
Vía crucis
Tú eres la Pascua de la Vida
Introducción
La vía de la cruz, por más que acompañemos a Cristo en ella, es sobre todo su íntimo camino. Y en él se nos ofrece como Pascua de la Vida. Donde Jesús va —hasta ese extremo del amor divinamente humano— difícilmente podemos ir nosotros. Sin embargo, volvemos una y otra vez a rezar el vía crucis: primero, para encontrar al Señor en esa senda que es propiamente suya, confesándole con humildad como el paso definitivo de Dios entre nosotros; y, después, para pedir con esperanza que, permaneciendo a su lado, ese tránsito suyo de la cruz a la gloria se vaya cumpliendo también en nuestro cuerpo. En nosotros y en cuantos padecen los estragos de la fragilidad, el sufrimiento y el pecado. Tantos hombres y mujeres, benditos y humillados, que los creyentes llevamos en nuestra plegaria y el Señor porta desde siempre en su corazón, especialmente durante los compases finales de su historia en esta tierra.
La imagen de Jesucristo, que emerge áspera y efusiva del frío hormigón, trae hasta nosotros el desgarro del Hijo del hombre, que se entrega, y la pasión del Padre, que en él expone sus entrañas; contemplándola, el misterio del Crucificado se nos impone vivamente, como un zarpazo enamorado. La palabra musical, bíblica, meditativa y poética evoca el amor que el Hijo de Dios va susurrando en el hondón del corazón humano; escuchándola, el misterio del Resucitado despierta en nosotros suavemente, como un rescoldo sacudido. Y, entre una y la otra —imagen y palabra—, vas emergiendo tú, Cristo mío, vas pasando; y yo paso contigo, arrodillado.
Adrián de Prado Postigo, cmf
Segovia, 1986. Misionero claretiano. Sacerdote. Licenciado en Filología Hispánica, Filosofía y Teología. Ejerce su misión en el ámbito de la investigación y docencia universitarias, además de formar parte del equipo claretiano que anima el servicio de la vida consagrada desde Madrid. Suya es la selección de fragmentos bíblicos, poéticos y musicales, así como la autoría de los textos meditativos.
Lirios Doménech Bardisa
Alcoy, 1983. Escultora y pintora. Licenciada en Bellas Artes. Su trabajo se centra en el arte sacro, pero está también interesada en el paisaje y el retrato. Crea su obra poniéndose en presencia del Señor para servir de vehículo a la belleza misma de Dios. Suyas son las esculturas del Vía crucis de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores en Valencia, bendecidas en septiembre de 2010[1].
PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
D. Zimnicki, Vinea mea electa.
«Yo te planté como mi viña predilecta. ¿Cómo es que te has vuelto tan amarga, hasta el punto de crucificarme y liberar a Barrabás? Yo te cerqué, te liberé de piedras y edifiqué una torre» [cf. Is 5,1ss].
Del evangelio según san Juan [19,14b-16]
Dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?». Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César». Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Evocación meditativa
Tú eres la Vid verdadera. El mundo te esperaba desde antiguo. Hasta que, al fin, brotaste en medio de tu pueblo. Corría por tu savia el vino bueno, pero cortaron pronto tu renuevo. Lo ahogaron de agrazones. Se adelantó, violenta, la cosecha. Se reviró la viña, amarga, contra ti.
Y tú no eras tú solo. Tú eras la larga historia de las misericordias, cumplida en ti cual fruto en su sazón. Siglos de bondad sostenida... asediados ahora por la ira. Un peso insoportable, incluso para Dios. Te costaba, por ello, mantener a los tuyos la mirada: sobre ti se cernía mucho más que un juicio oportunista o una turba enajenada. Era la noche entera desatada subiendo hasta sus labios: la voz de Adán —y en él, de cada hombre— bramando contra Dios. Condenaban en ti —¿sabían lo que hacían?— la herencia de Abrahán, la tierra de Moisés, el arca de David, el vientre de Sion. Y, así, se condenaban.
Sólo aquel que era ajeno pareció darse cuenta: «¿A vuestro rey voy a crucificar?». De nada sirvió entonces el reparo taimado de sus manos, cuando ya tantas otras trenzaban los abrojos. No hay dique para el mar que ruge, desbocado, contra su propio cielo.
«Pero tú te abriste paso por las aguas, un vado por las aguas caudalosas». Encaraste la pena y sus trabajos, sin ser tuyos el manto y la corona. Y en el camino ajeno, iban trepando lirios a tu paso y anidando las aves en tus ramas.
Evocación poética
«Y vuelven a bajar las golondrinas
a quitar de tu frente las espinas
al mandato de Amor, eterno y fuerte.
Ríndese el mal y el odio. Y tu “Carrera”
al hombre enseña, al fin, de qué manera
puede ser Dios un condenado a muerte».
[Manuel Machado]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús carga con la cruz
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
H. Hinnant, O vos omnes.
«Vosotros todos, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el mío» [cf. Lam 1,12].
Del libro del Génesis [22,6-8]
Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y siguieron caminando juntos.
Evocación meditativa
Tú eres la Verdad. En tu talla se miden la altura del cielo, la hondura del hombre, la longitud de la vida, la anchura de Dios. Cielo y hombre y vida y Dios nos exceden en ti infinitamente, nos atañen íntimamente en ti. Nuestro imperio tropieza con su límite cuando se alza contra ti; nuestro amor, en cambio, discurre sin confines si tú le prestas cauce.
Quisieron sujetarte aquellos hombres, pero buscaste tú sostener la traviesa. Te prendieron con lazos, creyendo poner coto a tu destino y yugo a tu cerviz; y tú prendiste el leño que el mundo te lanzaba para darle tus trazas, tus hechuras eternas. Volcaron sobre ti la carga del madero cuando tú ya lo habías tomado suavemente. Lo habías estrechado ya contra tu pecho y, decididamente, lo llevabas. No te arrolla la cruz, tú la adelantas.
El cálculo secreto de sus manos se quiebra contra el muro de tu espalda. Sobre ella, que se ofrece, das forma al tronco adusto hasta volverlo imagen de su fruto. En ti todos veían al hombre que se arrastra, plegado al fardo impropio, impuesto, inevitable; tú portabas el peso, soberano: encorvando tu cuerpo por amor, enderezas el mundo a tu medida.
En ese gesto casi inadvertido terminó de encarnarse la verdad: en tu cuello dispuesto, en tu talle inclinado, en tu libre figura ceñida a la madera. Madera para el fuego de la entrega. El cielo no detuvo el sacrificio. Y tu ofrenda alcanzó la desmesura que sirve de calibre a cada corazón.
Evocación poética
«Qué bien se ve ahora
a la luz de tu muerte
la talla de tu talle,
el tallo de tu cuello,
la flor de tu cabeza deshojada,
las espinas silvestres,
—rosa roja de sangre de verdad
en el ojal bendito
que te hizo la lanzada».
[Gloria Fuertes]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
S. Mokranjac, Tebe Poem.
«Te glorificamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor; a ti te suplicamos, oh, Dios nuestro».
Del libro de los Salmos [38,7.18-23]
Voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío. Porque yo estoy a punto de caer, y mi pena no se aparta de mí: yo confieso mi culpa, me aflige mi pecado. Mis enemigos están vivos y son poderosos, son muchos los que me aborrecen sin razón, los que me pagan males por bienes, los que me atacan cuando procuro el bien. No me abandones, Señor; Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación.
Evocación meditativa
Tú eres el Camino. Llevan restos tus pies de mil veredas. Y la espuma del mar que atravesaste. Te hemos visto marchar por valles y desiertos; virar el rumbo hacia nuevas orillas, a cruces olvidados; buscar al desterrado al borde del sendero, y arrostrar la subida del viaje final. Sólo con tu pasar vas incluyendo a muchos en la cadencia eterna de tu ruta.
Pero ahora está tu cuerpo derribado en la tierra. Has caído, quizá por vez primera. Y ocurre lo impensable: tú, que eres el Camino, no puedes avanzar. Se detiene la senda en tus rodillas, vencidas de impotencia. Nunca te vimos antes tropezar, ceder, desbaratarte. Eras la vida en curso y no su abatimiento. Y, sin embargo..., sabemos tu derrumbe, no nos resulta extraño.
No es ajeno el desplome a tu misterio. El madero resbala por la misma pendiente de tu carne. Dios hizo en ella un vano para que te abajaras. Lo tuyo fue asomarte, desasido de gloria, y descender. Eso hiciste en la cuna y eso harás en la cruz: caer desmoronado cielo abajo por la áspera vertiente de nuestra humanidad. Hasta llegar al suelo —polvo en tu piel, tu sangre sobre el polvo—, desplomado del todo, salvo del Padre Altísimo, con quien miras caído a los caídos. ¿Desde qué otro lugar podrías haber sido cayado para el pobre que quiere levantarse, escala del perdido para el cielo?
Tú abres calzadas en todas las bajezas: el hombre puede en ti andar por las alturas.
Evocación poética
«Levántame, Señor, que estoy caído,
sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;
quiérome levantar y estoyme quedo;
yo propio lo deseo y yo lo impido».
[Fray Miguel de Guevara]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
CUARTA ESTACIÓN
Jesús encuentra a María, su madre
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
S. Rachmaninov, Bogoroditse Devo.
«Alégrate, oh, Virgen, Madre de Dios. María, llena eres de gracia, el Señor está contigo. Bendita tú eres entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, porque has dado a luz al Salvador de nuestras almas».
Del evangelio según san Lucas [2,48-51]
Al ver a Jesús, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Evocación meditativa
Tú eres Fruto bendito de su vientre. Carne de su carne, parto de su flor. Nadie sabe, no obstante, cómo se obró el milagro en la entraña sin mancha de tu madre. No penetró el ojo en su regazo ni hubo lengua en el mundo que supiera narrarlo. Lo que germinó en ella —antes de ti, después del ángel— pertenece al silencio y en el silencio queda.
Cuando estabas con ella, tornaba, recurrente, aquel silencio: eras Palabra y ella te escuchaba. Y era su salvación ese silencio: lo que podía darte y el último rincón donde esperarte. Así fue siempre y así sería entonces, cuando hallaste su sombra en el camino. De ese encuentro postrero —cómo fue, qué os dijisteis, quién buscó a quién, por qué, cuándo os dejasteis—, nada sabemos. Intuimos tan sólo que ella extendió sus manos, inclinó hacia ti el rostro y abrió una última vez su seno de silencio.
Aquella tregua previa a la tormenta sirvió para gestar tu nuevo nacimiento. Ella fue tu canal para venir de Dios; volvía a serlo ahora para el retorno al Padre. Y este fue su dolor. Porque ese mismo don era a la vez su espada: te daba a luz su vientre, pero tú eras el Hijo; llevándote en sus brazos de mujer, te perdía expropiado para el cielo. Su casa no podía refugiarte, pues ya no era tu casa. Ni era suyo el regazo donde reclinarías el suspiro final. De ahí su corazón silente, donde supo quererte, muriendo tantas veces para que tú vivieras.
Evocación poética
«¡También Hijo Tú fuiste, y es Tu casa
mi propio corazón, a amarte hecho
a través de la muerte que en sí siente!»
[Leopoldo Panero]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

QUINTA ESTACIÓN
Simón de Cirene ayuda al Señor a cargar con la cruz
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
G. Fauré, Pie Iesu (Requiem)
«Piadoso Jesús, Señor, dales descanso. Piadoso Jesús, Señor, dales el descanso eterno».
Del evangelio según san Mateo [27,31-32]
Terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Evocación meditativa
Tú eres el buen Pastor. Oteador de reses sin arrimo. Aun cuando están colmados tus apriscos, tú sigues escrutando los collados, seguro de encontrar, perdida en el rincón más improbable, la oveja más lejana. Pero te hirieron, pastor; ya no hay majada. Se han dispersado todos los corderos. Y nadie sigue ya los silbos de tus pasos por esta última rambla de la vida.
Con todo, tu entraña pastoral no se resigna. Vas solo, lacerado, pero sigues llamando. Y te han traído un hombre de Cirene, aunque también forzado. Lo arrastran hasta ti, temiendo que tú solo no puedas continuar. Y le cae una pena que no le pertenece. Al verse expuesto así, tan crudamente, es presa del rencor, la rabia, la vergüenza. Si te ofrece la espalda, es obligado. En el brete feroz en que lo han puesto, difícilmente aliviará tu carga quien no te ha conocido, quien no elige pastar en tus cañadas.
Si te tuvo piedad, ¿quién pudo verlo? Quizá, al llegar arribar y volver por sus fueros, se apartó de tu lado y no hubo más. Pero una cosa es cierta: al menos esos metros, anduvo cabe ti. Fue el único cercano cuando no había otro. ¿Un discípulo en ciernes? Quién lo sabe... Puede que, en ese trance indeseado, su soledad cediera. Al menos tú expusiste tu costado, dejaste que aquel hombre vulnerado compartiera un instante de tu muerte, muriera para ti. Fue un acto más de amor del pastor humillado que confía su suerte al descarriado.
Evocación poética
«No te cierres rebelde, no le niegues
tu soledad. Es fuerza que le entregues
de par en par tu pecho y coyunturas.
Que así vulnera el Diestro, y así elige
—caprichos del deseo— y así aflige
y así mueren de amor las criaturas».
[Gerardo Diego]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
D. Buxtehude, Ad Faciem (Membra Iesu Nostri)
«“Que tu rostro brille sobre tu siervo. Sálvame en tu misericordia” (Sal 31,16). Salve, cabeza ensangrentada, coronada de espinas, golpeada, herida, apaleada, la cara manchada de saliva. Cuando deba morir, no te alejes de mí; en la hora angustiosa de la muerte, ven, Jesús, sin demora; protégeme y libérame. Cuando me mandes partir, amado Jesús, revélate, oh, amante, para ser abrazado; muéstrate entonces en la cruz que trae la salvación. Amén».
Del libro de los Salmos [4,1-3.7-8]
Escúchame cuando te invoco, Dios de mi justicia; tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración. Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño? Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?». Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en su trigo y en su vino.
Evocación meditativa
Tú eres la Luz del mundo. Cuando te mira el Padre, su resplandor te cubre. Del fondo de su luz, emergen los perfiles de tu rostro contra la noche oscura de los tiempos. Se plasman en tu carne los rasgos rutilantes del Eterno. Y traes toda esa luz en la mirada, en tus ojos que brillan incluso ensangrentados. Basta tenerte enfrente para verlo.
Pero pocos se paran ahora a contemplarte. Ha bajado la niebla. Llevas la cara ajada de tanto golpe inútil. El cielo se ha cerrado para ti y sólo ves las piedras que anuncian el tropiezo. De pronto, sube un lienzo del suelo hacia tu faz. Lo portan unas manos que se abren. Descansas sobre ellas tu cabeza. E intuyes la bondad que te sostiene, la compasión sin miedo y el poso de la fe. Vienen a tu memoria el nardo de Betania, el agua en el brocal y el roce de la orla de tu manto. Es un instante sólo en medio del fragor, pero es más larga y firme su ternura que el rigor de todos los azotes.
La piel vuelve enseguida a retraerse; la caridad, en cambio, se dilata. Un paño de mujer te ha dado anchura y te lleva consigo hacia otras sombras. Quien es capaz de esa clemencia humilde porta por siempre en sí tu claridad. El fulgor de tu imagen se le prende. Se imprimen en su centro tus rasgos de pasión. Y así los va aventando por los siglos. Tu albor y tu semblante en ese velo van enjugando a todos los vencidos.
Evocación poética
«Tuyo me sé,
pues me miré
en mi carne prendido tu fulgor.
Me has de ayudar
a caminar
sin deshojar mi rosa de esplendor».
[Gabriela Mistral]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
S. Rachmaninov, Tebe Poem.
«Te glorificamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor; a ti te suplicamos, oh, Dios nuestro».
Del libro de Isaías [53,5b-7]
Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
Evocación meditativa
Tú eres el Cordero de Dios. Tu cuerpo se formó para el sustento; tu piel, para el abrigo. Un cuchillo de luna amenaza tu cuello desde el primer vagido. Su filo te acaricia cada día. Es tu memento mori. En él se te reflejan la hora irremediable y la oblación posible. Y tú vas sometiendo tu carne al Dios que te requiere. Pero ahora esta cadencia de blando acatamiento se te ha precipitado: te dirigen con furia al matadero, te tumban a empellones.
La aguda desazón de volver a caer delata la maldad de los que empujan. No es ya un mero desliz: esa segunda vez es hija del pecado. La tierra donde yaces profiere con dureza que allí te hemos tirado y allí te abandonamos. Que no fuimos capaces de inhibir el delito y tampoco lo somos de echarnos al camino, frenando esta deriva. Y tú no dices nada. Sigue habiendo mesura y reciedumbre en quien estima más el don que sus estragos.
El contraste se torna inasumible para el que toma parte en el maltrato. Tu nevado vellón denuncia los carmines que te van arrancando. Tu dorso doblegado destapa la altivez de quienes disimulan. Tu mudez sin reproche eleva la estridencia de ese alarido infame con que tantos pidieron tu derrota. Y viene una amargura redoblada: pudimos evitarlo. Aún podemos. Esa conciencia viva nos aplasta. También en ella hincaste las rodillas y allí vas musitando menesterosamente una oración que salva. Aunque nos duela ahora un rezo tan desnudo, el envés descarnado de nuestra mezquindad.
Evocación poética
«Quedará mi palabra sin corteza,
y sin celda de sed mi fruto humano.
¡Con cuánta libertad está el que reza,
perdido en un rincón de mansedumbre,
desatando en el suelo su pobreza!»
[Leopoldo Panero]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
Octava estación
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
W. Byrd, Ne irascaris, Domine.
«No te enojes, Señor, en demasía, ni recuerdes por siempre nuestra iniquidad. He aquí, míranos, pueblo tuyo somos todos nosotros. Tus santas ciudades están desiertas, Sion es un desierto; Jerusalén, un yermo» [cf. Is 64,8-9].
Del libro de las Lamentaciones [3,34-36.49-51]
Cuando se aplasta bajo los pies a los cautivos de la tierra, cuando se conculca el derecho de un hombre en presencia del Altísimo, cuando se defrauda a alguien en su pleito, ¿no lo ve el Señor? ¿Quién dice algo y sucede?, ¿no es el Señor quien dispone? Mis ojos lloran sin cesar, no tienen descanso; hasta que el Señor se asome desde el cielo y vea. Me duelen los ojos por todas las hijas de mi ciudad.
Evocación meditativa
Tú eres el buen Samaritano. Extranjero del hombre herido y pecador, te acercas a su drama. Te mueve a compasión el pobre apaleado, que yace en el desprecio del bandido y del indiferente. Pero también te avienes a implorar al pie de los malvados, gimiendo sobre el pecho endurecido por ver si lo desarmas. Pones igual el agua de tus ojos en la llaga que el vino de tus venas en la espina.
Ahora que estás también molido y desterrado, llega hasta ti un lamento de mujeres. Percibes su sollozo y te condueles, pero no aceptas su lástima por ti. Eres capaz de ver en su gemido una cuita mayor que la que a ti te aflige. Una desgracia para la que son ciegas aquellas que la sufren. Lloran porque te ven maldito y sin salida. Creen que estar como tú es morir del todo. Juzgan la rama verde por su siega sin ver que ellas son paja para el viento. La tragedia del árbol es su esterilidad y no el tajo del hacha que lo tala. Hay que llorar la vida que uno pierde y no tanto el aliento que se nos arrebata.
Es muy barato el mal cuando se piensa ajeno y es fútil deplorarlo desde fuera. Tú no quieres dejarte consolar por quienes no se asoman a sus propios abismos. Pero puedes hablarnos todavía. Para que nos dolamos del pecho que no cría; de la santa ciudad, hoy asolada. Esa Jerusalén, huérfana de esperanza, que cada uno somos. Que todavía puedes perdonar.
Evocación poética
«Dios sois, como Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os desciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme».
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
Novena estación
Jesús cae por tercera vez
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
P. Chesnokov, Tebe Poem.
«Te glorificamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor; a ti te suplicamos, oh, Dios nuestro».
Del evangelio de Juan [8,19.21-22.28-29]
Preguntaban a Jesús: «¿Dónde está tu Padre?». Él contestó: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?». Y entonces Jesús dijo: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy” y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
Evocación meditativa
Tú eres el Hijo amado. El Hijo predilecto. Cuando todos los ojos están fijos en ti, les hablas de tu Padre. A solas, en la estancia de tu ulterior verdad, al Padre te diriges. Palabra inaugural, verbo postrero; tu origen y tu fin. Tú eres hijo, el Hijo; eres su Hijo. Y como tal te vives en toda circunstancia. También el abandono que sientes es filial.
La duda por el Padre que se te desdibuja te hace caer ahora. Es la más insidiosa y más letal. La que te empuja al borde de la fosa. De la que no se vuelve. Pensar, siquiera un solo instante, que el Padre te ha dejado, es ya desesperar. Si hubieras consentido a los que te instigaban a maldecir al cielo, ¿dónde habría quedado tu íntimo misterio?
No poder levantarte. No quererlo. Creer que no habrá nadie que pueda recogerte. Y que a nadie le importa la suerte de un caído. Todos esos recelos campaban por tu cuerpo, pero no penetraron el último aposento, donde se salvaguarda quién eres, quiénes somos, las entrañas del mundo, el corazón de Dios. No obstante, en esa orilla, pudiste conocer la desesperación de muchos rendidos que habitan la bajeza, que desean la muerte o se la dan. Con ellos sigues: los brazos extendidos a ras del precipicio, alargando el amor. Intentas que su voz —la voz del Padre—, posada sobre ti, resbale aguas abajo hasta el infierno. Mientras tu mano linde con la sombra, mientras allí nos busques, nos podremos asir y enderezar.
Evocación poética
«El Amor que en su seno recogiera
del mundo las flaquezas,
del trabajo las penas,
¡a posarse piadoso bajó al suelo
y abrazó al campo con abrazo tierno
el infinito Amor!»
[Miguel de Unamuno].
Padrenuestro, avemaría y gloria.
Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
P. Casals, O vos omnes.
«Todos vosotros, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el mío» [cf. Lam 1,12].
Del libro del Génesis [2,22-25]
Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán. Adán dijo: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón». Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.
Evocación meditativa
Tú eres el Esposo. La imagen consumada del Dios enamorado. El nuevo Adán. La materialidad amada del amante. Al entrar en el mundo, el Padre te dio un cuerpo que no es para la muerte, sino para el amor. Y tu aspecto no juega al disimulo. El rubor de los siglos ha cesado: en ti se ha redimido la vergüenza del hombre que se esconde de su Dios huyendo de sí mismo.
Te arrancaron la saya. Forzaron la intemperie de tu piel para extremar la burla. Querían profanarte, pero se repudiaron. Llevándote a esa burda ostentación, estaban confesando su férreo ocultamiento, el pavor de verse violados, el asco de su propia desnudez. Y el esfuerzo baldío por lucirse mejores, por hacer del ropaje una armadura.
Ellos te desvistieron y tú te descubriste. Rasgaste el velo de tu templo para mostrar al Dios que lo asumió. Quisieron despojar al despojado, al que vino desnudo y desnudo marchaba, incluso de sí mismo. Y así se vio el amor del invisible. Se reveló del todo. Tu cuerpo lacerado enseña sin disfraz nuestra belleza, la obra de bondad del que nos ha formado y, ahora, como Esposo, restaura nuestra carne. Muestras quién pensó al hombre, con qué pasión lo hizo y lo rehízo. Y tu torso y tus brazos manifiestos nos hacen presagiar el nuevo abrazo. Porque ya no hay pudor entre nosotros: no puede abochornarse del pecho quien lo entrega. Y nos deleitaremos sin recato, buscando en nuestras llagas tu gloria y tu figura.
Evocación poética
«Descubre tu presencia
y máteme tu vista y hermosura;
Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura».
[San Juan de la Cruz]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
J.D. Zelenka, Miserere (ZWV 57).
«¡Ten misericordia!» [cf. Sal 50,1].
Del evangelio según san Lucas [23,32-34.42-43]
Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Uno de los malhechores le habló: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Evocación meditativa
Tú eres el Mensajero que anuncia la paz. Has templado el rigor de los enfermos. Has cantado la dicha de los pobres. La salvación trajiste hasta esta casa. El fuego de tu guerra no es fuego contra el hombre. Incluso en ese látigo que descompone el templo estás soñando el orden en medio de la ruina, el aire del jardín que se perdió. Tu grito en esta noche es un clamor de paz.
Inmóvil en la cruz, se agota tu contienda. El sufrimiento llega hasta su paroxismo y no cabe luchar. Te están paralizando para que sea ella, la muerte, quien te embride y no puedas ser tú quien la subyugue. Ya no alcanzan tus huellas los caminos; tus manos ya no pueden sanar ni bendecir. Atado como estás, no hay modo de zafarse de la vida, escapar de la parca, librarse de la tierra. Como si alguna vez hubieras tú querido abandonarnos... Lo tuyo fue quedarte por siempre con los tuyos. Y, así, fijado estás. Y permaneces.
En esa soledad en que te acabas —como todos morimos y aun más solo—, miras alrededor para brindarte. El ladrón que está cerca, asido al miserere igual que tú, pide y espera. Tú ofreces al final lo que no es tuyo: el perdón, que es predio del Señor y que a ti te han negado; la paz definitiva, que sólo Dios concede y te han querido hurtar. Pero qué hermosos son los pies del enviado —pies clavados— que, sin poder correr, hacen volar la paz...
Evocación poética
«Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?»
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
P. Chesnokov, Spaséñiye, sodélal.
«La salvación se gesta en medio de la tierra, oh, Dios; oh, Dios nuestro. Aleluya».
Del evangelio según san Lucas [23,44-47]
Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este era un hombre justo».
Evocación meditativa
Tú eres la Vida. El nacimiento mismo. El engendrado que no puede no ser. En tu vigor eterno fue concebido todo y todo se mantiene. Bullendo en tu energía, el cosmos germinó por orden de tu Padre. Todo lo que recibe subsistencia ha pasado por ti. Estando vivo tú, todo lo está: si tú faltaras, queda abocado todo a su final.
Vivimos mientras vives, mientras tú tomas aire y nos lo das. Aunque no lo advirtamos, aunque no nos paremos a oírte respirar. No han sido tus palabras, tus obras —¡con lo que ellas han sido!— las que nos han salvado. Es tu santo pasar —inhalando la tierra, exhalando la vida— lo que nos va amparando de la tumba acechante. Hasta que un día el pulso se adormeció en tus manos. Y de tanto oprimir tu corazón, lo hemos rendido.
Ahogados, huimos de tu lado. Braceamos al viento queriendo sustraernos de la muerte. Y, en realidad, rehuimos la vida, sin saberlo... Ignoramos su fuente, fuente viva, cuando parece seco tu manar. Pero tú, como era en el principio, has dejado tu aliento sobre el mundo, un hálito que lleva tu compás. Espíritu latente aquella tarde. Y suavemente vivo al tercer día. Y rítmico y valiente cuando el fuego sopló.
Perder aquí la vida es conquistarla; y darla, ganarla para otros. Justo lo que tú has hecho: legarnos tu suspiro para que respiremos los que vamos muriendo sin remedio. Encomendado al Padre, vida suya; entregado a los hombres, vida nuestra.
Evocación poética
«¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?».
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
Haydn, Fac me vere tecum flere (Stabat Mater).
«Déjame llorar contigo, condolerme por tu Hijo mientras yo esté vivo. Junto a la cruz contigo quiero estar y es mi deseo unirme a ti en el llanto».
De la primera carta de san Pablo a los Corintios [1Cor 11,23-26]
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.
Evocación meditativa
Tú eres el Pan vivo bajado del cielo. Conociste, en simiente, la humedad de la tierra; y sufriste, ya en grano, la rueda del molino. Has sido harina para el costal del Reino y blanco pan para el mantel del pobre. Han jugado los niños con tus cestos y se han saciado hombres por millares.
Un par de tahoneros te deponen en el mandil hendido de tu madre, que te toma y te besa, como un chusco caído. Es la primera vez que siente frío teniéndote en sus brazos. Estrecha contra ti pecho y mejilla pero tu rigidez de hielo le supera. No encajan vuestros cuerpos aun cuando el horno encendido de su vientre conserva aún la horma de tu oblea. No se entiende el lenguaje de su seno con esos miembros tuyos disgregados. Quisiera ser tu cuna una vez más, pero su carne es hoy sepulcro original. Y tú, su muerte. De un lado, te recoge; del otro, te suspende. Y anuncia con su rostro lo que queda tras el espanto nocturno del pecado.
Giran en su dolor las siete espadas. En su vacío aúllan la queja y la desgracia. La indignidad humana que esquilma su granero, que arruina el pan bendito. El solo pan capaz de hartar cada jornada el hambre de la tierra. Dolidamente, reza. Aterrada de sí, como la Iglesia, pide al Padre que no te lleven lejos de sus manos, que no la lleven lejos de las tuyas. Que pueda ser altar la que ahora sólo es tumba.
Evocación poética
«Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto
y la piedad de vuestro pecho admiro. [...]
No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras».
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
Decimocuarta estación
Jesús es sepultado
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
J. Tavener, Song for Athene.
«Aleluya, aleluya. Que vuelos de ángeles te canten hasta tu descanso. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino. Da descanso, Señor, a tu sierva, que yace. El coro de los santos ha encontrado la fuente de la vida y la puerta del paraíso. La vida, una sombra y un sueño. El llanto en la tumba gesta el canto del Aleluya. Venid, gozad las recompensas y las coronas que os he preparado. Aleluya, aleluya, aleluya».
Del evangelio según san Lucas [23,52-56]
Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.
Evocación meditativa
Tú eres la Puerta. El hueco del aprisco. Aquel por quien salían los demonios y entraban los sencillos; por quien cruzaban tristes y abatidos, saltando por encima de su duelo. Aquel que vive, de par en par en medio, para trazar un puente del edén a la gloria, de la sombra a la luz. Aquel que duerme al raso, velando cada noche el sueño de los justos, convocando sin tregua a los desguarnecidos.
Hoy contigo atraviesan la puerta indeseada. Te llevan como a tantos que, impedidos, traían hasta ti. Pero no te reciben pasados los umbrales. No hay nadie que te aguarde porque el sepulcro es nuevo. Y estás aún más solo que cualquier muerto solo. Tu trance es tan profundo que no encuentras quien pueda compartirlo. Es absoluto exilio tu partir.
Ruedan la piedra contra la falla abierta por sepultar contigo la infamia del verdugo. Y que nunca se sepa. Y que no se recuerde. Y que nadie te espere. Pero, antes y después, hay manos de mujeres, hay palmas de ternura insobornable. No se van. No te dejan. Resisten el silencio. Al modo de su amigo, se sublevan. Te palpan con aceites y te ciñen con vendas. Y al topar tu costado, van metiendo sus dedos en tu llaga. La llaga que es tu puerta irrevocable. De mil formas se te cerró la tierra. Y el corazón del hombre. De mil maneras abres postigos en tu cuerpo para que el humillado traspase por tu amor los atrios del misterio.
Evocación poética
«Ya me volvía sin decirle nada,
y como vi la llaga del costado,
paróse el alma en lágrimas bañada:
hablé, lloré y entré por aquel lado,
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado».
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.
DECIMO CUARTA ESTACIÓN
Jesús es sepultado
℣. Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos.
℟. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.
Evocación musical
J. Tavener, Song for Athene.
«Aleluya, aleluya. Que vuelos de ángeles te canten hasta tu descanso. Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino. Da descanso, Señor, a tu sierva, que yace. El coro de los santos ha encontrado la fuente de la vida y la puerta del paraíso. La vida, una sombra y un sueño. El llanto en la tumba gesta el canto del Aleluya. Venid, gozad las recompensas y las coronas que os he preparado. Aleluya, aleluya, aleluya».
Del evangelio según san Lucas [23,52-56]
Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.
Evocación meditativa
Tú eres la Puerta. El hueco del aprisco. Aquel por quien salían los demonios y entraban los sencillos; por quien cruzaban tristes y abatidos, saltando por encima de su duelo. Aquel que vive, de par en par en medio, para trazar un puente del edén a la gloria, de la sombra a la luz. Aquel que duerme al raso, velando cada noche el sueño de los justos, convocando sin tregua a los desguarnecidos.
Hoy contigo atraviesan la puerta indeseada. Te llevan como a tantos que, impedidos, traían hasta ti. Pero no te reciben pasados los umbrales. No hay nadie que te aguarde porque el sepulcro es nuevo. Y estás aún más solo que cualquier muerto solo. Tu trance es tan profundo que no encuentras quien pueda compartirlo. Es absoluto exilio tu partir.
Ruedan la piedra contra la falla abierta por sepultar contigo la infamia del verdugo. Y que nunca se sepa. Y que no se recuerde. Y que nadie te espere. Pero, antes y después, hay manos de mujeres, hay palmas de ternura insobornable. No se van. No te dejan. Resisten el silencio. Al modo de su amigo, se sublevan. Te palpan con aceites y te ciñen con vendas. Y al topar tu costado, van metiendo sus dedos en tu llaga. La llaga que es tu puerta irrevocable. De mil formas se te cerró la tierra. Y el corazón del hombre. De mil maneras abres postigos en tu cuerpo para que el humillado traspase por tu amor los atrios del misterio.
Evocación poética
«Ya me volvía sin decirle nada,
y como vi la llaga del costado,
paróse el alma en lágrimas bañada:
hablé, lloré y entré por aquel lado,
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado».
[Lope de Vega]
Padrenuestro, avemaría y gloria.

[1] Las esculturas «valencianas» que ilustran este vía crucis nos hacen especialmente cercanos a las familias que sufrieron la riada destructora del 29 de octubre de 2024 y que ahora caminan entre duelos, ausencias, incertidumbres y desesperanzas. A ellas se lo dedicamos y, con ellas, a cuantos viven postrados, esperando que las heridas de Cristo vengan a curar las suyas.

