
Cuaresma
La limosna
La limosna en el camino cuaresmal
La conversión a la que estamos llamados, de un modo especial, en este tiempo de Cuaresma no es algo abstracto, sino que se debe concretizar en gestos concretos, que son las llamadas obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar.
Practicando las obras de misericordia vamos a hacer realidad esas tres prácticas cuaresmales que nos enseña el evangelio y que forman parte de la tradición de la Iglesia: la limosna, la oración y el ayuno.
Cuando hablamos de limosna estamos pensando siempre solo en dar y compartir nuestro dinero, pero también consiste en ofrecer nuestro tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Es decir, la limosna más que “dar” consiste en “darse”, hacer de nuestra vida un don para los demás.
El papa León nos invita en esta cuaresma a "poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas".
Juntos como hermanos
En la sociedad actual, en la que prevalece el individualismo, la limosna consiste en darnos y ofrecernos a los demás, en ser capaces de caminar con los demás, especialmente con los que sufren, con los más pobres y marginados o excluidos.
Practicar la limosna es una llamada como Iglesia a salir de nosotros mismos y abrirnos a todos los hombres y mujeres, siendo una Iglesia que es madre, hogar y familia. La limosna es ver al otro.
A nivel personal, dar limosna significa aprender a caminar juntos, como hermanos, desde la escucha activa y el diálogo profundo. Solo escuchando se puede entender al prójimo. Y siendo partícipe de sus sufrimientos, podemos descubrir a Cristo, en su Misterio Pascual, como el centro de nuestra vida.


