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La memoria de los mártires

Sebastián Aguilar, Fernando: “Mártires en la vida de la Iglesia. La vida cristiana como vida martirial.”
En González rodríguez, Mª Encarnación (Ed.), Mártires del siglo XX en España. Don y desafío.
EDICE, Madrid, 2008. pp. 27-46. pp.41-46

Los mártires son nuestros maestros de vida. Ellos nos descubren lo que todos llevamos dentro. En ellos queda patente la realidad profunda de nuestra vida, el valor absoluto de Dios, la primacía de la vida eterna, la seguridad de la fe, la firmeza del amor y la fuerza del Espíritu Santo para vencer todas las dificultades que podamos encontrar en este mundo.

La memoria de los mártires nos muestra que vivimos en un mundo difícil, en el que operan los poderes del Mal y al que no nos podemos entregar ni someter. No es posible un cristianismo concordista. El deseo de evitar los conflictos no puede ser un deseo primario ni una norma general. La primacía del amor, la fidelidad a la misión recibida pueden ponernos en situación de conflicto aunque nosotros no lo queramos. La naturaleza testimonial de la vida cristiana, la novedad y la radicalidad de la doctrina de Jesús y del mandamiento del amor universal nos expone a los conflictos contra los poderes de este mundo, cuando estos pretenden organizar la vida a favor del bien de algunos contra el bien, los derechos y hasta la vida de los más débiles.

            No debemos buscar positivamente los conflictos, ni debemos centrar nuestra vida en la denuncia de los pecados de los demás. El centro de la vida cristiana es el amor, la alabanza, el servicio a los demás, el anuncio de la gracia y de las misericordias de Dios. Pero vivimos en un mundo donde reina el pecado, y por eso hay que tener en cuenta la posibilidad de que surja la  incomprensión, la marginación, el rechazo y en último extremo la persecución violenta. El Señor nos lo tiene advertido. Seguirle a Él puede traernos muchas dificultades, podemos acabar en los tribunales, pueden terminar con nosotros pensando que con nuestra muerte dan gloria a Dios. Por eso Él nos promete su ayuda. Él acompaña y asiste a sus discípulos en las dificultades. Los conforta con la fuerza del Espíritu que es la fuerza del amor, de la seguridad, de la cercanía.

El relato del martirio de Esteban es un verdadero paradigma de la vida y de la situación de la Iglesia en este mundo. Esteban cuando hablaba de Jesús «tenía el rostro de un ángel». En el martirio estaba lleno del Espíritu Santo, veía la gloria de Dios y a Jesús que estaba de pie a la derecha de Dios. «Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está en pie a la diestra de Dios» (Hch 6 y 7). Moisés, figura de Cristo y modelo de los que creen en Dios,  prefirió el oprobio de Cristo a las riquezas y marchó hacia la tierra prometida «como si viera lo invisible» (Hbr 11, 27).

La vida cristiana consiste en el amor, estamos llamados a vivir como hijos de Dios, en Cristo y como Cristo, reunidos en la familia de Dios que es la Iglesia. Este amor nos pide que anunciemos a nuestros hermanos con obras y palabras la verdad de Dios. La vida de los cristianos no es para esconderla debajo del celemín, no se puede vivir solamente en la tranquilidad de la vida privada, es luz y fermento, tiene que brillar en el mundo y tiene que influir en la vida de los demás, en la marcha de la sociedad. Anunciamos públicamente un Dios que es amor, que es misericordia con los afligidos, con los que sufren, con los que se equivocan, que perdona y manda perdonar a los que nos ofenden, que defiende en todo momento los derechos de los pobres. Tenemos la misión de anunciar y reconstruir la sociedad y la humanidad de los hombres anunciando y haciendo valer el despliegue magnífico del amor de Dios en todas las realidades de nuestra vida.

Esta manera de vivir es hermosa y proporciona la verdadera paz y la verdadera alegría que todos deseamos y necesitamos para ser felices. Pero requiere la conversión del corazón, el cambio de vida, la renuncia a la codicia y a las mil idolatrías de este mundo. Por eso puede suscitar rechazo y violencia de quien no quiere renunciar al dominio del mundo. Por eso la vida cristiana, por muy apacible que sea, la misión evangelizadora de la Iglesia, por muy considerada que sea, puede encontrarse con una reacción de rechazo y de violencia que le obliguen a aceptar el martirio como precio de su fidelidad y esplendor de su verdad.

Los que viven en las tinieblas de la incredulidad, que en realidad es una oculta egolatría, sienten la necesidad de declararse inocentes y no soportan el contraste de una concepción de la vida que denuncia sus errores y su injusticia. Buscan la complicidad de los creyentes tratando de obligarles a reconocer la justicia y la rectitud del mundo sin Dios. Así la vida cristiana queda reducida o bien a una práctica privada sin valor ni reconocimiento social y cultural, o bien una posibilidad de entender la vida frente a otras igualmente posibles y justas, que en el fondo se tienen por más razonables y perfectas.

Para los cristianos es una verdadera tentación el reconocer la «justicia del mundo». Si el mundo es inocente y bueno, si todo lo que nace del hombre es digno de respeto, los cristianos podemos pactar con el mundo un estatuto de convivencia y de connivencia que nos libre del peligro de los conflictos y de las posibles persecuciones. El cristianismo pactista se resiste a reconocer la injusticia y los pecados del mundo sin Dios. Pero un mundo sin pecado no es mundo real, una Iglesia sin vocación martirial no sería tampoco la Iglesia de Jesús, la Iglesia del seguimiento, la Iglesia de los santos. Si Tertuliano pudo decir que «El martirio es la mejor medicina contra el peligro de la idolatría de este mundo», nosotros podemos decir que la condición martirial de la vida cristiana es la mejor medicina contra la tibieza y la secularización de los cristianos.

La condición martirial de nuestra vida cristiana nos tiene que llevar a renunciar con alegría a todos aquellos planteamientos de vida y a los bienes de este mundo que suponen infidelidad, ambigüedad en las opciones de fe, tibieza en el amor, falta de identificación espiritual y práctica con Jesucristo muerto y resucitado. Todo cristiano tiene que poder decir con verdad «estoy crucificado con Cristo, he dejado atrás la vida dominada por el pecado, lo que ahora vivo es una vida nueva, en comunión con Cristo, en la presencia de Dios, de modo que es Cristo quien vive y actúa en mí» (cf. Gal 2, 19 y 20).

Querer vivir en paz con el mundo, tratar de evitar a toda costa los posibles conflictos con el mundo, pensar que podemos conseguir un estatuto que garantice definitivamente nuestra tranquilidad en este mundo, además de ser una ilusión, es una verdadera tentación que pone en peligro la integridad de nuestra fe, la autenticidad de nuestra esperanza y la verdad de nuestro amor a las realidades eternas.

Los católicos españoles somos hijos de nuestros mártires, de los lejanos y de los más cercanos. De ellos, de su fidelidad invencible hemos recibido y estamos recibiendo la herencia de nuestra fe, su fortaleza es el apoyo de la nuestra, la claridad de su iluminada esperanza tiene que iluminar también nuestra vida para no ceder ante las falsas promesas o las irritadas presiones de nuestro mundo. ¿Qué hubiera sido de la fe de los españoles y de la Iglesia de España sin el muro insalvable de la fortaleza de los mártires? ¿Qué hubiera sido de nuestra propia fe, de nuestra vocación, sin el esplendor de su testimonio? Muchos de nosotros hemos vivido sensiblemente esta continuidad entre su muerte y nuestra vida. Pensando en ellos comprendemos el sentido de las palabras de Pablo, «llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús para que vosotros podáis alcanzar su vida». Seríamos ingratos y necios si dejáramos que se debilitara su memoria.

En estos momentos ellos son nuestros mejores abogados y protectores. Muchos de ellos murieron diciendo que ofrecían sus vidas por la fe de España y de los españoles, por la paz y la reconciliación de los españoles, por la conversión de sus verdugos.

Ellos son los mejores intercesores y los mejores maestros de vida para recuperar la claridad y el vigor de un cristianismo sincero, personal, anclado en el amor de Dios y en la posesión de la vida eterna, vivido como un ejercicio del amor y de la fraternidad, con coherencia, con valentía, sin miedos ni concesiones, también sin odios ni condenaciones, con humildad, con paciencia, con misericordia, devolviendo bien por mal y renunciando a los falsos reconocimientos que siempre exigen por adelantado el mismo sometimiento que el demonio pedía a Jesús en las tentaciones del desierto.

Concluyo recordando las palabras del Papa Benedicto XVI en su reciente visita a la Basílica de San Bartolomé, en la isla Tiberina, dedicada al recuerdo de los mártires del siglo XX. El amor santo de Dios impulsó a Cristo a derramar su sangre por nosotros. En virtud de esa sangre hemos sido purificados. Sostenidos por esa llama de amor los mártires derramaron su sangre y se purificaron en el amor de Cristo que a la vez les hizo capaces de sacrificarse también ellos por amor. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Los testigos de la fe tenemos que vivir este amor «mayor», dispuestos a sacrificar nuestra vida por el Reino de Dios. De este modo llegamos a ser amigos de Cristo, configurados con El, aceptando el sacrificio hasta el extremo, sin poner límites al don del amor y al servicio de la fe. El testimonio de Cristo hasta el derramamiento de la sangre es la mayor fuerza de la Iglesia. Aparentemente la violencia de los totalitarismos y la brutalidad de las persecuciones pueden parecer victoriosas cuando llegan a apagar la voz de los testigos, pero Jesús resucitado ilumina y fecunda su testimonio para que sea semilla de cristianos y levadura del mundo. En la debilidad del mártir actúa una fuerza que el mundo no conoce, la fuerza de la cruz, la fuerza del amor, victorioso con la fuerza del Espíritu cuando parece estar derrotado y vencido. «Derribados pero nunca vencidos» (II Cor 4, 9). «Cuando soy débil entonces es cuando soy más fuerte» (II Cor 12, 10). En la debilidad del mártir se manifiesta la fuerza creadora del amor de Dios.

De esta experiencia interior nace la fortaleza, la esperanza y la alegría del cristiano. Este es el secreto de la fortaleza y de la perennidad de la Iglesia. Fuerte en la invencible debilidad y en la fortaleza de sus mártires. Fuerte en la vocación martirial de sus hijos.

2017-10-10T15:01:39+00:00 miércoles 2 marzo, 2011|