cuidado se manifiesta igualmente en la cercanía a quienes viven en situaciones de fragilidad. Inspirada en la parábola del buen samaritano, la Iglesia se acerca a los pobres, a los enfermos, a los migrantes, a las personas solas, a quienes están privados de libertad o sufren marginación. En cada uno de ellos reconoce el rostro de Cristo y, por ello, impulsa numerosas iniciativas de acompañamiento, solidaridad y promoción humana.
Cuidar significa también educar. A lo largo de los siglos la Iglesia ha promovido escuelas, universidades y centros de formación, convencida de que educar es una forma profunda de servir a la persona y a la sociedad. No se trata solo de transmitir conocimientos, sino de formar personas libres, responsables y abiertas a la verdad.
La Iglesia cuida asimismo a los jóvenes, acompañándolos en sus preguntas, en sus búsquedas y en sus decisiones. Los mira con confianza y les recuerda que su vida tiene un sentido grande y una misión que realizar. Les ofrece una comunidad donde crecer y un horizonte de servicio al mundo.
En un mundo marcado por divisiones, la Iglesia trabaja también por la unidad y la paz. Invita al diálogo, promueve la reconciliación y construye puentes donde otros levantan muros. Cuidar significa también sanar heridas y fortalecer la fraternidad entre los pueblos. Este cuidado se extiende igualmente a la creación. En la encíclica Laudato si’, el Papa Francisco recuerda que todo está conectado y que el cuidado de la casa común forma parte de una auténtica ecología integral, que une el respeto por la naturaleza con la defensa de la dignidad humana.
Este cuidado se extiende igualmente a la creación. En la encíclica Laudato si’,’ el Papa Francisco recuerda que todo está conectado y que el cuidado de la casa común forma parte de una auténtica ecología integral, que une el respeto por la naturaleza con la defensa de la dignidad humana.
Finalmente, la Iglesia cuida la dimensión más profunda de la vida: la relación con Dios. A través del anuncio del Evangelio, la celebración de los sacramentos y la vida comunitaria, sostiene la fe de los creyentes y fortalece la comunión. Así, como madre que acompaña, recuerda a cada persona que no camina sola y que el amor de Dios es la fuente de todo cuidado y de toda esperanza.
Cifras que hablan
Datos relevantes sobre la presencia de la Iglesia en este ámbito
Fuente: Memoria anual de actividades de la Iglesia católica en España 2024
más de 9.000
centros sanitarios y asistenciales de la Iglesia
3.812.235
personas beneficiarias





