La santidad no es un concepto del pasado, sino una realidad para vivir hoy en los entornos más cotidianos. Con el fin de recordar esta gran verdad, cada 9 de noviembre las comunidades eclesiales detienen su mirada en la santidad local: aquellas figuras —santos, beatos, venerables y siervos de Dios— que han marcado el camino y la espiritualidad de cada territorio. Así lo dispuso el papa Francisco al proponer esta fecha —coincidente con la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán— a partir del Jubileo de 2025, invitando a los fieles a reconocer los ejemplos de fe surgidos en su propia historia compartida.
Este día busca recordar a los testigos de «carne y hueso» que encarnan el Evangelio en lo cotidiano. Su vida demuestra que la perfección cristiana no es un ideal inalcanzable, sino una meta accesible mediante los pequeños gestos diarios. Los santos son, en definitiva, compañeros de camino que ofrecen apoyo e inspiración en la realidad ordinaria.
Esta línea mantiene una continuidad visible en el magisterio del papa León XIV, quien se refiere constantemente a estos testigos, tal como se ha constatado en sus recientes viajes apostólicos a España y Francia. En sus intervenciones públicas, el Santo Padre propone constantemente a estos testigos como referentes de fe, esperanza y caridad frente a los desafíos actuales.
En este marco celebrativo, y como un ejemplo de las muchas iniciativas que pueden realizarse en torno a este día, la Oficina para las Causas de los Santos ha analizado cómo la llamada a la santidad sigue vigente a través de nuevos lenguajes contemporáneos como la literatura, el arte o el deporte.
«Mi santo de cabecera»: un coloquio sobre fe, cultura y deporte
Este enfoque centrado en la cercanía de los santos cobró protagonismo en las recientes Jornadas de la Oficina para las Causas de los Santos durante el coloquio «Mi santo de cabecera». Moderado por Fran Otero, director de Ecclesia, el encuentro ofreció un enriquecedor diálogo a partir de las experiencias de tres ponentes del mundo de la literatura, el deporte y la música:
Jesús Sánchez Adalid, sacerdote y novelista histórico, expuso cómo los santos influyen directamente en su labor literaria. Durante el acto presentó su más reciente ensayo teológico, Experiencias cercanas a la muerte y nostalgia de la eternidad, una obra de amplia difusión en la que detalla cómo la investigación de testimonios clínicos tras paradas cardiorrespiratorias lo condujo al estudio de la escatología y el Catecismo. El autor concluye que existe una plena sintonía entre estas vivencias y la doctrina cristiana sobre el final de la vida. Asimismo, desgranó su profunda devoción a Santa Teresa de Jesús, figura que plasmó en Y de repente, Teresa, la novela oficial del centenario donde aborda los episodios más complejos de la relación de la mística con la Inquisición.
Carla Sacramento, atleta de élite y campeona mundial de los 1.500 metros en Atenas 1997, ofreció una reflexión crítica sobre el éxito y la identidad, afirmando de forma tajante que «la medalla no define a la persona». La deportista olímpica narró su transición hacia un atletismo vivido «hacia dentro», entendiendo sus condiciones físicas como un don divino orientado al servicio. En este sentido, explicó el profundo impacto que causaron en ella las palabras de San Pablo: ¿No sabéis que los que corren en el estadio lo hacen para recibir una corona corruptible?, pero nosotros, una incorruptible (cf. 1 Corintios 9,24-26). Detalló también su labor en París con el proyecto católico Holy Games, destinado al acompañamiento espiritual de atletas sometidos a altas presiones psicológicas, y avanzó las líneas maestras de la iniciativa Deporte y espiritualidad que actualmente coordina en la parroquia madrileña de San Miguel de los Santos.
Maite López, cantautora, analizó la relación entre el arte y la trascendencia. Explicó que su vinculación con la música religiosa nació en el ámbito estrictamente privado de la oración personal durante su adolescencia. Con el tiempo, transformó el canto en un servicio eclesial orientado a facilitar la experiencia litúrgica de las comunidades, mostrando que la música permite articular dimensiones de la fe que superan los límites del lenguaje puramente conceptual. El santo que le acompaña desde niña es San Ignacio de Loyola.

