Sagrada Biblia
Baruc

Baruc

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11Este es el texto del documento que escribió en Babilonia Baruc, hijo de Nerías, hijo de Majsías, hijo de Sedecías, hijo de Asadías, hijo de Jelcías.
2Lo escribió el día siete del mes, cuando se cumplían cinco años de la conquista e incendio de Jerusalén a mano de los caldeos.
3Baruc leyó el contenido de este documento ante Jeconías, hijo de Joaquim, rey de Judá, y ante todos los que se habían congregado para escuchar su lectura.
4Estaban también presentes autoridades, príncipes de sangre real, ancianos y toda la gente, jóvenes y adultos, que vivía en Babilonia, a orillas del río Sud.
5Todos lloraron, ayunaron y rezaron al Señor.
6Después hicieron una colecta, a la que cada cual contribuyó según sus posibilidades,
7y enviaron lo recogido al sacerdote Joaquín, hijo de Jelcías y nieto de Salún, al resto de los sacerdotes y a toda la gente que vivía con él en Jerusalén.
8Anteriormente, el día diez del mes de siván, Baruc había conseguido recuperar el ajuar robado en el templo del Señor, con intención de devolverlo a Judá. Se trataba de los objetos de plata que había mandado fabricar Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá,
9después de que Nabucodonosor, rey de Babilonia, se hubiera llevado deportados de Jerusalén a Babilonia a Jeconías, junto con los hombres de gobierno, los cerrajeros, las autoridades y otra gente del pueblo.
10Con el envío les decían lo siguiente: «Os mandamos este dinero para que compréis víctimas para los holocaustos y los sacrificios expiatorios, así como incienso. Haced ofrendas y presentadlo todo sobre el altar del Señor, nuestro Dios,
11rezando por la vida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por la de su hijo Baltasar. Que conserven la vida tanto como duren el cielo y la tierra.
12Que el Señor nos dé fuerza y nos ilumine para que sigamos viviendo bajo la protección de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y de su hijo Baltasar. Que les podamos servir durante mucho tiempo y disfrutemos de su benevolencia.
13Rezad también por nosotros al Señor, nuestro Dios, pues hemos pecado contra él, y su cólera y su indignación no se han apartado de nosotros hasta el día de hoy.
14Leed también el documento que os enviamos y proclamadlo en el templo del Señor el día de la fiesta y en las fechas que creáis oportunas». El texto dice así:
15«Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo. Nosotros, en cambio, sentimos en este día la vergüenza de la culpa. Nosotros, hombres de Judá, vecinos de Jerusalén,
16nuestros reyes y gobernantes, nuestros sacerdotes y profetas, lo mismo que nuestros antepasados,
17hemos pecado contra el Señor desoyendo sus palabras.
18Hemos desobedecido al Señor nuestro Dios, pues no cumplimos los mandatos que él nos había propuesto.
19Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy, no hemos hecho caso al Señor nuestro Dios y nos hemos negado a obedecerlo.
20Por eso nos han sucedido ahora estas desgracias y nos ha alcanzado la maldición con la que el Señor conminó a Moisés cuando sacó a nuestros padres de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel.
21No obedecimos al Señor cuando nos hablaba por medio de sus enviados los profetas;
22todos seguimos nuestros malos deseos sirviendo a otros dioses y haciendo lo que reprueba el Señor nuestro Dios.
21Por eso, el Señor ha cumplido las amenazas que pronunció contra nuestros gobernantes, reyes y príncipes, y contra la gente de Israel y de Judá.
2Jamás sucedió bajo el cielo lo que sucedió en Jerusalén —de acuerdo con lo escrito en la ley de Moisés—:
3que llegaríamos a comernos la carne de nuestros propios hijos e hijas.
4El Señor sometió su pueblo a todos los reinos vecinos y dejó desolado su territorio; así los convirtió en objeto de burla y escarnio en todos los pueblos circundantes por donde los dispersó.
5Fueron vasallos y no señores, porque habíamos pecado contra el Señor, nuestro Dios, desoyendo su voz.
6El Señor, nuestro Dios, es justo. En cambio, nosotros y nuestros padres nos sentimos confundidos.
7Hemos sido víctimas de todas las desgracias con las que el Señor nos había amenazado,
8y aun así no hemos sido capaces de apaciguar al Señor dejando a un lado los perversos planes de nuestra mente.
9Por eso, el Señor ha estado siempre atento para enviarnos todas esas desgracias; el Señor no se excedió al mandarnos lo que nos mandó,
10pero nosotros no le hicimos caso ni cumplimos los mandamientos que nos propuso.
11Señor, Dios de Israel, al recordar ahora que sacaste a tu pueblo de Egipto con el poder de tu mano, entre señales y prodigios, con gran fuerza y brazo desplegado, conquistando así una fama que perdura hasta hoy, reconocemos,
12Señor, Dios nuestro, que hemos pecado y que hemos cometido crímenes y delitos contra todos tus mandamientos.
13Aparta de nosotros tu cólera, pues ya quedamos muy pocos en las naciones por donde nos has dispersado.
14Escucha, Señor, nuestras súplicas y plegarias; sálvanos, por tu honor, y haz que los que nos deportaron sean benévolos con nosotros.
15De esa forma, el mundo conocerá que tú eres el Señor, nuestro Dios, y que Israel y su descendencia llevan tu nombre.
16Mira, Señor, desde tu santa morada y préstanos atención; acerca bien tu oído, Señor, y escucha;
17abre, Señor, tus ojos y observa que quienes proclaman tu gloria y tu justicia no son los muertos enterrados, con sus cuerpos ya sin vida,
18sino la gente desanimada y afligida, que camina cabizbaja y desfallecida, con los ojos apagados por el hambre. Estos son los que proclaman tu gloria y tu justicia.
19Señor, Dios nuestro, no te presentamos nuestras súplicas haciendo valer los méritos de nuestros antepasados y de nuestros reyes,
20pues si ahora nos conviertes en blanco de tu ira y de tu cólera es porque ya lo habías anunciado a través de tus siervos, los profetas, cuando dijiste:
21«Esto dice el Señor: Doblad el cuello y someteos al rey de Babilonia, si queréis seguir viviendo en la tierra que di a vuestros antepasados.
22Pues, si desobedecéis al Señor y no os sometéis al rey de Babilonia,
23haré que en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén enmudezcan las voces alegres de fiesta, las voces del novio y de la novia, pues todo el país quedará desolado y deshabitado».
24Pero, al ver que nosotros desobedecíamos y rechazábamos someternos al rey de Babilonia, cumpliste las amenazas que habías anunciado a través de tus siervos, los profetas: que los huesos de nuestros reyes y de nuestros antepasados serían sacados de sus sepulcros.
25Y ahí se pueden ver, expuestos al calor del día y al frío de la noche, los huesos de quienes, tras incontables sufrimientos, murieron víctimas del hambre, de la espada o de la peste.
26Y el templo que te fue consagrado ha quedado en el lamentable estado en que hoy se encuentra, debido a la maldad de Israel y de Judá.
27Sin embargo, Señor, Dios nuestro, te has portado con nosotros conforme a tu equidad y misericordia.
28Ya lo anunciaste por medio de tu siervo Moisés, cuando le ordenaste escribir tu ley en presencia de los hijos de Israel y le dijiste:
29«Si no me hacéis caso, toda esta gran multitud se convertirá en unos pocos entre las naciones por donde yo los disperse.
30Estoy convencido de que no me harán caso, porque son un pueblo terco; pero, cuando se vean desterrados, se convertirán
31y acabarán reconociendo que yo soy el Señor, su Dios. Entonces les daré un corazón bien dispuesto y unos oídos atentos, de modo que,
32en su destierro, me alaben e invoquen mi nombre,
33y abandonen su terquedad y su conducta desviada, acordándose de lo que les sucedió a sus padres cuando se rebelaron contra el Señor.
34Haré que regresen a la tierra que juré dar a sus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob, y que tomen posesión de ella. Allí los multiplicaré y su número no disminuirá.
35Además haré con ellos una alianza eterna: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y ya no volveré a expulsar a mi pueblo Israel de la tierra que les di».
31Señor todopoderoso, Dios de Israel, un alma afligida y un espíritu abatido claman a ti.
2Escucha, Señor, ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
3Tú reinas por siempre, nosotros morimos para siempre.
4Señor todopoderoso, Dios de Israel, escucha las súplicas de los israelitas que ya murieron y las súplicas de los hijos de los que pecaron contra ti: ellos desobedecieron al Señor, su Dios, y a nosotros nos persiguen las desgracias.
5No te acuerdes de los delitos de nuestros padres; acuérdate hoy de tu poder y de tu renombre.
6Porque tú eres el Señor, Dios nuestro, y nosotros te alabaremos, Señor.
7Nos infundiste tu temor para que invocásemos tu nombre y te alabásemos en el destierro, y para que decidiéramos apartarnos de los pecados con que te ofendieron nuestros padres.
8Y ahora aquí estamos, en este destierro donde nos dispersaste, convertidos en objeto de burla y maldición, para que paguemos así los delitos de nuestros padres, que se alejaron del Señor, nuestro Dios».
9Escucha, Israel, mandatos de vida; | presta oído y aprende prudencia.
10¿Cuál es la razón, Israel, | de que sigas en país enemigo, | envejeciendo en tierra extranjera;
11de que te crean un ser contaminado, | un muerto habitante del Abismo?
12¡Abandonaste la fuente de la sabiduría!
13Si hubieras seguido el camino de Dios, | habitarías en paz para siempre.
14Aprende dónde está la prudencia, | dónde el valor y la inteligencia, | dónde una larga vida, | la luz de los ojos y la paz.
15¿Quién encontró su lugar | o tuvo acceso a sus tesoros?
16¿Dónde están los jefes de los pueblos, | que dominaban a las bestias de la tierra,
17que controlaban a las aves del cielo, | que atesoraban la plata y el oro | (lo que crea confianza en los hombres) | y se iban enriqueciendo sin cesar?
18¿Dónde los orfebres delicados | cuya labor no se puede describir?
19Se esfumaron, bajaron a la tumba | y otros ocuparon su lugar.
20Otras generaciones vieron la luz, | otros jóvenes habitaron la tierra,
21pero no encontraron el camino del saber: | ni dieron con su senda ni lo hicieron suyo. | Y sus hijos también se extraviaron.
22No fue oída en Canaán ni vista en Temán;
23los hijos de Agar, que buscan el saber, | los mercaderes de Merrán y de Temán, | los que narran historias, los amantes del saber | no conocieron el camino de la sabiduría | ni guardaron memoria de sus rutas.
24¡Qué grande es, Israel, | la morada de Dios; | qué vastos sus dominios!
25Es grande y sin límites, | sublime y sin medida.
26Allí nacieron los gigantes, | famosos en la antigüedad, | corpulentos y belicosos.
27Pero Dios no los eligió | ni les mostró el camino del saber;
28murieron por falta de prudencia, | perecieron por falta de reflexión.
29¿Quién subió al cielo para cogerla, | quién la bajó de las nubes?
30¿Quién cruzó el mar para encontrarla | y comprarla a precio de oro puro?
31Nadie conoce su camino | ni puede rastrear sus sendas.
32El que todo lo sabe la conoce, | la ha examinado y la penetra; | el que creó la tierra para siempre | y la llenó de animales cuadrúpedos;
33el que envía la luz y le obedece, | la llama y acude temblorosa;
34a los astros que velan gozosos | arriba en sus puestos de guardia,
35los llama, y responden: «Presentes», | y brillan gozosos para su Creador.
36Este es nuestro Dios, | y no hay quien se le pueda comparar;
37rastreó el camino de la inteligencia | y se lo enseñó a su hijo, Jacob, | se lo mostró a su amado, Israel.
38Después apareció en el mundo | y vivió en medio de los hombres.
41Es el libro de los mandatos de Dios, | la ley de validez eterna: | los que la guarden vivirán; | los que la abandonen morirán.
2Vuélvete, Jacob, a recibirla, | camina al resplandor de su luz;
3no entregues a otros tu gloria, | ni tu dignidad a un pueblo extranjero.
4¡Dichosos nosotros, Israel, | que conocemos lo que agrada al Señor!
5¡Ánimo, pueblo mío, | que llevas el nombre de Israel!
6Os vendieron a naciones extranjeras, | pero no para ser aniquilados. | Por la cólera de Dios contra vosotros, | os entregaron en poder del enemigo,
7porque irritasteis a vuestro Creador, | sacrificando a demonios, no a Dios;
8os olvidasteis del Señor eterno, | del Señor que os había alimentado, | y afligisteis a Jerusalén que os criaba.
9Cuando ella vio que el castigo | de Dios se avecinaba, dijo: | Escuchad, habitantes de Sión, | Dios me ha cubierto de aflicción.
10He visto que el Eterno ha mandado | cautivos a mis hijos y a mis hijas;
11los había criado con alegría, | los despedí con lágrimas de pena.
12Que nadie se alegre cuando vea | a esta viuda abandonada de todos. | Si ahora me encuentro desierta, | es por los pecados de mis hijos, | que se apartaron de la ley de Dios.
13No reconocieron sus mandatos, | no siguieron la senda de sus preceptos, | se resistieron a caminar rectamente.
14Acercaos, vecinas de Sión, | recordad que el Eterno decidió | desterrar a mis hijos y a mis hijas.
15El Eterno envió contra ellos | a un pueblo lejano y despiadado, | a un pueblo de extraño lenguaje, | que no respetaba a los ancianos | ni tenía piedad de los niños.
16A pesar de que era yo viuda, | se llevaron a mis hijos queridos, | me dejaron sola y sin hijas.
17¿Y qué puedo hacer por vosotros?
18El que os causó semejante desgracia | os librará del poder del enemigo.
19Marchad, hijos míos, marchad, | que aquí quedo yo abandonada.
20Me he quitado el vestido de la paz | y me he puesto el sayal de suplicante | para clamar ante el Eterno mientras viva.
21¡Ánimo, hijos! Gritad a Dios | que os libre del poder enemigo.
22Yo espero que el Eterno os salvará, | el Santo ya me llena de alegría, | pues muy pronto el Eterno, vuestro Salvador, | tendrá misericordia de vosotros.
23Os despedí entre llantos y duelo, | pero Dios os devolverá a mí, | me colmará de alegría para siempre.
24Si las vecinas de Sión hace poco | os vieron caminar al destierro, | muy pronto verán la salvación | que Dios os va a conceder, | pues va a venir acompañada | de la gloria y el esplendor del Eterno.
25Hijos míos, llevad con paciencia | el castigo enviado por Dios. | Si te ha perseguido el enemigo, | pronto lo verás derrotado, | con el cuello sometido a tu pie.
26Mis hijos delicados recorrieron | duros y ásperos caminos, | como rebaño que robó el enemigo.
27¡Ánimo, hijos! Gritad a Dios, | os castigó pero se acordará de vosotros.
28Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, | volveos a buscarlo con redoblado empeño.
29El mismo que os mandó las desgracias | os mandará el gozo eterno de vuestra salvación.
30¡Ánimo, Jerusalén! El Señor | que te dio su nombre te consolará.
31¡Malditos los que te han hecho daño, | los que se han alegrado de tu caída!
32¡Malditas las ciudades que esclavizaron a tus hijos! | ¡Maldita la ciudad donde fueron a parar!
33Si se alegró al verte caer, | si contempló regocijada tu catástrofe, | se lamentará cuando sea devastada.
34Le arrancaré el orgullo de ciudad populosa, | su altivez quedará reducida a duelo.
35El fuego inextinguible del Eterno la devorará, | durante años será habitada por demonios.
36Vuelve la mirada hacia oriente, Jerusalén; | contempla la alegría que Dios te envía.
37Ahí llegan los hijos que viste marchar, | la palabra del Santo los ha convocado; | ya van viniendo de oriente a occidente, | llegan celebrando la gloria de Dios.
51Jerusalén, despójate del vestido | de luto y aflicción que llevas, | y vístete las galas perpetuas | de la gloria que Dios te concede.
2Envuélvete ahora en el manto | de la justicia de Dios, | y ponte en la cabeza la diadema | de la gloria del Eterno,
3porque Dios mostrará tu esplendor | a cuantos habitan bajo el cielo.
4Dios te dará un nombre para siempre: | «Paz en la justicia» y «Gloria en la piedad».
5En pie, Jerusalén, sube a la altura, | mira hacia oriente y contempla a tus hijos: | el Santo los reúne de oriente a occidente | y llegan gozosos invocando a su Dios.
6A pie tuvieron que partir, | conducidos por el enemigo, | pero Dios te los traerá con gloria, | como llevados en carroza real.
7Dios ha mandado rebajarse | a todos los montes elevados | y a todas las colinas encumbradas; | ha mandado rellenarse a los barrancos | hasta hacer que el suelo se nivele, | para que Israel camine seguro, | guiado por la gloria de Dios.
8Ha mandado a los bosques | y a los árboles aromáticos | que den sombra a Israel.
9Porque Dios guiará a Israel | con alegría, a la luz de su gloria, | con su justicia y su misericordia.
61Nabucodonosor, rey de Babilonia, os va a llevar desterrados a su país a causa de los pecados que habéis cometido contra Dios.
2Una vez que lleguéis a Babilonia, permaneceréis allí un tiempo considerable, el correspondiente a siete generaciones. Pero después os sacaré libres de allí.
3Durante ese tiempo, veréis en Babilonia dioses de plata, oro y madera transportados procesionalmente a hombros, unos dioses que infunden temor religioso a los paganos.
4Tened cuidado. No imitéis a esos extranjeros ni os dejéis dominar por ese temor.
5Cuando veáis a la multitud rodeando y adorando a esos dioses, decid en vuestro interior: «Solo tú, Señor, mereces ser adorado».
6Mi ángel os acompañará y velará por vosotros.
7Un escultor se ha encargado de modelar la lengua de esos dioses y de recubrirlos de oro y plata, es decir, que son pura apariencia, incapaces de hablar.
8Los escultores usan oro para confeccionar coronas y adornar con ellas las cabezas de sus dioses, como si se tratase de muchachas presumidas.
9En ocasiones los sacerdotes arrancan a estos dioses el oro o la plata que los recubre, y lo utilizan en provecho propio o se lo dan a las prostitutas del templo.
10Estos dioses de plata, oro y madera son también vestidos con trajes, como si se tratase de personas,
11pero eso no impide que los desgasten la herrumbre y la polilla. Aunque lleven vestidos de púrpura, sus adoradores tienen que limpiarles la cara, pues el polvo de los templos se les va acumulando poco a poco.
12Algunos empuñan una vara de mando, como si fuesen jueces de distrito, pero no pueden dar con ella la orden de matar a quienes los ofenden.
13Otros empuñan una daga o un hacha, pero son incapaces de defenderse de los atacantes o de los ladrones.
14Todo esto pone de manifiesto que no son dioses. Así que no les tengáis miedo.
15Los dioses que entronizan los paganos en sus templos son como la vajilla doméstica de barro, que, cuando se rompe, ya no sirve para nada.
16Tienen los ojos llenos del polvo que levantan los pies de los visitantes.
17Como ocurre con un reo de lesa majestad, encerrado a cal y canto en espera de ser ejecutado, los sacerdotes aseguran los templos con portones, barras y cerrojos, para evitar los saqueos de los ladrones.
18Les encienden más candiles que los que ellos mismos suelen usar, a pesar de que los dioses no pueden ver ni uno solo.
19Son como las vigas de las casas, cuyo interior, según se dice, está devorado por la carcoma. Tampoco se dan cuenta cuando la polilla los devora, a ellos y a sus vestidos.
20El humo del templo les deja negra la cara.
21Sobre su cabeza y su cuerpo revolotean murciélagos, golondrinas y otras aves. Hasta los gatos andan por allí.
22Todo esto pone de manifiesto que no son dioses. Así que no les tengáis miedo.
23El oro que los recubre y embellece no puede brillar si no es bruñido. Ni siquiera sentían nada cuando los fundían en el horno.
24Pagaron por ellos un precio elevado, aunque no tienen vida.
25Como no tienen pies, deben ser transportados a hombros, demostrando así a la gente que no valen nada. Incluso sus adoradores se sienten a veces avergonzados, pues, si se caen al suelo, tienen que levantarlos;
26si los dejan de pie, son incapaces de moverse; si los dejan inclinados, no pueden enderezarse; cuando les presentan ofrendas, es como si se las presentasen a un muerto.
27Los sacerdotes venden en provecho propio la carne de las víctimas sacrificadas; sus mujeres, en lugar de repartirla entre pobres y enfermos, la salan para conservarla. La carne sacrificada es manipulada incluso por las mujeres que están con la regla o por las que acaban de dar a luz.
28Por tanto, como se ve claramente que no son dioses, no les tengáis miedo.
29Entonces, ¿cómo pueden ser llamados «dioses» esas representaciones de plata, oro y madera, a quienes incluso las mujeres presentan ofrendas?
30En sus templos, los sacerdotes que los llevan en carros van con las túnicas desgarradas, la cabeza y la barba afeitadas, y la cabeza descubierta.
31Lanzan gritos y alaridos ante sus dioses, como si estuviesen en un banquete funerario.
32Incluso llegan a quitarles la ropa para vestir a sus mujeres y a sus hijos.
33Tanto si les hacen bien como mal, no pueden corresponder. No pueden entronizar ni destronar reyes,
34ni conceder riquezas o dar dinero. Si alguien incumple el voto que les ha hecho, no le reclaman nada.
35Son incapaces de salvar a una persona de la muerte o de liberar al débil de manos del poderoso;
36de devolver la vista a un ciego o de socorrer a alguien en apuros.
37No se compadecen de las viudas ni hacen nada en favor de los huérfanos.
38Esos objetos de madera, recubiertos de oro y plata, se parecen a las piedras del monte. Sus adoradores tienen que acabar avergonzados.
39¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?
40Más aún, los propios caldeos los ponen en mal lugar cuando, al descubrir que alguien es mudo, se lo llevan a Bel para que le devuelva el habla, como si fuese capaz de enterarse.
41Y ellos, que saben esto, son incapaces de abandonar a unos dioses que no sienten ni padecen.
42Las mujeres, por su parte, se ciñen con cuerdas y se sientan a la vera de los caminos, quemando salvado como si fuera incienso.
43Y cuando alguna de ellas accede a la solicitud de un transeúnte y se acuesta con él, se ríe de sus compañeras porque no han sido elegidas ni les han cortado las cuerdas.
44Todo lo que hacen con ellos es mentira. ¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?
45Han sido fabricados por escultores y orfebres, y solo son lo que estos creadores quieren que sean.
46Si sus propios fabricantes tienen una vida corta, ¿cómo es posible que sean dioses los objetos que ellos han fabricado?
47De hecho, lo único que hacen es dejar una herencia de falsedad y vergüenza.
48Cuando sobreviene una guerra o una catástrofe, los sacerdotes piensan dónde pueden esconderse con ellos.
49¿Y cómo no caen en la cuenta de que no son dioses, cuando ni siquiera pueden salvarse ellos mismos de guerras y catástrofes?
50Si son objetos de madera recubiertos de oro y plata, habrá que convenir que son dioses falsos. Todos los pueblos y reyes verán con claridad que no son dioses, sino obra de manos humanas, y que son incapaces de realizar obra divina alguna.
51¿Habrá alguien que no se dé cuenta de que no son dioses?
52Además, son incapaces de entronizar reyes, de enviar la lluvia a los hombres,
53de resolver pleitos o de defender a las víctimas de la injusticia, sencillamente porque son impotentes. Son como cornejas que vuelan entre el cielo y la tierra.
54Si estalla un incendio en el templo de estos dioses de madera recubiertos de oro y plata, los sacerdotes huirán para ponerse a salvo, pero ellos se quemarán como las vigas del edificio.
55No pueden hacer frente al rey ni a los enemigos.
56Entonces, ¿cómo se puede admitir o creer que son dioses?
57Estos dioses de madera recubiertos de oro y plata no están a salvo de ladrones o bandidos. Como estos son más fuertes, les arrancan el oro y la plata que los recubren, les quitan los vestidos y escapan; y los dioses son incapaces de ayudarse a sí mismos.
58Así que más vale un rey que pone a prueba su valor o un cacharro casero, que en definitiva hace un servicio a su dueño, que esos dioses falsos. Más vale la puerta de una casa, que protege todo lo que hay dentro, que esos dioses falsos. Más vale la columna de madera de un palacio que esos dioses falsos.
59El sol, la luna y las estrellas brillan en lo alto y cumplen con la tarea que se les ha encomendado;
60igualmente, cualquiera puede ver el fulgor del relámpago; el viento sopla en todas direcciones;
61las nubes cumplen la orden recibida de Dios y recorren toda la tierra; el rayo hace lo que se le ordena cuando es enviado desde arriba para consumir montes y bosques.
62En cambio, esos dioses no pueden ser comparados con esos fenómenos ni en su forma ni en su potencia.
63Por eso, no se puede admitir ni creer que son dioses, ya que son incapaces de hacer justicia o de favorecer a la gente.
64Por tanto, sabiendo que no son dioses, no les tengáis miedo.
65Esos dioses no pueden maldecir ni bendecir a los reyes,
66ni ofrecer a los pueblos señales en el cielo, ni brillar como el sol, ni iluminar como la luna.
67Incluso las bestias valen más que ellos, pues son capaces de protegerse a sí mismas poniéndose a cubierto.
68Nada puede demostrar que sean dioses, así que no les tengáis miedo.
69Esos dioses recubiertos de oro y plata son como un espantapájaros de melonar, que no espanta nada.
70Esos dioses son como espinos de un huerto, donde se puede posar cualquier pájaro, o como un cadáver abandonado a las tinieblas del sepulcro.
71Por la púrpura y el lino que se les consume encima, comprenderéis que no pueden ser dioses. Incluso ellos mismos, devorados por la carcoma, serán la deshonra del país.
72En resumidas cuentas, vale más una persona fiel a Dios que no tiene ídolos, pues nunca caerá en tal ridículo.